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          Desde los primeros momentos, la Corona estableció un férreo control sobre el Nuevo Mundo con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas, centralizando dicho monopolio en la ciudad de Sevilla que pronto se convirtió en “puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un monopolio que se justificó en dos motivos: primero, en la exclusividad de los beneficios americanos para los súbditos castellanos, y, segundo, en la prerrogativa de Sevilla como único puerto de salida y entrada de todo el tráfico entre España y América.

          Aunque en teoría fueron los castellanos los que gozaron del privilegio legal para aprovecharse de las riquezas que ofrecía el Nuevo Mundo, lo cierto es que desde el mismo Descubrimiento se produjo un goteo constante de extranjeros que llegaron a América. Estos consiguieron arribar a las Indias, bien a través de las numerosas licencias reales que se concedieron -como las de Leonardo Rotulor de Bravante, Nicolás Grimaldo, Jácome de Brujas, Dirit de Bruselas, etc-, o bien, a través de infiltraciones ilegales, las cuales alcanzaron grandes proporciones.

          Ya en el primer viaje de Cristóbal Colón estuvo presente un pequeño grupo de extranjeros, a saber: un portugués de Tavira, un genovés, un calabrés y un veneciano, aunque a su regreso, el propio Almirante solicitó a los Reyes Católicos que no permitiese que aquí trate ni haga pie ningún extranjero, salvo católicos cristianos. Igualmente en su segunda aventura oceánica, viajó algún portugués, siendo realmente en su tercera travesía cuando se volvieron a embarcar de nuevo un alto número de extranjeros, ante la negativa de los castellanos a alistarse, tras las malas noticias llegadas en el viaje anterior. No en vano, Fernández de Oviedo escribió, en relación al segundo viaje de Colón, que los españoles regresaron enfermos e pobres, e de tan mala color que parecían muertos, infamóse mucho esta tierra e Indias, y no se hallaba gente que quisiese venir a ella. De manera que en este tercer viaje colombino nos consta la existencia de algún francés, de algunos portugueses y de al menos doce italianos. Y finalmente, en su cuarto viaje, encontramos que al menos un doce por ciento de la tripulación era genovesa como el propio Cristóbal Colón. Sin embargo, la antipatía contra los genoveses afloró pronto entre los colonos castellanos de la factoría colombina que no tardaron en hacerlo llegar al Cardenal Cisneros, en los términos que exponemos a continuación:

 

 

          “Ítem, que Vuestra Señoría trabaje con sus Altezas como no consientan venir a esta tierra genoveses, porque la robarán y destruirán que por codicia de este oro que se ha descubierto, Juan Antonio Genovés, trabajará ya de hacer partido con los vecinos de la isla acerca de los bastimentos, porque otros no pudiesen venir aquí con mercadurías lo cuales en daño del pueblo y de Sus Altezas...”

 

 

          Estos memoriales adquirieron realidad práctica cuando, en 1501, se le ordenó al Comendador Mayor frey Nicolás de Ovando que expulsase de La Española a todos los extranjeros, medida que la Corona se vio obligada a modificar en 1503, al disponer quepermaneciesen los quince que ya residían en la isla pero que, en adelante, no se consintiera la llegada de nuevos efectivos. A lo largo de esta primera década del siglo XVI, las prohibiciones fueron continuas, dada la prosperidad que la isla ofrecía, hasta el punto de que, en 1507, fue el propio gobernador frey Nicolás de Ovando el que insistió en que desde Sevilla no se dejara pasar a ningún advenedizo.

          No obstante, la legislación se volvió a flexibilizar a fines de este primer decenio, dada la falta acuciante de colonos, estableciendo la Corona, en 1511, que se relajase el examen de los que querían ir a las Indias porque a causa del férreo control muchos dejaban de embarcarse. Esta situación duró hasta 1513, año en el que nuevamente se ordenó que no se alistasen extranjeros, salvo los genoveses Juan Antonio y Andrés Genovés a quienes se les dio expresa licencia, pues probablemente habían establecido una composición con el Rey. Entonces se abrió un nuevo ciclo caracterizado por la cerrazón a la emigración que duró prácticamente hasta 1527. En este tiempo las Indias estuvieron totalmente vedadas a la emigración extranjera pese a que, desde 1516, las autoridades de La Española estaban solicitando la llegada de nuevos colonos, aunque fuesen extranjeros. En este sentido, la Junta de Procuradores de la Isla Española, reunida en 1518, insistió de manera insistente en que se dejase entrar a los extranjeros, exceptuando a los genoveses, que eran considerados como personas non gratas. Incluso, en una carta dirigida por los Jerónimos al Cardenal Cisneros le indicaron la necesidad que había de que “todos los que quisiesen ir a las Indias de estos reinos o de reinos extraños lo puedan hacer, especialmente portugueses y de Canarias, porque en las islas Canarias se ha visto que los portugueses son grandes pobladores y granjeros”.

          Sin embargo, la Corona siguió empeñada en mantener el monopolio sobre los nuevos territorios y sus riquezas, reiterando sus prohibiciones sobre el paso de extranjeros. Así lo hizo en 1523 y en los años sucesivos, peses a las peticiones de los vecinos de Concepción de la Vega que en 1526 manifestaron “la grandísima falta de gente y perdición de toda aquella tierra que ya casi no hay quien pase en ella...”.

          El Emperador terminó escuchando las reivindicaciones y en 1528, dispuso la apertura a los extranjeros, orden que reiteró en 1529 y en 1531, prolongándose la apertura hasta 1534. En lo sucesivo, y concretamente en 1535, 1538 y 1547 se dictaron órdenes para que se impidiese severamente el paso de foráneos.

          Sin embargo, conviene aclarar que los portugueses gozaron de un estatus especial, pese a la legislación restrictiva. Estos, además de ser en esos momentos aliados de España, tenían fama entre los europeos de buenos colonizadores y pobladores, especialmente a raíz de de la labor colonizadora que habían llevado a cabo en las islas Madeiras, en las Azores y en las Canarias. Fue por este motivo por lo que gozaron de un status especial con respecto al resto de los extranjeros, si no de derecho al menos sí de hecho.

          Ya en una carta de los Jerónimos a Cisneros, fechada en 1517, se le expuso como una de las soluciones básicas a los problemas de La Española, era potenciar la recluta de portugueses y canarios porque eran buenos pobladores. Poco tiempo después, fray Bernardino de Manzanedo volvió a plantear en los mismos términos la necesidad que había de pobladores lusos. Parece evidente, pues, que esta fama de buenos pobladores era común entre todos los habitantes de La Española, ya que nuevamente en la Junta de Procuradores de 1518 se volvió a insistir en la necesidad de que se fomentase su inmigración a la isla y que, por contra, se suprimiese totalmente el paso de extranjeros menos gratos como los franceses o los genoveses.

          Pese a todas las peticiones, la Corona se resistió, por sistema, a concederla al menos hata 1528, fecha en la que por fin autorizó a todos los naturales del vecino Reino de Portugal a emigrar a las Indias libremente, como “lo pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos” y con la única condición de que fuesen casados y llevasen a sus mujeres. Sin embargo, pese a la libertad dada a los portugueses casados la Corona siguió persiguiendo a los solteros, muy a pesar del buen recibimiento que se les dispensaba en las islas caribeñas, independientemente de su estado civil. Sirva de ejemplo el memorial remitido por la Audiencia de Santo Domingo al emperador, en 1535, en el que le informaba de la necesidad que había de que los doscientos portugueses solteros que había en la Española permaneciesen en ella. Dado el interés del texto lo reproducimos parcialmente a continuación:

 

            “Hay asimismo más de doscientos portugueses que no son casados y son oficiales de azúcares que sirven en los ingenios y otros que son labradores y se ocupan de las labranzas y haciendas y muchos carpinteros y albañiles y herreros y de todos los oficios. Y así hay cantidad de ellos en todas las poblaciones de estas partes...Que sería gran daño echarlos...”

 

            El documento es muy rico ya que no solo señala el número de lusos que vivían ya en la isla, sino que además se señala la situación socio-profesional que estos tenían.  Queda claro que se dedicaban a profesiones manuales, que habían sido obviamente rechazadas por los españoles, pues, como bien decían los documentos de la época, “en llegando (los españoles) a las Indias se olvidaban de sus oficios y se vuelven ociosos”.

           Parece ser que todas las represalias contra los portugueses solteros se debieron a la sorpresa que el emperador se llevó cuando fue informado que, sin su autorización expresa, venía operando en la isla un factor del rey de Portugal, llamado Andrea Ferrer, que se ocupaba de la entrega de esclavos negros a los alemanes. Así, pues, a pesar de los informes que, tanto la Audiencia de Santo Domingo como los vecinos de la isla, enviaron al Consejo de Indias, la Corona reiteró la prohibición a los portugueses solteros, instando a los oficiales de la Casa de la Contratación a que no lo consintiesen bajo ningún pretexto. Sin embargo no hubo nuevo pronunciamiento en lo concerniente a la salida de los portugueses solteros que ya estaban establecidos previamente en la Española por lo que es seguro que no se cumplió.

          Es evidente que la Corona no tuvo más remedio que ceder en sus pretensiones monopolistas y aceptar la realidad antillana, en la cual los portugueses estaban jugando un papel bastante importante como pobladores y colonizadores. Esto se demuestra al analizar diversos asientos establecidos entre la Corona y varios particulares españoles para poblar distintos lugares de América. Así, en primer lugar, conocemos la licencia otorgada a Pedro de Mazuelo para llevar treinta vecinos portugueses a poblar Nueva Sevilla (Jamaica), bajo la única condición de que fuesen casados y “gente de trabajo”. Y, en segundo lugar, hay otro asiento, fechado en 1545, en el que Francisco de Mesa se comprometió a pasar de las islas Canarias treinta vecinos portugueses, con la idea de poblar la villa de Montecristi en La Española. De esta forma se oficializaba tácitamente el paso de lusitanos al Nuevo Mundo.

          El número de portugueses asentados en el Nuevo Mundo era ya muy notable a mediados del siglo XVI, no solo en Las Antillas sino también en Nueva España y en el virreinato del Perú. Así, por ejemplo, en la lista de condenados por la rebelión contra las encomiendas en Perú, figuran quince extranjeros de los que nueve eran portugueses. Y aunque desconozcamos el número de portugueses en las décadas siguientes, podemos asegurar que su cifra debió de elevarse con el paso de los años, pues, según los datos consignados en las listas de extranjeros que se compusieron con la Corona, a fines del siglo XVI, el porcentaje de portugueses osciló entre el cuarenta por ciento del caso peruano y el ochenta y dos por ciento de los establecidos en la Audiencia de Quito.

          Ahora bien, no siempre la vida de estos portugueses en las Indias alcanzaba las metas para las que habían emigrado pues, por ejemplo, sabemos que el capitán Nuño de Castro, que luchó en la conquista del Perú, no pudo legar sus bienes a sus descendientes, dado que la Corona alegó que como no podían estar de derecho en las Indias “no pudo adquirir aprovechamiento alguno”.

          En definitiva, creemos que el súbdito portugués, por lo general, tuvo más fácil acceso a las colonias españolas que el resto de los extranjeros, haciendo la Corona la “vista gorda” en muchas ocasiones a sabiendas de su relevante papel en la colonización de las nuevas tierras descubiertas. Parece evidente, pues, que las medidas fueron siempre más drásticas para enemigos considerados naturales como los franceses o, más tarde, los ingleses y holandeses.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias (1492-1550)”, Estudios de Historia Social y Económica de América, Nº 12, Alcalá de Henares, 1995, pp.  37-53

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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