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        Los archivos nunca dejan de sorprender. Hace un par de días en mi visita al Archivo Histórico Provincial de Sevilla me salió al paso una escritura de poder de una tal doña Luisa de Avellaneda, formalizada el 2 de julio de 1510. No es desconocida porque con posterioridad la he visto citada en algunos trabajos, pero eso no me impide glosar el documento.

         Dos destalles me hacían sospechar que se trataba de una persona de alto linaje: uno, que anteponía el “Doña” y otro, que poseía formación académica ya que firmó la escritura. Y aunque hoy nos pueda parecer una trivialidad, en aquella época no eran muchas las personas que sabían leer y escribir y menos aún si eran de sexo femenino. A poco que investigué un poco averigüé que se trataba de la pequeña de los seis hijos legítimos del Comendador de Santiago Diego de Cervantes y de Juana de Avellaneda. Ascendiente del autor del “Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y hermana del corregidor de Jerez Gonzalo Cervantes de Avellaneda. Doña Luisa se desposó con Juan Bernal de Zúñiga, procreando dos vástagos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda.

         Pues bien, el 2 de julio de 1510 otorgó un poder al notario apostólico Antonio de Espinosa para que en su nombre solicitase el divorcio de su esposo Juan Bernal de Zúñiga. Hasta ahí no tendría nada de particular, aunque es cierto que no abundan las separaciones en la Edad Moderna. Pero, ¿y la causa? ¿malos tratos quizás? ¿Abandono de hogar? Pues no, nada de eso, alegó que había averiguado un gran secreto de su marido: ¡era judeoconverso! Parece increíble su torpeza, entre otras cosas porque delataba y comprometía gravemente a sus propios hijos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda. No sé cómo pudo ignorar esta mujer que los judíos eran considerados en su tiempo linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre, que podía abarca cinco, diez y hasta veinte generaciones.

        Desconozco en estos momentos si el divorcio prosperó, pero en cualquier caso el daño estaba hecho; había comprometido gravemente no solo la reputación de su esposo sino la de sus propios hijos y sus descendientes. Y aunque en el caso de los Bernal de Zúñiga está más que demostrado su origen judío, la simple sospecha era suficiente para excluir a alguien de la sociedad. Por cierto que estos Bernal de Zúñiga habían emparentado con los Cervantes, por lo que se vuelve a evidenciar algo que ya sabíamos: el pasado judeoconverso del autor del Quijote. Y ello a pesar de que él, como otros personajes históricos, se empeñó en ocultarlo.

Esta idea de la exclusión por una simple sospecha fue una práctica generalizada en España hasta hace el siglo XVIII y sus rescoldos, quizás remotamente, todavía llegan a nuestros días. En cualquier caso sorprenden estas actitudes del pasado, al menos desde una visión de nuestro tiempo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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