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        Ahora que está tan de actualidad esto de los galeones hundidos en diversos rincones del antiguo imperio español, quiero dar a conocer el hundimiento de estos tres galeones. Aunque los buques no llevaban tesoros y quedaron muy dañados por la artillería enemiga, tienen el aliciente de que su localización debe ser relativamente fácil. Y ello, porque el capitán de la flotilla sobrevivió al suceso y pudo señalar con detalle la ubicación exacta del hundimiento y las circunstancias en que se produjo.

         El capitán Pedro Martínez de Arcilla, en el momento de enrolarse en la flota del Mar Océano, contaba con tan sólo 24 años. Era casi un adolescente, vecino de San Sebastián e hijo del licenciado Juan Pérez de Arcilla, mayordomo de la artillería y municiones de San Sebastián y Fuenterrabía. Pertenecía, pues a una familia vasca acomodada.

El 20 de marzo de 1565, Pedro Menéndez de Avilés firmó un asiento para colonizar La Florida. Realmente, su principal cometido era expulsar de allí a un grupo de franceses, encabezados por Jean Ribault, que se habían establecido allí de forma permanente. Desde 1567 estaba el avilense buscando apoyos para aprestar su armada en los puertos vascos. En Portugalete estaba fondeada la flota del adelantado de la Florida y gobernador de Cuba, compuesta por 14 galeones.

Juan Pérez de Arcilla fue el encargado de proveer la armada de pólvora, arcabuces y morriones. La primera pregunta que nos asalta: ¿por qué Pedro Menéndez de Avilés nombró por capitán a un joven de 24 años poco experimentado en las cosas de la mar?, Bueno, habría que hablar de varios factores: primero, podría ser poco experto pero en aquella época donde la esperanza de vida era tan baja, nadie pensaba que un hombre de 24 años fuese demasiado joven para nada. El mismísimo Pedro Menéndez de Avilés con 29 años fue por general de la flota que partió de Sanlúcar de Barrameda, en septiembre de 1548. Segundo, el muchacho cumplía con el requisito de nobleza, hecho que, como ya hemos afirmado, se consideraba un elemento casi determinante en la elección del candidato. Y tercero, el influyente licenciado Pérez de Arcilla, debió hacer el resto, presionando al insigne marino avilense. Fue muy generoso en el suministro de armas y pólvora para la escuadra y, asimismo, reclutó personalmente a una veintena de marinos experimentados que asalarió para ir en el barco capitaneado por su vástago.

         Jurado su cargo y pertrechada la armada, partió de Portugalete con destino a Sevilla para a continuación partir para La Florida. La armada hizo varias escalas, la primera en Gijón donde estuvo fondeada ocho días. Luego se detuvo tres días en el puerto portugués Cascais. Fue en esta plaza lusa donde comenzaron unos contratiempos que a la postre darían lugar a la pérdida de los tres galeones, incluido el de Pedro Martínez de Arcilla. Efectivamente, antes de partir, el capitán general recibió rumores de que había cerca cuatro barcos sospechosos de ser enemigos. Para no perder tiempo, decidió zarpar él hacia el sur con el grueso de la flota -11 galeones- y enviar a los tres galeones restantes a buscar e identificar a estos supuestos enemigos. Los navíos designaron fueron los comandados por los capitanes Martínez de Arcilla, Ojeda y Mendaro.

         Al final, resultó ser una falsa alarma, por lo que los tres galeones decidieron seguir los pasos de la flota de Menéndez de Avilés para reunirse con ellos y proseguir su viaje, hacia Sanlúcar de Barrameda y Sevilla primero y, luego, para el Caribe con, escala en las islas Canarias. Por el camino, se encontraron unos buques mercantes españoles que les informaron que más adelante iba la gran armada de Menéndez de Avilés. Lo que no esperaban fue, la impresionante armada turca con la que se toparon el domingo 5 de septiembre de 1568. Estaba formada por un total de 25 o 26 velas, de las cuales 14 eran galeras y galeotas de combate y unos 11 o 12 eran navíos auxiliares de menor porte. Ello ocurrió a la altura de un paraje costero denominado las Arenas Gordas. Una zona pantanosa y boscosa que mantiene actualmente este topónimo en la costa este onubense. Los testigos fueron unánimes al decir que el ataque se produjo en alta mar pero a la vista de la playa de las Arenas Gordas, ubicadas, a unas 4 o 5 leguas de Sanlúcar de Barrameda.

         Obviamente, los turcos, viéndose muy superiores, iniciaron inmediatamente el ataque. Eran aproximadamente las 21:00 horas, cuando una parte de la armada turca se fue hacia el galeón que iba delante en la formación, es decir, el del capitán Ojeda. Éste tan sólo fue capaz de resistir una hora y media, rindiéndose a las 22:30. Y la pregunta que se plantearon los propios jueces que juzgaron el caso: ¿por qué los capitanes Mendaro y Arcilla no acudieron en su ayuda?, ellos alegaron que no pudieron porque la mar estaba en calma, no soplaba viento y, aunque tenían remos en las bodegas, estos estaban inutilizados por falta de bancos y de alcayatas para fijarlos. Tampoco dispararon su artillería porque estaban a una distancia de media legua y no los alcanzaban. Y debía ser verdad, porque igual que no tuvieron viento para acudir en su ayuda tampoco lo tuvieron para huir. El galeón de Mendaro, pese a que Arcilla le pidió que se atase a él para defenderse mejor, éste hizo caso omiso se acercó a la playa y embarrancó.

         Hasta las 12 de la noche los turcos no dieron alcance al galeón Santa María, capitaneado por el donostiarra. En ese intervalo de tiempo el capitán Arcilla tuvo tiempo para arengar a sus hombres para que defendiesen sus vidas y el barco con honor. Dijeron los testigos que estuvo andando con su espada y rodela de un lado a otro del galeón para dar más ánimo a la gente y esforzarla. Algún testigo llegó a afirmar que, siendo las fuerzas tan superiores, nadie hubiese luchado de no ser por la arenga que les hizo su capitán. Varios testigos, declararon que el capitán Arcilla no se portó como el muchacho que era sino como un animoso y valiente capitán. Como era de esperar el Santa María fue alcanzado a las 12 de la noche, iniciando un recio combate que se prolongó hasta las 5 de la mañana. Es decir, estuvieron combatiendo contra fuerzas infinitamente superiores por un espacio de 5 horas.

         El gran problema para Martínez Arcilla llegó precisamente a esa hora, cuando muerta gran parte de su tripulación, incluidos los artilleros, decidió abandonar el barco con los que todavía se podían valer por sí mismos. Dejó en la cubierta a 36 compañeros muertos y a unos 52 o 53 heridos graves. La mayoría víctimas de arcabuzazos o de tiros de piedra que efectuaron las galeras turcas. Los heridos más graves fueron tristemente abandonados a su suerte, mientras el capitán Arcilla y otros 14 supervivientes abandonaban el barco a bordo de una chalupa. Entre esos supervivientes figuraban Domingo de Anizqueta, un clérigo presbítero de unos 28 años que iba en el galeón y que salió absolutamente indemne. Seguramente sus hábitos le permitieron estar escondido en lo más recóndito y seguro del galeón. También se citan a los marineros Miguel de Arizmendi y Pascual de Areyceta que no pudieron personarse en el proceso porque se habían enrolado en una flotilla que fue a pescar a Terranova, no esperándose su regreso hasta Navidad. Otros de los sobrevivientes fueron Domingo Arnal, Miguel de Goyaz y un paje que se llamaba Mateo.

         Esos fueron básicamente los hechos. El capitán Arcilla actuó con diligencia hasta las cinco de la mañana y lo pudo probar. Combatió y lo hizo durante muchas horas y con todas sus energías. El gran problema ocurrió a partir de las 5 de la mañana cuando Arcilla, ya perdido, decidió salvar su vida, poner tierra de por medio, y abandonar a su suerte a los heridos.

Como es bien sabido, en el Antiguo Régimen a diferencia de lo que ocurre hoy, la inocencia había que demostrarla. Por ese motivo, nada más conocidos los hechos, el capitán guipuzcoano fue apresado y llevado a la cárcel de la Corte. Para que preparasen su defensa, el 11 de agosto de 1568 otorgó poderes a su padre, Juan Pérez de Arcilla, a su hermano del mismo nombre y a Francisco de Guernica, todos ellos vecinos de San Sebastián.

         El fiscal pedía la pena máxima, es decir, la pena de muerte, acusándolo de perder un barco de Su Majestad que costaba unos 40.000 ducados por cobardía. Sin embargo, cinco horas de defensa bizarra del buque ponían en duda esa supuesta actitud medrosa que se le imputaba. La defensa lo pudo demostrar con solvencia porque los hechos no dejaban lugar a la duda.

         Además plantearon otras incógnitas. La más importante, consistió en cuestionar la actuación del general de la armada Pero Menéndez de Avilés. Realmente fue un error separar su gran armada y enviar a tres de sus galeones a verificar si los cuatro navío avistados eran o no enemigos. Había muchos rumores sobre presencia de turcos en las costas peninsulares. Era correr un riesgo innecesario. Incluso en caso de que los enemigos no hubiesen sido una armada de 37 velas sino sólo los cuatro navíos avistados, iban en inferioridad numérica. Máxime cuando el propio Menéndez de Avilés había promovido que todos sus barcos fuesen en conserva hasta la Florida. También cuesta creer que la gran armada de Avilés que viajaba unas pocas leguas delante de los tres galeones no avistara la enorme armada enemiga. Por otro, lado, mucho más cuestionable fue la actuación del capitán Mendaro que viajaba muy cerca de Arcilla. No sólo no aceptó unir sus fuerzas sino que enfiló su galeón rumbo a la costa, encallando el navío y dejándolo a merced de los enemigos. No sabemos qué pudo pasar con este capitán porque el juicio no aporta ni un solo dato al respecto. Pero está claro que su actuación fue muchísimo más irregular que la del capitán Arcilla.

         Quedó bien demostrado por la defensa que el capitán Martínez de Arcilla no acudió en defensa de Ojeda porque no pudo. Y prueba de ello era que su galeón apenas se movió de su sitio. Ni tuvo aparejo para acudir en ayuda de su compañero ni tampoco para emprender la huída. De hecho a las 22:30 tomaron el galeón del capitán Ojeda y tan sólo una hora y media después, es decir a las 12:00 estaban atacando de lleno el galeón Santa María del capitán Arcilla. Éste además estuvo apercibiendo a sus hombres para el combate, preparando la artillería y despejando la cubierta. Su resistencia fue brutal, pues resistieron la acometida de un buen número de galeras y galeazas nada menos que durante 5 horas. Toda una eternidad.

         Hasta ahí bien. El problema fue que a partir de las 5 de la mañana del lunes 6 de agosto, viendo Arcilla que todo estaba perdido decidió salvar su vida y huir, dejando abandonados a su suerte a los heridos más graves. Y digo que el problema comenzó ahí porque una de las grandes máximas de todas las armadas del mundo siempre ha sido que, en caso de siniestro, el capitán es el último que debe abandonar el barco y no el primero. Al joven Arcilla se le exigía que diese su vida y que muriese junto a sus hombres. No fue capaz de semejante renuncia; a sus 24 años no se sintió preparado para engrosar la extensa lista de valientes que a lo largo de la Historia sacrificaron su vida por la patria.

Demostró valentía pero no hasta el punto de entregar su vida. Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿fue reprochable su actitud? Absolutamente comprensible desde el punto de vista actual. Pero también los jueces del Consejo debieron sensibilizarse con la decisión del joven capitán de salvar su vida. De hecho, en la primera sentencia se le conmutó la pena de muerte por una condena severa en primera instancia, y tras su apelación, por una condena prácticamente simbólica. La primera sentencia, dada en Madrid el 2 de abril de 1569, le condenó a la privación perpetua del cargo de capitán, a servir gratuitamente durante seis años en las galeras reales y al pago del coste del galeón. Había salvado la vida pero la condena seguía siendo extremadamente dura, especialmente en lo concerniente a la privación perpetua de su rango.

Pero, como ya hemos afirmado, la defensa apeló. Su representante en la Corte, Sebastián de Santander solicitó un nuevo plazo para hacer una nueva probanza que le fue aceptada por una Real Cédula, expedida en Madrid el 12 de julio de 1569. El 14 de noviembre de ese mismo año conseguían por fin una sentencia mucho más favorable. La privación del cargo de capitán sería sólo por seis años y el servicio en galeras de tan sólo dos. Parecía una sentencia justa, teniendo en cuenta que no se pudo probar su cobardía ante el enemigo, sino tan sólo su humana decisión, in extremis, cuando todo estaba perdido, de no morir junto al resto de su tripulación.

         Tanto la familia como el propio encausado recibieron la nueva sentencia con enorme satisfacción. No sólo había salvado la vida, sino también su honor. Volvería a la mar, y lo haría conservando su rango de capitán. Y como lo importante era saldar cuanto ante su deuda con la Corona, no tardó en incorporase a la Armada Real de Galeras. El 12 de enero de 1570, tan sólo dos meses después de la sentencia, se personó en Gibraltar y se puso a las órdenes de Sancho Martínez de Leyva, capitán general de la Armada Real de Galeras.

         El proceso, conservado en el Archivo General de Indias, ofrece muchos datos sobre la ubicación exacta de los hechos, muy cerca de la línea de playa de Arenas Gordas, a unas seis leguas de Sanlúcar de Barrameda. Sería bueno, comenzar a elaborar un mapa cartográfico completo de los cientos de galeones españoles hundidos en las costas peninsulares, especialmente en el Golfo de Cádiz, el mayor yacimiento de pecios hundidos del mundo.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Sin piedad con los cobardes: la condena del capitán de navío Pedro Martínez de Arcilla (1569)”, Revista de Historia Naval Nº 103. Madrid, 2008, pp. 77-90.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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