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        Prácticamente hasta el siglo XVIII ni existía el Estado del bienestar ni las personas tenían rango de ciudadanos sino de súbditos. El Estado del bienestar es una concepción contemporánea, particularmente del siglo XX, por lo que hasta entonces toda la previsión social de los ciudadanos se basaba en un sistema privado de contraprestaciones.

La cobertura social de los españoles en el Antiguo Régimen se canalizaba de dos formas diferentes, según se tratase de personas que habían “cotizado” o de pobres “de solemnidad”. Por ello, Rumeu de Armas habla de dos conceptos diferentes, a saber: asistencia y beneficencia. La población común normalmente se pagaba su propia asistencia privada, a través de las hermandades y cofradías. Prácticamente todas las familias pertenecían a algún instituto, algunos de ellos gremiales, cubriendo de esta forma cualquier eventualidad social. Es decir, casi todos los vecinos estaban implicados en alguna cofradía, lo que les equivalía a tener una verdadera póliza de seguros para todos los miembros de la misma. Por tanto, casi todas las cofradías tenían un doble cometido, el devocional y el asistencial, proporcionando a sus hermanos, por un lado el consuelo espiritual de sus amados titulares, y por el otro, una asistencia en la enfermedad y un enterramiento digno.

        Todos los que participaban en las hermandades y cofradías eran mutualistas que habían cotizado durante toda su vida. Pero, ¿qué ocurría con aquellas personas que no tenían recursos para cotizar? Pues, bien, para ellos no había asistencia sino beneficencia. Y, ¿qué diferencia había? Como afirma Rumeu de Armas la asistencia era un derecho mientras que la beneficencia era una gracia o limosna. Los enfermos, los mutilados, los pobres de solemnidad, los inválidos, los mendigos y los menesterosos en general eran considerados un submundo marginado. Se les caracterizaba siempre de forma estereotípica como delincuentes, vagos, mentirosos, indignos e indeseables. Aunque en realidad no eran más que pobres que se vieron obligados a mendigar o a robar cuando la desesperación les obligaba a ello. Estos desheredados se mantenían a duras penas de la caridad de los pudientes. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad.

         Esta caridad cristiana se canalizaba, por un lado, de manera informal, a través de las limosnas que decenas de pedigüeños obtenían a las puertas de las iglesias o en los espacios más concurridos de cada localidad. Y por el otro, mediante la fundación de una obra pía en la que, casi siempre a través de un testamento, se dejaba un capital para invertirlos en rentas con las que invertirlas en alguna mejora social. Las obras pías eran de muy diversos tipos: de redención de cautivos, de dotación de doncellas huérfanas para el matrimonio o su profesión como monjas, de escolarización de pobres, de enterramiento de presos o de hospitalización de enfermos.

         Pero, en unos casos u otros, toda la beneficencia y la asistencia sanitaria en el Antiguo Régimen se canalizaba directa o indirectamente a través de las diversas instituciones religiosas. A veces también los concejos dotaban o contribuían con algún tipo de beneficencia pero lo hacían desde un sentimiento exclusivamente cristiano, no laicista.

Normalmente eran las cofradías de la Misericordia o de la Caridad las que se encargaban de la asistencia a los desheredados. El objetico de estas corporaciones era dar una asistencia a los presos y a los "pobres vergonzantes". Entre sus cometidos estaba dar una sepultura digna a los presos ajusticiados, como la mayoría de las cofradías de este tipo. El resto de las cofradías no practicaban la beneficencia sino exclusivamente la asistencia a sus hermanos mutualistas. No olvidemos que sólo los nobles y burgueses acaudalados tenían capital suficiente para pagarse sus propias sepulturas familiares dentro de los templos, mientras que los pobres se tenían que conformar con inhumarse en el camposanto anejo al templo parroquial. Por ello, las cofradías representaban una posibilidad excepcional, para muchas familias con recursos medios o bajos, de poderse inhumar dentro del templo. Para la mentalidad sacra de la época solamente esto suponía un gran consuelo espiritual en el último trance de la vida.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ARIAS DE SAAVEDRA ALIAS, I. y LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ, M. L. (2002): Represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada, Universidad,

 

LIS, C. y SOLY, H (1984): Pobreza y capitalismo en la Europa preindustrial (1350-1850). Madrid: Akal,

 

RUMEU DE ARMAS, A. (1944): Historia de la previsión social en España. Cofradías, gremios, hermandades, montepíos. Madrid: Editorial Revista de Derecho Privado.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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