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          Alcanzar la felicidad es uno de los grandes anhelos de la humanidad al menos desde los orígenes de la civilización. Todo el mundo quiere ser feliz, aunque pocos tienen claro qué es esto de la felicidad y cómo se consigue.

           ¿Qué es la felicidad? La respuesta parece fácil pero no lo es tanto. Veamos que dice el Diccionario de la R.A.E.: “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. Frío, frío, a mi juicio está un poco desencaminada tal definición porque la posesión de bienes materiales no conlleva la felicidad, más allá de una mera y fugaz satisfacción instantánea.

           Lo cierto es que el concepto ha evolucionado con el paso del tiempo. Platón decía que era el equilibro perfecto entre las partes del alma. Veinte siglos después, Erasmo de Rotterdam ofreció una de las mejores definiciones para mi gusto de lo que es la felicidad: “La felicidad consiste principalmente en conformarse con la suerte; en querer ser lo que uno es”. Autores cristianos como Santo Tomás, decía que solo se alcanzaba con la contemplación de Dios. Y por citar un filósofo actual, Juan Pedro Viñuela, siguiendo a los socráticos, afirma que la felicidad solo se puede alcanzar por la sabiduría, y que ésta se caracterizaría por “la paz, la serenidad y la virtud”.

Ya tenemos una primera conclusión, tanto los autores religiosos como los laicos coinciden en que la felicidad sería un estado de ánimo caracterizado por la satisfacción y el bienestar espiritual.

           La cuestión clave es cómo se alcanza ese estado de ánimo que nos haga felices. Pues ese es el problema porque el ser humano viene con un defecto de fábrica: es ambicioso por naturaleza. Conozco a pocas personas que estén satisfechas con lo que tienen. Uno siempre aspira a ganar más dinero, a tener una casa más amplia, un coche mejor, o simplemente a ser más querido. Ambicionamos en definitiva la suerte –casi siempre imaginaria- del otro. Siempre ambicionamos y envidiamos lo que tiene el vecino, el amigo, el familiar o el conocido, sin valorar suficientemente que la clave de una vida feliz la tenemos en nuestra propia casa. Y digo que es un deseo imaginario porque el ser humano siempre tiende infravalorar lo que tiene y a sobrevalorar lo que no tiene. Por tanto, solo se puede ser feliz corrigiendo esa defectuosa percepción.

Resumiendo, queda claro que la felicidad es un estado de ánimo caracterizado por el sosiego y el bienestar de nuestra alma y que se consigue apreciando lo que tenemos que, aunque creamos lo contrario, es mucho, muchísimo. La clave es pensar: soy feliz porque estoy satisfecho con lo que tengo, mi familia, mis amigos, mi entorno, y mi trabajo. Si alguno de esos aspectos no lo tengo, siempre se puede suplir con el comodín de la esperanza, siempre tan necesaria para la propia supervivencia del ser humano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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