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        De acuerdo con Miguel de Unamuno, el hombre es un animal guardahuesos, siendo una de las diferencias con el resto de los animales. Cuando en el Neolítico, el hombre vivía en chozas, ya construía grandes túmulos de piedra para enterrar a sus muertos. Había pueblos seminómadas, como los hurones, que cuando emigraban lo hacían cargando con los huesos de sus antepasados. Y ello no por un culto a la muerte sino al contrario, a la inmortalidad.

        Hay que advertir que se conocen saqueadores de tumbas desde los orígenes de la historia. Famosos fueron en ese sentido los saqueos de los sepulcros egipcios, realizados muchos de ellos en la misma época. Es más, las pirámides contaban con pasadizos secretos y con trampas diversas para evitar que la cámara funeraria fuese profanada. También el derecho civil romano incluía penas de destierro a los que profanasen sepulcros. En el caso americano, también está documentada la profanación de tumbas por parte de los puritanos ingleses y de los alemanes en Venezuela. Lo que quiero decir con todo esto, es que los conquistadores españoles no hicieron más que continuar una tradición profanadora ancestral.

        En América se daban las condiciones idóneas para que proliferasen estos ladronzuelos de sepulturas, pues la incineración fue una práctica excepcional entre los pueblos amerindios. Dicho de otra forma, la tradición de enterrar a las personas poderosas con objetos suntuarios creó una predisposición en los españoles para hacerse saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban de la presencia de un sepulcro bajo tierra.

        Los españoles trataban de conseguir oro a toda costa; una vez obtenido todo el metal de oro acumulado por los nativos en siglos, procedieron a extorsionarlos para que les confesasen el lugar donde inhumaban a sus caciques, curacas y señores principales. Muchos de ellos se convirtieron en verdaderos etnólogos pues siempre indagaban allá por donde llegaban en las costumbres funerarias de cada pueblo. De hecho Pedro Cieza de León, relata de manera rutinaria en su Crónica del Perú, la forma en que cada pueblo enterraba a sus curacas. Se trataba de una información útil que todos querían conocer de ahí que la incluyera en su obra.

        Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos. En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

        También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que desenterraron a todos los muertos que se encontraron. Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; los soldados le pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. Y ello porque sabía que no podía evitar que estos mercenarios se cobrasen sus honorarios. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro, emitió un bando prohibiendo la entrada en las viviendas particulares, pero en cualquier caso no dispuso en esos momentos de los medios para hacerlo cumplir. De hecho, se produjo una desbandada generalizada en la que unos y otros competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa que hubiera de valor. Se desvalijaron todas las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, extorsionaron hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas o adoratorios y de tumbas. Y a veces la suerte sonreía, como le ocurrió a Martín Estete que encontró una tumba en el entorno de la villa de Trujillo, en la que obtuvo, sacado el quinto real, 8.551 marcos de plata. Lástima que falleció poco después y sólo lo pudo disfrutar su viuda María de Escobar.

        Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas  prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FRIEDERICI, Georg: El carácter del descubrimiento y de la conquista de América. México, Fondo de Cultura Económica, 1973.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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