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Aunque las flotas estaban obligadas a llevar fármacos para curar a los enfermos, era muy poco lo que se podía hacer por ellos de forma que enfermar equivalía a tener todos los boletos para que aquello desembocara en un óbito. Ocurrido el fatal desenlace no quedaba más remedio que tirar el cadáver por la borda. Previamente se cosía el cadáver con un serón o tela basta y se añadía el lastre para que se fuera al fondo y no lo devorasen los depredadores. Como lastre se solían utilizar piedras -si las había-, botijas de barro o bolaños de las lombardas. El clérigo que preceptivamente debía ir a bordo dirigía un acto fúnebre antes de lanzar el cuerpo al mar. Fue el caso del pobre de Diego Pérez Machado que murió cuando se dirigía a Perú y que nunca consiguió su objetivo de pisar tierras americanas. Otros muchos perdieron la vida justo en los años posteriores a su llegada a las Indias. Se trataba de momentos muy delicados, cuando las perspectivas de supervivencia eran escasas. Así, Juan Hidalgo, que viajó hasta Cartagena de Indias asalariado en una nao, propiedad de Gerónimo de Porras, en conserva de la Armada de Tierra Firme, debió perder la vida bien en el trayecto, o bien, al poco de arribar. No mucha más suerte tuvo Pedro Barahona que con sólo veinticinco años viajó asalariado en la nao San Cristóbal de la armada del general Diego Flores de Valdés y que murió justo al regreso de la misma, por lo que su cuerpo fue sepultado en Coria del Río.

         Pero quizás uno de los casos más dramáticos que hemos documentado sea el de Miguel Vázquez, el único hijo de Jacinto Vázquez y de María Ramírez. En torno a 1654 era sólo un adolescente de quince años y su padre apenas traía dinero a casa mientras que su madre estaba muy enferma. Los tres vivían en la extrema pobreza por lo que el joven tomó la decisión de marchar a América. Su progenitor le entregó lo poco que tenía para que el arriero local Juan Sánchez lo llevase hasta Sevilla. En concreto lo debía encaminar al convento de San Pablo de Sevilla, donde residía un fraile profeso que era tío del muchacho quien a su vez debía encargarse de embarcarlo para las Indias. Según el testimonio de Juan Sánchez, arriero que lo llevó a Sevilla, los motivos del muchacho para marcharse fueron así de claros:

 

 

         "Dijo a dichos sus padres, viéndolos pobres, se quería ir a las Indias de su Majestad a ver si Dios le daba dicha de que los pudiese socorrer y con efecto el dicho Jacinto Vázquez, su padre se lo encargó a este testigo y pagó el porte porque lo llevase a la ciudad de Sevilla".

 

 

        Desgraciadamente su destino sería trágico; a los pocos días de partir de Zafra, su madre murió, hecho del que debió tener noticias antes de embarcar. Pero lejos de desistir, la necesidad de socorrer a su apenado padre lo debió espolear. Dado que no tenía dinero para pagarse la licencia ni el pasaje se embarcó de la única manera que pudo, es decir, enrolándose como grumete en uno de los navíos de la Carrera. En 1660, viniendo desde Campeche en la nao de nombre tan sonoro como El Sol de la Esperanza de que era maestre el capitán Bernardo de la Cruz, estando cerca de Gibraltar, sufrieron un encontronazo con corsarios, muriendo en dicho combate.

         Tenía veintiún años, ahí quedaron truncadas definitivamente todas sus expectativas vitales. Su padre, pese al duro trance que debió suponer la pérdida de su único hijo, solicitó que se le abonase, como único heredero, el salario que se debía a su hijo de los días que sirvió como grumete. Al parecer, se demostró que se había concertado en ese viaje por un salario total de cien pesos de a ocho reales. El 27 de julio de 1660 los oficiales de la Casa de la Contratación apremiaron al capitán Bernardo de la Cruz para que los abonase a Jacinto Vázquez. Un dinero que finalmente cobró el progenitor del infortunado muchacho y que a corto plazo le debió servir para mitigar su extrema pobreza, aunque probablemente jamás curaría el amargor de su soledad.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La vida y la muerte a bordo de un navío del siglo XVI”, Revista de Historia Naval. Madrid, 2010, pp. 39-57.

 

----- “Zafra: puerta de Extremadura a las Indias”, Cuadernos de Çafra Nº 10. Zafra, 2012-2013, pp. 57-155.

 

PÉREZ MALLAÍNA, Pablo Emilio: “El hombre frente al mar”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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