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        Como es bien sabido Tartesio representa la más brillante y antigua civilización de Occidente, no menos importante que la cretense, la micénica o la etrusca. Encontramos referencias a ella en textos antiguos griegos y hasta en la propia Biblia lo que denota la gran pujanza comercial que llegó a alcanzar, como puente entre Europa y Oriente. Sin embargo, a partir del siglo VI a. C. terminó desapareciendo abruptamente, absorbida por pueblos invasores indoeuropeos. Ello provocó que sus antiguos reyes, como Argantonio, permaneciesen en la nebulosa de la leyenda hasta nuestros días. Tampoco ha aparecido la capital pese a los esfuerzos y a la pasión de grandes arqueólogos como Adolfo Schulten.

        Hace un año leí en un medio de comunicación que, según el arqueólogo y académico Martín Almagro Gorbea, la Medellín prerromana había sido fundada por pobladores procedentes de Carmona. Ahora ha caído en mis manos el texto científico publicado por el arqueólogo en el que se fundamentaba esta noticia.

        Martín Almagro ha dedicado buena parte de su vida a excavar en la villa de Medellín (Badajoz). Existió un pueblo prerromano que ocupaba unas quince hectáreas en la ladera del cerro donde actualmente se conserva parcialmente el castillo de los Portocarrero, y que fue fundado por tartesios procedentes de Carmona. El pueblo se llamó Conisturgis y fue fundado a principios del siglo VII a. C. Era la localidad más al norte del área tartesia y señoreaba el fértil valle del Guadiana, siendo su actividad fundamental la agricultura y la ganadería. Sería ya en el siglo II a. C. cuando tras el enfrentamiento entre los ejércitos romanos de Sertorio y Quinto Cecilio Metelo, habiendo vencido este último le puso al pueblo el nombre de Caecilia Metellinum que terminó por derivar en Medellín.

        ¿Y en qué se basa el citado arqueólogo para sostener que fueron carmonenses los fundadores? Pues bien, ha excavado durante varios lustros la necrópolis de Conisturgis y los paralelismos con los restos encontrados en Carmona son tan evidentes que le han llevado a defender dicha hipótesis.

        La idea plantea nuevas interrogantes: ¿dependía Conisturgis de la Carmo tartesia? No lo sabemos, pero el dato nos proporciona una idea de su pujanza y de un crecimiento demográfico que la obligó a buscar nuevos territorios donde asentar sus excedentes. Seguramente la civilización Tartesia nunca tuvo una capital, pese a que Schulten la buscó con empeño en el cerro del Trigo, allá en el Coto de Doñana. Quizás debió haber rastreado más al norte, en el corazón del valle del Guadalquivir. Carmona existía ya en la Edad del Bronce, existiendo una continuidad contrastada desde el tercer milenio a. C. hasta la época turdetana, incluyendo la etapa como ciudad tartesia. No sería la capital pero sí una de sus principales urbes, artífice de la ampliación de su área de influencia varios cientos de kilómetros al norte del valle del Guadalquivir.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

ALMAGRO GORBEA, Martín (Ed.): La necrópolis de Medellín. Madrid, Bibliotheca Archaelogica Hispana, 2006-2008.

 

HABA QUIRÓS, Salvadora: Medellín romano. La colonia Metellinensis y su territorio. Badajoz, Diputación Provincial, 1998.

 

MALUQUER DE MOTES, Juan: Tartessos. La ciudad sin historia. Barcelona, Ediciones Destino, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto; estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucro eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de hacendados y autoridades. Y otras, si las condiciones les eran favorables, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias.

Ante la escasa presencia española en el Mar Caribe, los corsarios se terminaron haciendo con su control. Pese a su importancia estratégica, se trataba de una vasta extensión de islas y costas, muy débilmente pobladas y con infinidad de recodos y refugios para los posibles enemigos. España no tenía posibilidad física, humana, ni tecnológica de mantenerlos. Los ingleses colonizaron las islas de la Tortuga, Trinidad, Tobago, Granada y Jamaica (1655); los franceses, Martinica, Guadalupe, Marigalante así como el noroeste de La Española; y finalmente, los holandeses Bonaire, Araba y Curazao, siendo reconocida su ocupación por España en diversos tratados firmados en la segunda mitad del siglo XVII. Otras potencias menores, como Dinamarca, ocuparon algunas islas de Barlovento, como Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz, mientras que Suecia ocupó la de San Bartolomé.

         Acaso, la más generalizada forma de enriquecimiento de los corsarios fue el contrabando, realizado con la connivencia de encomenderos, hacendados y dueños de ingenios pues el desabastecimiento de mercancías, por un lado, y los reducidos precios que pagaban por los géneros locales por el otro, los empujó irremediablemente a dicha actividad ilícita. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial que se basaba en proporcionar lo mínimo al mayor precio posible. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde bastante antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal, en el que, en ocasiones, estaban implicados, desde los altos cargos de la administración hasta los propios soldados de las guarniciones, los mismos que, en teoría, debían luchar contra ese contrabando.

Pero junto a este comercio ilegal, los corsarios también robaban y asolaban. Cada vez que se topaban con una posible víctima en el mar –casi siempre navíos solitarios- ésta era asaltada y su mercancía robada. Mucho más daño causaron los sonados ataques a diversos puertos indianos, por la magnitud de los robos y destrozos y por la sensación de impunidad. Los ataques corsarios a plazas del interior fueron muy escasos y la mayor parte de ellos acabaron fracasando. Y es que suponía correr demasiados riesgos, pues aunque su presencia en las costas solía ser una triste sorpresa para los vecinos, en el interior del territorio los sorprendidos eran los propios corsarios cada vez que sufrían una emboscada.

         Como ya hemos dicho, el corsarismo se cebó en las áreas marginales de las Indias que España no podía ni tenía la voluntad de defender. Uno de los casos más dramáticos de abandono a su suerte por parte de las autoridades españolas es el de la ciudad de Trujillo en la costa de Honduras. Dada su singularidad, nos centraremos en este caso. Ante sus escasas defensas y su corta guarnición, fue saqueada tantas veces que verdaderamente sorprende que siga existiendo cinco siglos después. Desde finales del siglo XVI comenzaron una serie de asaltos que la mantuvieron durante décadas casi en la ruina. Los primeros ataques se produjeron en 1595 y en 1598, siendo protagonizados por corsarios galos. En esta última ocasión se consiguió rechazar a los bandidos, no tanto por la pequeña guarnición que la defendía como por el valor de los vecinos. Tras algunas décadas de tranquilidad, los ataques se reanudaron con más virulencia que nunca. En 1632 los atacantes fueron corsarios holandeses que intentaron tomar la ciudad y los barcos que había en el puerto pero que fueron rechazados. Pero volvieron al año siguiente, en esta ocasión con ocho naos gruesas. Ante tal superioridad, la ciudad fue abandonada a su suerte, siendo saqueada y quemada.

Pero los asaltos no acabaron ahí pues fue sucesivamente asaltada, robada y quemada en 1638, 1639 y 1640. Y es que sus posibilidades defensivas eran absolutamente ridículas, hasta el punto que en un alarde que se hizo por aquellas fechas se averiguó que sólo había 39 hombres capaces de empuñar un arma. En 1641 volvieron a tomar la ciudad cuatro naos corsarias, que estuvieron cerca de un mes, entrando doce leguas la tierra adentro y cometiendo cuantos excesos de robos y torpezas pueden imaginarse. Tras estos hechos, el presidente de la audiencia de Guatemala decidió reforzar la defensa de la costa hondureña y, en particular, de Trujillo, enviando a su fortaleza medio centenar de soldados con arcabuces y mosquetes. Todo fue en vano, porque el 16 de julio de 1643 se presentaron en su puerto 16 navíos ingleses con nada menos que 1.500 hombres. Cuatro días después la ciudad fue tomada, saqueando lo poco que había en ella y en las estancias. Pero, pese a estar la ciudad saqueada y arruinada, al año siguiente llegó el corsario mulato Dieguillo con dos barcos, engañó a los vecinos con banderas de paz, y volvieron a despojarla impunemente. Una incursión que repitió en años posteriores hasta que, por fin, en 1650 llegó una pequeña armada de tres bajeles, enviada por el gobernador de La Habana, e hizo huir al corsario. Pero, era demasiado tarde; la paciencia de los trujillanos se había agotado y la ciudad fue desamparada y abandonada. El propio presidente de la Audiencia en su informe decía: ya por fin quedó la costa de Honduras limpia de piratas, en mi juicio porque no había qué robar en ella. Años después se repobló la ciudad, siendo nuevamente asaltada por corsarios, en 1689. La historia de Trujillo no deja de sorprendernos. ¿Cómo podía permitir la España Imperial que ingleses, franceses u holandeses campasen a sus anchas y acometiesen a sus súbditos? Era la otra cara de ese vasto imperio. Un imperio tan extenso que no había ejército ni armada capaz de defenderlo. Que fustigasen la pequeña ciudad de Trujillo en Honduras no dejaba de ser un hecho anecdótico, teniendo en cuenta que en la propia Península Ibérica se atrevían con Valencia, Denia, Gibraltar o Mallorca.

         A nivel global la piratería fue un producto más de su tiempo, generado por el entonces naciente capitalismo, por el desarrollo del comercio y de la navegación y por la aparición de nuevos estados que pugnaban por tener un puesto de relevancia en el panorama internacional. Fue un auténtico drama, sobre todo para los cientos de miles de personas que lo sufrieron pero también para los propios corsarios que fueron usados por las naciones europeas mientras les interesó, siendo después perseguidos, repudiados y sometidos. No fueron más que un instrumento de dominación en manos de los gobiernos europeos para tratar de acabar con el monopolio comercial hispánico. Sus logros se limitaron a algunos sonados asaltos y a la ocupación de territorios prácticamente abandonados por el imperio, fracasando en su objetivo último de acabar con el poderío español en las Indias.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, Historia Militar de España, T. III (I). Madrid, 2012, pp. 143-193.

 

STEIN, S. J. y B. H.: Plata, comercio y guerra. España y América en la formación de la Europa Moderna. Barcelona, Crítica, 2004.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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La ecología como tal es un fenómeno del siglo XX; no en vano, el propio término ecología se lo debemos al alemán Ernst Haechel. En la década de los sesenta del siglo pasado y concretamente en 1962 se produjo un verdadero hito histórico en el devenir de este movimiento, con la publicación del libro “Primavera Silenciosa” de la bióloga estadounidense Rachel Louise Carson (1907-1964). Por primera vez se hacía un duro ataque a la utilización de pesticidas en el campo, denunciando la destrucción que esto provocaba. Poco antes de su muerte, en 1963, fue distinguida como académica correspondiente de la nacional de Artes y Letras de Estados Unidos. Una década después llegó la fundación de Greenpeace que coincidió con la primera conferencia mundial del medio ambiente celebrada en Estocolmo y en que se emitió

Sin embargo, aunque no se llamase así, los pueblos y las civilizaciones que hoy llamaríamos injustamente primitivas o bárbaras eran mucho más que ecologistas. No se planteaban el remedio porque no causaban el daño. El mundo de los incas es para mí paradigmático aunque obviamente no es el único. Para ellos la tierra -la Pachamama en quechua- era sagrada, la respetaban y la cuidaban como a una madre porque, como decía María del Carmen Valadés, entendían que ésta les protegía y sustentaba. La tierra era el lecho sagrado donde vivía y se reproducía el ser humano, por lo que se hacía necesario el mantenimiento de una reciprocidad. De ahí que le ofreciesen pagos, es decir ofrendas para favorecer la armonía “con la Tierra que da alimentos, que acoge a los muertos, que autoriza a construir sus hogares”. Si cultivan la tierra le hacían ofrendas para que la cosecha fuese abundante, si transitaban los caminos, depositan piedras en los cruces para que les favoreciese su viaje y si subían a una montaña –también considerada sagrada- hacían lo propio para que el ascenso fuese seguro. Y tanto es así que con frecuencia, todavía en nuestros días se forman montículos de piedras en los entornos de las calzadas, que ellos denominan “apachetas”. Cuando morían enterraban a sus muertos con el concepto europeo de yacer en la tierra sino para devolverlo al “vientre sagrado de la madre”.

A partir del siglo XVI los europeos destruyeron parcialmente este mundo. Ya no tenían cabida las sociedades campesinas agrupadas en ayllus, ni las comunidades autosuficientes. Había que explotar la tierra, había que producir y todo ello pasaba por romper la armonía con la madre tierra. Sin duda, lo peor llegó tras la Independencia, cuando los criollos expandieron su concepto de productividad incluso a la selva amazónica. No olvidemos que la selva representa el 60 por ciento de la geografía peruana. Allí llegaron los empresarios del caucho, las petroleras y las empresas madereras que desforestaron decenas de miles de hectáreas, al tiempo que la población indígena disminuía por los trabajos forzados, las enfermedades y las huidas a otras zonas. Los vertidos de mercurio, usado en la amalgama del metal precioso, han convertido el Amazonas en uno de los ríos más contaminados del mundo. Algunos afluentes de este gran río, están cinco veces más contaminados que el río Rhin, la cloaca de Europa. Ello está provocando la muerte de comunidades indígenas enteras que tradicionalmente bebían y se alimentaban de este gran río.

Todavía en pleno siglo XXI algunas comunidades quechuas y hasta mestizas siguen celebrando los ritos a la Pachamama, en la que se ofrenda con incienso, sebo de llama, piedras, dulces, conchas y flores. Una verdadera lección de respeto al medio que los quechuas nos legaron y que pervive todavía en nuestros días. Como siempre digo, no se trata de volver a las cavernas, sino de aprender las lecciones del pasado, especialmente de las sociedades precapitalistas. No sé si todavía estamos a tiempo de parar el cambio climático que quizás sea la rebelión de la madre tierra contra la tiranía y el maltrato que le proporciona el hombre de nuestro tiempo. Una especie más del universo que se engaña a sí misma cuando cree que es la dueña del mundo. Antes o después, la naturaleza –o la madre tierra como dirían los quechuas- dará una lección al ser humano por haber sobrepasado todos los límites admisibles.

 

PARA SABER MÁS:

 

CARSON, Rachel: Primavera silenciosa (varias ediciones).

 

VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. Olañeta Editor, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        La lectura de un interesante y bien documentado artículo de Aurelio Peral sobre Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil, me ha hecho reflexionar sobre la cuestión. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada una buena parte de la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

        Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

        El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

        La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

        Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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Los españoles abominaban el canibalismo ritual, una costumbre muy extendida entre muy diversos pueblos del continente americano, desde los mexicas, a los guaraníes, pasando por los mayas, los tarascos o los turinampas del Brasil. Los mexicas, por ejemplo, sacrificaban anualmente a varios miles de personas, pero siempre eran cautivos. De hecho, en el cerco de Tenochtitlán prefirieron morir de hambre antes que merendarse a los compañeros caídos. También es cierto que se trataba de una práctica frecuente en el pasado del hombre y que no era ajena a la misma historia de Europa: desde el Homo Antecesor, que vivió en este continente hacía unos 500.000 años y que practicaba el canibalismo ritual, a los antiguos galos, los lusitanos, los tracios, los sirios, los rodios, los cretenses, los lacedemonios, etcétera. Como ha escrito García Añoveros, tenemos testimonios más que suficientes para afirmar que muchísimos pueblos han practicado, en un momento u otro de su historia, algún tipo de sacrificios humanos y de canibalismo ritual. Todos ellos, al igual que los mexicas o los incas, pensaban que la ira de los dioses sólo se podía aplacar sacrificándoles vidas humanas. Como ya hemos dicho, el conquistador se escandalizaba de esas prácticas y sentía repulsión, incluso, en situaciones de hambrunas extremas. No obstante, no faltan casos dramáticos en los que el hambre les obligó a practicar, con desagrado, la antropofagia. La expedición que llevó Diego de Nicuesa a Veragua, hacia 1508, sufrió tanta carestía que unos se comieron a sus perros y a los sapos que encontraron mientras que, otros, se habituaron a comer carne de indios caídos. Pero, como la situación no mejoró, llegaron a asesinar a un español enfermo, llamado Hernán Darias, natural de Sevilla, y a Alonso González, oriundo de Ronda. Visto lo ocurrido, Diego de Ocampo, al sentirse enfermo, para evitar ser víctima de la voracidad de sus compañeros, se enterró vivo él mismo en el hoyo que vio para otro español muerto. Al final, uno de los antropófagos delató a sus compañeros a cambio de su propio perdón. Como resultado de las pesquisas dos de ellos fueron condenados a muerte, concretamente Juan de Ampudia y Diego Gómez, mientras que los otros siete participantes en el banquete antropófago fueron herrados como esclavos. Otra expedición a la misma zona, dirigida en esta ocasión por Felipe Gutiérrez, no tuvo mejor suerte y pasaron tanta carestía que empezaron devorando a los perros y a los caballos que llevaban. Pero, como no fue suficiente para saciar su avidez, no tardaron en almorzarse a cuantos amerindios encontraron y, cuando no los hubo, mataron a un cristiano enfermo y se lo comieron. Asimismo, en 1528, el alemán Ambrosio de Alfinger tomó posesión de Venezuela en nombre de los Belzares pero, poco después, fue asesinado por los indios y sus hombres pasaron tanta necesidad que tuvieron que comerse a sus propios perros y a tres indios que consiguieron apresar. Asimismo, en la campaña de Diego de Almagro a Chile, entre 1535 y 1536, cuando faltó el alimento en medio de los gélidos Andes chilenos, se comieron a sus congéneres difuntos mientras que otros prefirieron morir de hambre, asqueados por el triste espectáculo. Por aquellas mimas fechas, Hernando Pizarro envió a la región de Chuquito una expedición comandada por Pedro Anzures y sufrieron tanta apetencia que después de comerse a todos los caballos, comenzaron a devorar a los muertos. Queda claro, pues, que se trataron solo de hechos puntuales, de casos que Marvin Harris ha denominado antropofagia de emergencia y que ha estado presente a lo largo de la Historia cada vez que se presentaban situaciones extremas. Desde los numantinos en el siglo II a. C. que, según Apiano, se vieron obligados a comerse primero las pieles y luego la carne cocida de los muertos, a los supervivientes del accidente aéreo de los Andes en pleno siglo XX. En esas circunstancias extremas, los humanos suelen olvidarse de sus prejuicios morales antes que morir de pura y llana inanición. Y la mayor parte de los teólogos y filósofos, desde San Agustín al padre Las Casas, lo justificaron siempre y cuando se tratase de situaciones absolutamente extremas. Pero, en general, queda claro que los españoles detestaban profundamente el canibalismo.

 

PARA SABER MÁS

 

-HARRIS, Marvin: Caníbales y reyes. Madrid, Alianza Editorial, 1988.

 

---------- Bueno para comer. Madrid, Alianza Editorial, 1999.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Pocos conquistadores, encomenderos y funcionarios fueron enjuiciados y condenados por maltratar o asesinar a los nativos. Y es que como escribió el padre Las Casas, “matar ni robar indios nunca se tuvo en estas Indias por crimen.

Y en los pocos casos que hemos conseguido documentar, pese a tener delitos de sangre, el castigo consistió en la pérdida de sus encomiendas, en una multa económica más o menos cuantiosa y, en el peor de los casos, en el destierro.

        En Nicaragua, el extremeño Rodrigo Núñez, que tenía una pequeña encomienda en el pueblo de Guaçama, se dedicó a forzar a su cacique, Oçelo, para que entregase esclavos. Como no los tenía se vio obligado a entregar personas libres que fueron herrados y vendidos por Núñez. Finalmente, el cacique se atrevió a denunciar el caso ante las autoridades, poniendo en grave riesgo su vida. Dado que no había delitos de sangre, el protector no sólo lo instruyó sino que también dictó sentencia, concretamente el 24 de mayo de 1529. El extremeño fue condenado a la pérdida de su encomienda y a las costas del juicio. Además, para optar en el futuro a otra encomienda necesitaría un permiso especial del Emperador. Una sentencia extremadamente suave, teniendo en cuenta que algunos de los que injustamente esclavizó ni siquiera se pudieron liberar por haber partido junto a sus dueños fuera de la gobernación. No obstante, el extremeño recurrió, esgrimiendo dos argumentos: uno, que se habían utilizado testigos indios, y dos, que el protector no podía dictar sentencia. No sabemos la resolución de la apelación pero, lo cierto es que Rodrigo Núñez, aunque perdió la encomienda de Guaçama, obtuvo otras en los años posteriores. Queda claro que los delitos del extremeño, tratando como esclavos a vasallos castellanos, quedaron prácticamente impunes

        En 1539 el trujillano Francisco de Chávez fue enviado por el cabildo de Lima a castigar a los indios de Conchucos que estaban alzados. Una vez en el lugar se le ocurrió una brillante idea, la solución definitiva para pacificarlos. Decidió prender a todos los niños que pudo, en total 600, y los mató. Como lo hizo en nombre de Dios, por pacificar y cristianizar la tierra no parece que dicho acto de barbarie tuviese consecuencias penales. Lo único que nos consta es una Real Cédula del 25 de diciembre de 1551 por la que el Emperador compelió a sus herederos a sufragar, de las rentas de su encomienda, una escuela donde se les diese manutención e instrucción a un centenar de indios.

Hacia 1540, el ubetense Jorge Robledo recorrió un largo trecho entre Perú y Cartagena de Indias, cautivando cientos de personas y robando en cuantos pueblos de indios encontró a su paso. Una verdadera columna de la muerte, apropiándonos del título que Francisco Espinosa dio a la columna Madrid de 1936. En el juicio se demostró lo siguiente:

 

        "Que siendo indios de paz tomó mucho oro y piedras y otras joyas y les tomó el maíz y mantenimiento que tenían para mantenerse a sí y a sus hijos y mujeres, sin le dar rescate ni equivalencia por ello".

 

Llevó asimismo cientos de porteadores en colleras, precisamente para transportar el producto de su pillaje. Para asegurarse su protección frente a los naturales llevó consigo una jauría de mastines, entrenados para despedazar nativos. Sus hagiógrafos minimizan sus actos, diciendo que los usó sólo en contadas ocasiones. Lo cierto es que su forma de proceder fue tan flagrante, descarada y cruel que las autoridades se vieron obligadas a procesarle por ello. Tras estar preso en Cartagena de Indias, fue deportado a España donde pasó algún tiempo recluido en una posada de la Corte.

        Finalmente, en Valladolid, el 5 de noviembre de 1543 el Consejo dictó una sentencia definitiva e inapelable: el alto tribunal lo consideró culpable de todos los cargos que se le imputaban. Por ello, le condenó al pago de 200 pesos de oro para la obra de la iglesia de la ciudad de Antioquia, más las costas del juicio. ¿Y esa fue toda la condena por tan larga cadena de agravios? Pues sí, ese era el escaso precio que había que pagar por esclavizar, robar y asesinar indios.

        Fue rehabilitado por la Corona quien lo nombró mariscal y además le concedió un escudo de armas en agradecimiento por los servicios prestados en las Indias durante más de 16 años. A fin de cuentas, su único delito había sido agredir, robar, esclavizar y matar a un puñado de indios. Jorge Robledo, tan inquieto como otros muchos conquistadores, decidió regresar a Cartagena de Indias. En 1545 se embarcó, en compañía de su esposa María de Carvajal, con destino a Cartagena de Indias. Allí desempeñó el cargo de teniente de gobernador, pero las fricciones con Sebastián de Belalcázar, gobernador de Popayán, fueron continuas. En una entrada de Francisco Hernández Girón, entonces al servicio de Belalcázar, fue prendido y poco después ejecutado. Era el 5 de octubre de 1546. Como otros muchos conquistadores, vivió siempre en el filo de la navaja y, como ellos, tuvo un final trágico.

También fue encausado y juzgado el sanguinario conquistador pacense Hernán Sánchez de Badajoz. Se trataba de un personaje de la élite, avecindado en la ciudad de Panamá, pero que como tantos otros tenía gran prisa por hacerse rico. En una incursión en Costa Rica quemó en la hoguera a una india y a varios caciques para que confesasen dónde escondían el oro. Con tantos tormentos consiguió sacar a los desdichados aborígenes cierto oro por un valor de entre 20.000 y 30.000 castellanos. No contento con lo obtenido, se llevó encadenados a varias decenas de hombres del cacique Quaça. Y todo ello a pesar de que fueron recibidos en todo momento pacíficamente. Algún funcionario diligente decidió procesarlo, siendo finalmente condenado por una sentencia dictada en Valladolid el 23 de junio de 1558. La condena fue bastante cuantiosa, 600 ducados por lo que el pacense debió rascarse el bolsillo. Era un avance teniendo en cuenta los cientos de casos similares que quedaron totalmente impunes. En su testamento no tuvo remordimiento alguno por las canalladas que perpetró a lo largo de su vida. Se consideraba cristiano y temeroso de Dios, reconociendo tan sólo una pequeña deuda pendiente de 50 pesos con un vecino de Talavera la Real, llamado Asensio. Sería cristiano y muy creyente, no lo dudo; pero ni pensó en el juicio de la Historia ni menos aún en el juicio de Dios.

        El conquistador granadino Hernán Pérez de Quesada fue otro de los grandes sanguinarios que anduvo por Nueva Granada matando, esclavizando y robando a toda persona que no tuviese pinta de europeo. En 1541 la justicia decidió emprender acciones legales contra él, y anduvo varios años de juicios, antes de ser apelado al Consejo de Indias. Jamás compareció ante él, porque, estando en el Cabo de la Vela en 1544 el azar quiso que muriera víctima de un rayo. Algunos indios lo interpretaron como un castigo divino, pero no del Dios cristiano, sino de sus viejos dioses prehispánicos, en el último suspiro, antes de desaparecer para siempre.

        Por fortuna tampoco quedó sin castigo Francisco de Montejo, que cometió atrocidades inenarrables en la península del Yucatán. Nunca fue capaz de distinguir a unas personas de otras. Todos los yucatecos, ya fuesen de guerra o de paz, ya fuesen niños o ancianos, eran susceptibles de ser esclavizados y puestos al servicio de los vencedores. Y a diferencia de otros, nunca dijo que lo hacía por servir al Rey y a Dios, sino que reconoció que si fin era exclusivamente lucrativo. Y el problema era que en Yucatán no había metales preciosos por lo que la única forma de lucrarse era sometiendo al indio a esclavitud o a servidumbre. Finalmente fue procesado y condenado a la pérdida de sus cargos y de sus encomiendas. Apeló la sentencia al Consejo de Indias que sin embargo ratificó los delitos, muriendo pobre y olvidado en Sevilla hacia 1553.

        A mediados del siglo XVI un abulense llamado Melchor Verdugo y Olivares se paseó por los pueblos del antiguo incario acompañado de un perro, tristemente famoso, llamado El Bobo. Ni corto ni perezoso les pedía oro a los curacas bajo la amenaza de azuzarles a su can. Pese a ello, el curaca de Bambamarca se negó a darle su fortuna, muriendo despedazado en cuestión de minutos. Al final, fue procesado por la justicia ordinaria pero se apeló el proceso al Consejo de Indias. Desconocemos la sentencia del mismo, pero como de costumbre se debió limitar a alguna pena pecuniaria, nada comparable a las atrocidades que cometió.

         En 1562 se desarrolló otro proceso en la audiencia de Lima, en este caso contra Hernán Vela y su esposa Ana Gutiérrez. Se les acusó de proporcionar malos tratos a los indios de su encomienda, situada en el pueblo de Aullagas, haciéndoles pagar unos tributos excesivos. Los cargos fueron probados por lo que fueron condenados a pagar la nada despreciable cifra de 65.000 pesos de oro. Para sufragarlos se vieron obligados a vender la villa de Siete Iglesias que era de su propiedad. Realmente, sorprende la alta cuantía impuesta en este caso, máxime cuando simplemente se trataba de un exceso de tributación, delito generalizado en el siglo XVI y por el que muy pocos fueron condenados.

         En 1579 Luis de Carvajal obtuvo capitulaciones para conquistar el territorio del Nuevo Reino de León, en la demarcación virreinal de Nueva España. Las razias que cometió, robando, matando y esclavizando a miles de seres humanos fueron de tal magnitud que su fama llegó a todos los confines del virreinato. ¡Una década después!, decidieron procesarlo. Pero, con buen criterio, los oidores, pensando que los crímenes en tiempos de conquista difícilmente podrían probarse, decidieron traspasar el caso al Santo Tribunal de la Inquisición, alegando que algunos miembros de su hueste habían practicado el judaísmo, con su consentimiento. Él siempre dijo que las acusaciones fueron mera fabulación de los muchos enemigos que se granjeó, y probablemente tenía razón. Lo cierto es que por matar indios difícilmente hubiese sido condenado, pero otra cosa era su supuesto coqueteo con el judaísmo que chocaba directamente con las intenciones casticistas del imperio Habsburgo. Culpable o no lo cierto es que dio resultado y la sentencia, dictada en 1590, lo castigó a seis años de destierro de las Indias. Nunca llegó a cumplirla porque falleció en 1591, aunque al menos lo hizo en prisión como merecía. Por fin, un psicópata intransigente purgó sus culpas en la cárcel, muriendo con la mayor deshonra. Por esta vez, el Santo Tribunal, que a tantos inocentes condenó, dio su merecido a un verdadero criminal de guerra.

         Hubo varias decenas de condenas más, pero de muy pequeña cuantía. Visitadores que procesaron a encomenderos por abusar de sus indios, por pedirles más tributos de la cuenta o por forzarlos a comprarles artículos que no necesitaban. Concretamente, el doctor Diego García de Palacio, tras una visita por las encomiendas de Yucatán en 1583, condenó a varios encomenderos a distintas penas pecuniarias, concretamente a Alonso Díaz y a Diego López de Recalde. Se trata sólo de una muestra de la labor realizada por muchos de estos visitadores que con su buen hacer contribuyeron a dignificar a medio o largo plazo la vida de los aborígenes. En ocasiones la justicia funcionaba.

 

PARA SABER MÁS

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        La historiografía ha insistido en el análisis de los aspectos rituales por parte de los curanderos amerindios –llamados behiques o chamanes-, de alguna forma para ridiculizar sus ceremonias pero sin profundizar en el poso de conocimientos que ellos poseían. Realmente dominaban la medicina naturista que era lo que realmente les otorgaba una posición social preeminente. Que su medicina era espiritualista y que concebían el mal como la presencia en el cuerpo del enfermo de una "sustancia extraña" es algo que está fuera de toda duda a jugar por las fuentes que nos han llegado. Sin embargo queremos detenernos en esta ocasión en analizar estos conocimientos herborísticos que poseían los curanderos taínos de las Antillas. Unos conocimientos que en buena parte se perdieron, porque los mantuvieron en secreto hasta su extinción a mediados del siglo XVI.

        Los aborígenes que encontraron los europeos a su llegada al área caribeña, vivían en un estadío muy atrasado de civilización, pero estaban perfectamente adaptados a su hábitat natural. Evidentemente, conocían su ecosistema, con el que coexistían en perfecta armonía, y sabían los remedios fundamentales para el tratamiento de aquellas enfermedades que de manera más común les afectaban. No en vano, es bien sabido que en los primeros tiempos estos behiques indígenas rivalizaron con los barberos y los cirujanos españoles, pues, no debemos olvidar que en el período estudiado por nosotros la infraestructura médica española era extremadamente precaria. A las Antillas Mayores llegaron en los primeros años numerosos sanitarios que tenían dificultades para practicar la medicina en la Península, bien, debido a su pertenencia a una minoría étnica, o bien por carecer de título oficial. Ya en el propio siglo XVI el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo advirtió que la mayoría de los médicos y cirujanos que arribaban a Santo Domingo olvidaban sus títulos acaso "porque nunca los tuvieran".

Por desgracia los españoles tan sólo llegaron a conocer algunos de los conocimientos herborísticos de estos indígenas. Y ello porque estos ocultaron sus remedios terapéuticos como medio de persuadir a los españoles a abandonar su territorio y, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, "abolir toda memoria de ellos". Para lograr este fin, habida cuenta de la superioridad española -por supuesto logística no numérica-, llevaron a cabo una resistencia pasiva que se catalizó en alzamientos a los montes, destrucción de sus propios campos de cultivo y en un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

En relación a este último aspecto tenemos una referencia muy interesante de Joseph Peguero que se hizo eco de un hecho ocurrido en esta isla varias décadas después de la llegada de los españoles. Concretamente relató que a un español desposado con una india le entró el mal de las bubas y ésta, para evitar que se la contagiase a sus hijos, le proporcionó unas hierbas curativas, advirtiéndole "que en cuanto me descubras, yo moriré y me matarán mis parientes, que no quieren que ustedes sepan el cómo se cura este mal por ver si mueren todos". Igualmente, los indios guardaron celosamente la pócima para sanar las heridas causadas por las flechas envenenadas que lanzaban los indios caribes y que tantos estragos causaron entre las huestes hispanas hasta 1540 en que por fin se averiguó el remedio.

Por tanto, queda claro que los aborígenes ocultaron de manera consciente sus conocimientos médicos a los españoles como un sistema más de oposición hacia ellos. Evidentemente eran los behiques indígenas, cuya sabiduría era fruto de la experiencia acumulada de generaciones pasadas, los mejores conocedores de las soluciones médicas a las patologías propias de la isla.

Además estaba claro que a estos chamanes no les convenía difundir sus métodos curativos, pues, a la sazón ya durante sus ceremonias prehispánicas pedían a la mayoría de los asistentes que se saliesen fuera mientras le aplicaba a su paciente la medicación. Evidentemente su poder radicaba en la exclusividad de sus conocimientos que desde luego no estuvieron nunca dispuestos a compartir con el resto de los indígenas, ni muchísimo menos con los españoles. Estos formaban parte de la élite dirigente, y eran personas muy respetadas por toda la población, aunque desde luego subordinados al cacique. En cualquier caso algunos de ellos, en función a sus méritos personales como sanadores, tuvieron una "grandísima autoridad" entre los demás miembros de su comunidad.

Entrando ya en el análisis de algunas de las soluciones médicas empleadas por los aborígenes debemos decir que nuestro conocimiento se limita a lo que escribieron los cronistas, especialmente Fernández de Oviedo, el cual en su ya citada Historia General y Natural de las Indias le dedicó varios capítulos. Aunque fueron acusados de farsantes por algunos cronistas como fray Bartolomé de las Casas, lo cierto es que tenían, como ya hemos afirmado, un amplio conocimiento de la medicina natural que les permitía solventar positivamente las heridas más comunes, las calenturas y las fracturas "envolviendo los miembros en yaguas mojadas". Evidentemente el prestigio de estos behiques sólo se afianzaría con reiterados éxitos médicos y con la confianza auténtica de los demás miembros de su comunidad. Así, Pedro Mártir de Anglería afirmó, refiriéndose a los curanderos indios, lo siguiente:

 

"Las calenturas se las curan fácilmente con jugo de hierbas, y con igual facilidad las heridas con tal que sean curables. Tienen y conocen mucha clase de hierbas salutíferas... Y no usan ningún otro género de medicinas, ni quieren más médico que a los viejos de experiencia o a los sacerdotes conocedores de las ocultas virtudes de las hierbas...".

 

        Igualmente, Gonzalo Fernández de Oviedo, pudo comprobar personalmente en la Española los grandes conocimientos de estos chamanes indígenas tal y como podemos observar en el texto que exponemos a continuación:

 

"Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas; y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."

 

        Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer al enfermo su mal lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en dos sólidos pilares, a saber: Primero, en sus ya mencionados conocimientos herborísticos -los cuales no eran privativos de los taínos de la Española, sino de la mayoría de las comunidades indígenas americanas-, y, segundo, en sus grandes dotes psicológicas perfectamente descritas por algunos cronistas. Así, según Anglería, una vez acabado el ritual y concluido asimismo el tratamiento, el curandero salía corriendo “a la puerta, que está abierta, y abriendo las manos las sacude y persuade que ha quitado la enfermedad y que pronto quedará bueno el enfermo. Pero, acercándose por la espalda, le quita de la boca el pedacito de carne como un prestidigitador, y le grita al enfermo diciendo: “mira lo que habías comido sobre lo necesario, te pondrás bueno porque te lo he quitado". No cabe duda de que está persuasión que ejercía el curandero indio sobre sus pacientes y sus familiares era muy beneficiosa para su rápida recuperación.

Esta circunstancia unida a la profunda fe que los indios tenían depositada en sus behiques hacía que el éxito estuviese asegurado al menos en los casos de las enfermedades más comunes. Habida cuenta de que el curandero se debía consolidar por sus propios méritos sólo de esta forma lograba un prestigio importante sobre el resto de la población. Incluso, cuando se equivocaban podían ser recriminados y duramente castigados por los familiares si se demostraba que había sido por negligencia. Sin embargo, todos los cronistas coinciden en que esta situación no era frecuente ya que les era fácil demostrar que el fallecimiento había sido fruto de la providencia divina. Incluso, los propios indios cuando consideraban que la persona padecía una enfermedad que excedía los conocimientos curativos de los behiques lo llevaban directamente al monte con agua y comida y lo abandonaban. No cabe duda de que los propios indígenas eran sabedores de las posibilidades reales de su medicina naturista, por lo que en situaciones extremas, ni ellos mismos confiaban en su curación.

Antes de proceder a la aplicación del tratamiento le hacían un sahumerio en base a una mezcla de tabaco y otras hierbas con la intención de adormecerlos. En este sentido el cronista Girolamo Benzoni, tan agudo como siempre, afirmó que los behiques cuando "querían curar a algún enfermo, iban a visitarlo, le suministraban ese humo y cuando estaban bien aturdido(s) le hacían la mayor cura".

Entre las habilidades que más brillantemente solventaban estos behiques estaba el restañamiento de heridas para lo cual conocían numerosas pócimas que se elaboraban con diferentes plantas. Uno de estos productos para remediar las heridas eran unos polvos extraídos de un árbol, común en la isla, llamado Yaruma y cuyos resultados describió Fernández de Oviedo con las siguientes palabras:

 

"Estimaban mucho los indios aquestos árboles y decían que eran buenos para curarse las llagas... Y dicen (los españoles) que es como un cáustico, y que majados los cogollos tiernos de las puntas de las ramas de este árbol, los han de poner sobre la llaga, y aunque sea vieja, le comen la carne mala, y la ponen en lo vivo y sano, y la sesenconan (sic), y continuándolas la encueran y totalmente sanan la llaga...".

 

        No era este el único sistema empleado por los taínos para sanar las heridas ya que, por ejemplo, Peguero, cita una especie de palmera datilera, llama Tamarinda, cuya corteza se molía y el producto resultante se colocaba sobre las heridas dando unos excelentes resultados como cicatrizante.

Igualmente curaban las diarreas, básicamente a base de dietas "porque -según el padre Las Casas- se están tres y cuatro días sin comer ni beber". Luego consumían la fruta del guayabo que, a decir de Peguero, era de muy buena digestión "y son buenas para el flujo del vientre, y restriñen cuando se comen no del todo maduras, que estén algo durillas, para que cese el flujo del vientre...".

Asimismo sabemos que sanaban fácilmente la enfermedad de bubas que tan mortífera fue para los españoles antes de averiguarse el secreto de su tratamiento. Los indios la remediaban cociendo el palo del guayacán y extrayendo su zumo con tal éxito que, a decir de Fernández de Oviedo, "entre los indios no es tan recia dolencia ni tan peligrosa como en España, y en las tierras frías".

Los naturales empleaban otras muchas plantas con cualidades medicinales, a saber: el bálsamo o guaconax -comercializada en la primera década del siglo XVI por los españoles- como cicatrizante de heridas y llagas, la semilla del manzanillo como purgante, la grasa de la iguana para reducir hinchazones, el zumo del "hobo" para los problemas de estómago, etc. Por desgracia, los documentos callan tanto el procedimiento exacto para aplicar estas pócimas como otras muchas soluciones médicas utilizadas por los indígenas. Sin duda, una parte importante de la ciencia herborística taína murió con la desaparición de su cultura, muriendo los últimos behiques sin confesar los secretos de su oficio.

A modo de resumen podemos decir que los conocimientos herborísticos de los indígenas fueron bastante amplios y en ello se sustentaba precisamente su prestigio. Igualmente ha quedado claro a lo largo de este trabajo que los indígenas intentaron ocultar esos conocimientos a los españoles para que las enfermedades los convencieran de abandonar esos territorios, constituyendo, sin duda, un elemento más de la resistencia pasiva mostrada frente al grupo hispano.

 

 

 

PARA SABER MÁS:

 

CASSA, Roberto: Los indios de las Antillas. Madrid, Mapfre, 1992.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La medicina indígena en La Española y su comercialización (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia Vol. XLIX. Madrid, 1997.

 

----- “Aportes a la cultura taína de las Grandes Antillas en la documentación española del siglo XVI”, en Epistemología de las Culturas Aborígenes del Caribe. Santo Domingo, 1999.

 

 

VEGA, Bernardo: Santos, Shamanes y Zemíes. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1987.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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E. G. Bourne, en 1906, comparó la actuación de Roma en Hispania con la realizada por los españoles en América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península. Un proceso que contó también con su particular Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

El término armadas de rescate es un eufemismo, pero no actual sino de la misma época del Descubrimiento. Y digo que se trataba de un eufemismo porque, aunque en teoría iban a rescatar, es decir, a intercambiar productos y esclavos con los nativos, la realidad era muy diferente. En la praxis, el intercambio era una mera excusa, pues era totalmente asimétrico; a cambio de metal precioso y esclavos ellos ofrecían cosas sin valor, cuentas de vidrio, agujas, espejos, etc. Al final no eran otra cosa que flotillas esclavistas, cuyos objetivos no eran otros que saquear y robar indiscriminadamente. Para ello no dudaban en protagonizar grandes matanzas, esclavizando posteriormente a los supervivientes. Por tanto, sus pretensiones se reducían a dos palabras: oro y esclavos. Esta circunstancia ya la denunciaron los propios cronistas de la época. Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo, denunció irónicamente que no iban a rescatar la tierra sino a asolarla. Se reproducían así, a varios miles de kilómetros de distancia, las viejas cabalgadas medievales, consumadas en los territorios de infieles peninsulares y africanos. Ideológicamente, los españoles justificaron el cautiverio porque era más humano que matar al vencido. Todo empezó por justificar la servidumbre de los caribes, tildados de antropófagos, aunque no lo eran más que los mexicas. Ellos encarnaron para los hispanos el modelo de la inmoralidad, de la maldad, del horror absoluto y de la degeneración. Sobre ellos se fundamentó la justificación de la Conquista, pues los valores europeos se presentaron como necesarios para regenerar el demoníaco mundo indígena.

En la temprana fecha de 1504, una expedición, comandada por Cristóbal Guerra y Juan de la Cosa, arribó a una pequeña isla, que los cronistas llamaron Codego, en la costa de Tierra Firme, y prendieron sin previa declaración de guerra a unos 600 nativos. Posteriormente, decidieron soltar a algunos niños pequeños y a algunos ancianos pero, como indicó Fernández de Oviedo, "no de misericordiosos, sino porque estaban flacos o viejos y no les parecer bien". Por desgracia para estos isleños no fue el último asalto. Unos años después, el Adelantado trianero Rodrigo de Bastidas volvió a hacer una cruenta entrada en el islote, prendiendo al cacique y a medio millar de indios, "sin distinguir sexo ni edad" y robándoles además entre 10.000 y 12.000 pesos de oro.

Desde 1511, lejos de poner freno a estas crueles cabalgadas, fueron legalizadas, extendiendo su área de acción a aquellas zonas de Tierra Firme que fueran expresamente señaladas por las autoridades. Esto supuso la apertura definitiva de Tierra Firme a las acciones esclavistas que culminó con la despoblación de extensas áreas costeras. Toda esta zona formó parte, durante estas primeras décadas del siglo XVI, del área comercial antillana. De hecho, fue a partir de entonces cuando las armadas experimentaron el mayor auge, abriéndose un periodo de enorme intensidad que se prolongó durante varias décadas.

La esclavitud de los indios de Tierra Firme se fundamentó en varias circunstancias: primero, en la antropofagia de los caribes que hizo que quedase abierta la posibilidad de cautivar a cualquier aborigen alegando esta naturaleza. Segundo, en la supuesta finalidad de las armadas que, en principio, estaban dirigidas tan solo a comerciar con los naturales. Se argumentaba que era un beneficio mutuo; mera palabrería porque, como bien demostró Mario Góngora, los supuestos trueques con los aborígenes iban seguidos de saqueos sistemáticos. Y tercero, en la excusa de que a la par que comerciaban evangelizaban. Tampoco esta explicación parecía de peso, pues, ya en 1518, los dominicos se quejaron que las armadas de rescate se dedicaban simple y llanamente a cautivar indios, no mirando lo que eran obligados. Así, en 1533, se dio licencia a Pero Sánchez de Valtierra, vecino de Nueva Sevilla (Jamaica), para que pudiese "armar e ir con sus carabelas y bergantines por la costa de Tierra Firme y a otras islas en la dichas islas comarcanas para que los indios de ellas admitan la predicación cristiana y se aparten de sus idolatrías y delitos nefandos". Evidentemente, ni la misma Corona se creía ya por aquellas fechas que el objetivo fuese la evangelización. El 22 de enero de 1518 el oidor de La Española Alonso de Zuazo escribía con una claridad meridiana:

 

"Que un gran perjuicio ha sido que los españoles, so color que iban a descubrir, hiciesen armadas a su costa en Tierra Firme e islas porque a toda costa querían resarcirse y cargar oro y esclavos y para venir a este fin no podían ser los medios sino bárbaros y sin piedad, y sin cometer grandísimas crueldades, abominables y crudas muertes, robos, asar a los hombres como a San Lorenzo y aperrearlos y escandalizar toda la tierra".

 

No menos claro fue Diego Velázquez de Cuéllar, teniente de gobernador de la isla de Cuba, quien en una carta al Emperador, fechada en 1519 le decía lo siguiente:

 

"Que en dar lugar como hasta aquí se ha dado a que algunas personas hagan armadas para ir a rescatar y descubrir por la Tierra Nueva que él ha descubierto se le hace muy notorio agravio como claramente parece porque su fin, de los tales españoles, no es pacificar, ni amansar los indios, ni traerlos a nuestra fe. Y antes a robarlos y alborotarlos porque desamparan sus haciendas como se ha visto por experiencia de dos navíos que con licencia de los padres Jerónimos fueron de la isla Española a rescatar por la costa de Tierra Firme que dejaron los indios tan desabridos y aterrorizados que han aborrecido el trato y conversación de los cristianos que por allí ahora pasan".

 

Por lo demás, resulta ocioso insistir en los abusos que se perpetraban en estas armadas en las que indiscriminadamente se atacaba y sometía a todos los nativos, ya fuesen mujeres, niños o ancianos. El padre Las Casas describió esas entradas en poblados de Tierra Firme en términos igualmente trágicos:


"La costumbre de los españoles en aquella Tierra Firme fue dar en los indios que estaban en sus casas durmiendo seguros, de aquella manera: pegaban fuego primero a las casas, que comúnmente en las tierras calientes eran de paja, y quemados o chamuscados los que tenían más profundo sueño y otros con las espadas desbarrigados y otros presos, huyendo los demás, atónitos hechos, volvían después los nuestros a escarbar la ceniza, muerto el fuego, y coger el oro que había en el pueblo".

 

Pero, como de costumbre, alguien podría pensar que se trata de exageraciones del combativo dominico. Pues, bien, disponemos de decenas de testimonios redactados en términos similares, tanto por laicos como por seglares. Por ejemplo, Girolamo Benzoni fue testigo presencial de la arribada del capitán Pedro de Cádiz a puerto, después de haber quemado y asaltado el poblado de Maracapana, en Tierra Firme. Sus palabras, transmiten todo el dramatismo del momento, como podemos observar en las líneas que reproducimos a continuación:


"Mientras estábamos en este lugar, llegó el capitán Pedro de Cádiz con más de cuatro mil esclavos; muchos más había capturado, pero tanto por carencia de provisiones, por fatiga y sufrimientos, como por el dolor de abandonar su patria, sus padres y sus hijos, habían muerto durante el viaje… Llevaba realmente a compasión el ver aquella multitud de pobres criaturas, desnudas, cansadas, impedidas; seres debilitados por el hambre, enfermos, desamparados. Las infelices madres con dos o tres hijos a la espalda o al cuello, llorando continuamente y muertas de dolor, y todos sujetos con cuerdas y cadenas por el cuello, los brazos y las manos".

 

Las armadas arribaban a las costas, descargando las bombardas en medio del pánico de los indios que "se escandalizan y espantan más de los dichos tiros de pólvora que de otra arma que vean y que muchas veces en las armadas que han ido ha acaecido que con solo un tiro que tiran, aunque no haya piedra, no más del sonido, se huyen todos los indios que en la tal provincia están..."


No menos desgarrador es el testimonio que nos dejó el clérigo Luis de Morales en 1543. Y conocía de buena tinta estas expediciones porque viajó en calidad de veedor en algunas de ellas, allá por los años treinta:


"Y llegaron a la dicha costa de Tierra Firme a Maracapana que es a sotavento de Cubagua quince o veinte leguas surgieron los navíos y echaron dos barcos luengos en la mar cada uno con cincuenta hombres y sus remos a saltear indios y a tomarlos y entraron por el río de Neberi y no hallaron indio ninguno, vinieron muy enojados y muy despechados porque los indios los habían sentido y huido. Fueron más adelante a un puerto que se llama Haguerote y tomaron dos indios que andaban pescando por unos manglares para sustentarse y metiéronlos en las carabelas y allí los amedrentaron con amenazas que les dijesen donde estaba su pueblo de donde ellos venían y los dichos indios se lo dijeron y luego los tomaron con la lengua y fueron casi doscientos hombres con ellos y a media noche dieron en dos pueblos y trajeron todos los indios que hallaron en ellos con todo lo demás que hallaron en sus casas de joyas, preseas y ovillos y hamacas y mantas y todo lo demás que tuvieron en sus casas y metiéronlos en las carabelas y fueron de la costa abajo y de noche salteaban indios estando pescando y los dichos indios les decían luego de donde venían y cuales eran sus pueblos y daban en ellos a media noche como en los demás y traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y niños que no podían venir dábanles de estocadas o despeñábanlos".

 

En medio del desconcierto eran prendidos con facilidad y embarcados en los navíos con destino a Cubagua o a las Antillas Mayores. También de estos hacinados e inhumanos traslados nos dejó una crudelísima descripción el italiano Girolamo Benzoni:

 

        "No pudiéndose mover en el fondo de aquellas sentinas, con sus vómitos y el producto de sus necesidades iban allí como animales entre sus heces. A menudo el mar se encalmaba, faltándoles el agua y otras cosas a aquellos infelices. Y así, agobiados por el calor, el mal olor, la sed y las incomodidades, allí abajo morían miserablemente".

 

Y como decían los dominicos al señor de Chiebres, eran tantos los cuerpos inertes que tiraban al agua "que pensamos que por el rastro de ellos que quedaba por la mar, pudiera venir otro navío hasta tal puerto". Concretamente citaron un caso en el que llegó una expedición a Puerto Plata con 800 indios, estuvieron dos días sin desembarcar, murieron tres cuartas partes, tirándolos al mar, de manera que las olas lo hacían llevar hasta la orilla como si fueran "maderos". Y una vez desembarcados, el panorama seguía siendo absolutamente desolador, como lo describió con todo detalle el padre Las Casas:

 

"Desembarcaban a los tristes desventurados, desnudos, en cueros, flacos, para expirar; echábanlos en aquella playa o ribera como unos corderos, los cuales, como venían hambrientos, buscaban los caracolillos o hierbas y otras cosas de comer, si por allí hallaban, y como la hacienda era de muchos, ninguno de ellos curaba para les dar de comer y abrigarlos hasta que se hicieran las partes, sino, de lo que traían en el navío, algún cazabe, que ni los hartaba ni sustentaba".

 

Canallesca fue la entrada que hizo el capitán Ayora en Tierra Firme. Los indios temieron inicialmente que fuese Vasco Núñez de Balboa, ya famoso entre ellos por su crueldad. Pero se equivocaron, no tardaron en descubrir que se trataba de alguien aún más sanguinario, a quien llamaban Tiba, es decir, señor de los cristianos. Ayora los amenazó con quemarlos y aperrearlos si no le entregaban todo el oro que tenían. Los desesperados indios rastrearon la zona pero apenas lograron reunir unas cuantas piezas áureas y además de muy baja ley. Ayora enfureció hasta el punto que quemó el pueblo y aperreó a sus habitantes, "con grandísima crueldad", muriendo decenas de ellos.

Con no menos brutalidad se comportó Juan Bono en la isla Trinidad, a donde arribó en torno a 1517. Llevaba instrucciones para cautivar indios, tanto si los recibían de guerra como si lo hacían de paz. Y efectivamente, fue bien recibido por los inocentes indios, pero cumpliendo sus instrucciones los acometió. Convocó a más de 400 en una casa principal para a continuación cercarlos y prenderlos. Pero los nativos se resistieron, "temiendo menos la muerte que el cautiverio" y más de un centenar fueron pasados a espada. Tantos mataron que al final se tuvieron que conformar con embarcar 180 esclavos, los únicos supervivientes que encontraron. Los prisioneros fueron llevados al puerto de San Juan para proceder a su venta. En 1544 se decía en Santo Domingo que había "infinitos" esclavos procedentes de las islas y de Tierra Firme.

En cuanto a los motivos que llevaron a someter a todos estos nativos fueron, sin duda, la necesidad de mano de obra para las minas de oro y las explotaciones agropecuarias, así como el bajo precio a que se podían conseguir. Así, pues, el descenso de la población nativa de las Grandes Antillas y el elevado precio de los negros fueron motivos más que suficientes para justificar la esclavitud del indio de Tierra Firme. Continuamente los vecinos se quejaban de estas dos circunstancias, es decir, del descenso demográfico indígena y de los elevados precios de los esclavos negros para seguir reivindicando el apresto de estas armadas de rescate. Todo un negocio para estos cristianos sin escrúpulos morales.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Consumada la victoria, los vencedores pasaron a construir su nueva España. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era posible cabeza de turco de la represión. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, para ello montó una verdadera contrarrevolución educativa. Su revolución social sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Para exaltar los valores patrios se creó una asignatura específica, la Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.) Sin embargo, al margen de ella, existía, aunque no se denominase así, la transversalidad porque en asignaturas como historia, religión o filosofía se hablaba de la raza, de la grandeza e indivisibilidad de la patria y de Dios. Por supuesto, la Historia de España era una asignatura clave dentro del organigrama educativo. Se trataba de un instrumento al servicio del nuevo régimen.

El Frente de Juventudes auspició una revisión de la Historia de España, cuyos puntales básicos serían tres: la raza, el imperio y Dios. Por supuesto, lo primero que había que hacer era romper con la interpretación marxista de la Historia que causaba furor entre muchos intelectuales de la misma Europa Occidental. Y para ello adoptan la más rancia metodología historicista, auspiciada por el ideario falangista. Esta metodología partía de dos premisas: la primera, destacaba al individuo frente a la colectividad. Los protagonistas de la Historia eran los grandes personajes o los grandes tiranos; eran ellos los que movían los hilos de la evolución. Y la segunda, en oposición a la visión materialista de la Historia, sostenían que lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Según la historiografía oficial del Régimen, la infraestructura no estaba formada por los aspectos económicos, como diría Karl Marx, sino por los aspectos espirituales. El Frente de Juventudes y las Cátedras de Historia asumen esta idea:


"Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos" (Mendoza Guinea, 1957: V, 49).

 

Y dentro de lo espiritual –decían-, lo religioso ha jugado un papel de primer orden. Ningún hombre –explicaban- puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas interrogantes no se puede contestar con evasivas, sino con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera, pero es además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.

Al Frente de Juventudes le pareció urgente reelaborar una historia de España en la que se destacase la contribución de los españoles a la humanidad. Según la visión falangista, la historia de España era sagrada e intocable. Ésta estaba marcada por grandes hitos y por grandes prohombres como Viriato, el Cid Campeador, Pelayo, Hernán Cortés, y cómo no, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Por ejemplo, en 1966, Manuel Medina Barea, director de las Escuelas del Ave María, proponía para los cursos de 3º y 4º una unidad titulada España en la que se debía tratar lo siguiente:


"Observación del mapa de España e interpretación de señalizaciones. Ídem de los símbolos y fotografía del Jefe del estado. Audición del Himno Nacional e himnos del Movimiento. Investigación de datos en el libro de consulta del alumno. Conversación y discusión sobre las observaciones realizadas y datos obtenidos".

 

No menos claro, se mostraba el jesuita Gabino Márquez, en su libro Deberes Patrióticos (Madrid, 1940) para alumnos de 1ª y 2ª Enseñanza, que sintetizaba toda la historia patria con las siguientes palabras:


"Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y noblemente entusiasmado por España. No puede menos de encender nuestro espíritu patriótico el heroísmo sublime de Sagunto y Numancia, el entusiasmo bélico de Pelayo, la caballerosidad guerrera y el noble patriotismo del Cid, la valentía y el amor santo de San Fernando a la Religión y a la Patria, el valor guerrero de Carlos V, la prudencia de Felipe II, el heroísmo sublime de los conquistadores, Hernán Cortés, Pizarro, Vasco Núñez de Balboa, etc, etc, y en nuestros tiempos la Guerra de la Independencia y esta guerra contra el Marxismo salido del infierno… Por eso desea el gobierno de la nueva España que a los niños se les enseñe la Historia de nuestra patria, pues nuestra hermosísima historia, nuestra tradición excelsa, proyectadas en el futuro, han de formar el espíritu de los niños españoles".

 

Este mismo autor afirma más adelante que la patria española debe ser Una, Grande, Libre, Imperial y Cristiana. Una, porque no es racional que se divida en "una colección de repúblicas de Andorra y a merced de cualquier Estado ambicioso. Grande, trabajando pero sin dejar la religión para que Dios nos ayude desde lo alto. Libre, pero no liberal; eso de ningún modo, pues el liberalismo es un error condenado por la Iglesia que ha causado la ruina de la Patria. Imperial, porque España tiene derecho a la expansión colonial con tal de no faltar a la justicia. Y, finalmente, Cristiana o mejor dicho católica porque todos lo somos y en ello ciframos nuestra mayor gloria". Textos como éste y otros muchos son muy claros sobre la intención educativa del nuevo gobierno surgido tras la victoria de los golpistas en 1939.

La historia la manipulan en base a grandes mitos, el primero de ellos es el casi legendario Viriato, al que se considera esencia de lo más profundo de los valores ibéricos. Le sigue Recadero de quien se decía lo siguiente:

          

          "Recadero es el gran monarca unificador de nuestra Historia: consiguió la unidad de las tierras y de los hombres bajo el signo de la cruz; consiguió la unidad espiritual de vencedores y vencidos, aproximando a las dos razas –dominante y dominada-, a la nobleza y al pueblo" (Mendoza Guinea, 1957: I, 15).

 

           El siguiente héroe de la patria no podía ser otro que el casi legendario Pelayo y la gloriosa batalla de Covadonga (718), allí en los desfiladeros del monte Auseva, protegidos por la Virgen María, que se les había aparecido en la gruta de Covadonga. Allí dio comienzo la gloriosa Reconquista y la búsqueda de España de su unidad de destino en lo Universal (Ibídem: 16). También, de este período se cita la reconquista de Toledo por Alfonso VI, que tuvo una gran importancia no solo militar sino también cultural por la fundación en ella de la Escuela de Traductores, que puso en contacto las culturas cristiana y árabe. La Batalla de las Navas de Tolosa (1212) donde Alfonso VIII derrotó a los almohades abriendo el camino para la reconquista de Andalucía. Y finalmente, la capitulación de Granada en 1492, porque puso fin a varios siglos de dominación mahometana de la Península y sentó las bases de la posterior expansión ultramarina.

Como no podía ser de otra forma, dentro de esa Historia Sagrada ocupó un puesto de honor la Conquista de América. Durante el franquismo se interpretó como una etapa sagrada e intocable, uno de los signos de identidad de la patria hispana. Y por sorprendente que parezca, esta leyenda apologética y legitimadora ha prevalecido prácticamente hasta el siglo XXI. Ésta entendía la conquista como una gesta de guerreros, héroes y santos que ensancharon los dominios de la civilización y de la cristiandad. En 1944, Antonio Floriano destacaba la importancia de una ley que protegía a los indígenas y que recaía con toda su fuerza sobre aquellos que les daban malos tratos:


"España siempre trató al indio como a un hijo menor; que ya la Reina Católica se negó a que fueran reducidos a la esclavitud; que cuando se conocían malos tratos, crueldades o rapacidades, estos se castigaban con rigor" (1944: 145)

 

Nada más falso, pues ni se trató al indio como a un hijo menor ni por supuesto fueron condenados los españoles por sus actos de crueldad, por sus robos, por las matanzas de indios y por las violaciones de indias. En 1947 en un libro sobre Hernán Cortés, Manuel Trillo escribía, emulando a López de Gómara, destacando la Conquista como la mayor obra realizada en el mundo, después de la venida de Jesús al mundo:


"Conviene recordar la calumniosa exageración en que, sobre todo a propósito de nuestra Obra en América, se ha incurrido por extranjeros malignos y hasta por españoles ofuscados, pintando a España como opresora madrastra de aquellos países… Precisamente nuestra Obra allá, nuestro divino obrón de redenciones, nuestro desdoblamiento abnegado y hasta la locura, es la página mayor, ¿qué digo de los anales de España?, de los anales del mundo, después del advenimiento del Redentor" (Trillo, 1947: 2).

 

A mediados de, siglo XX se expresaba Rufino Blanco-Fombona elogiaba hasta extremos insospechados a los conquistadores y descubridores españoles:


"Los descubridores y conquistadores españoles de América –hoy podemos juzgarlos sin prevenciones y con exacta noción de su obra- fueron hombres maravillosos, muy de España y muy del siglo XVI" (1956: 175).

 

Lo cierto es que durante el franquismo se sostuvo que la conquista de América fue muy beneficiosa tanto para los europeos como para los indios. Para muchos la América Precolombina era un mundo "salvaje, subdesarrollado y desaprovechado".

A la Conquista de América, le seguía la gloriosa batalla de Lepanto, librada en el golfo de Corinto, en 1571, por una alianza comandada por don Juan de Austria. El Papa San Pío V, en reconocimiento por sus méritos, le aplicó las palabras del Evangelio:


"Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan, ordenando que en la letanía del Santo Rosario se rezara, de entones en adelante, el Auxilium Christianorum"(Ibídem: 18).

 

La paz de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) se destaca tristemente porque supuso la derrota de los ideales que España había defendido en Europa (Mendoza Guinea, 1957: V, 5). Este acontecimiento histórico fue el inicio de una época oscura de la historia de España, en la que solo sobresalieron los carlistas en su intento por reconducir a España por la senda de su destino en lo universal. Todos los manuales de historia franquistas ensalzan a los carlistas por sus "hermosas virtudes de fidelidad a la tradición" y porque decidieron plantar cara a unas ideas liberales que traicionaban "la mejor Historia de España" (Ibídem: 7). El tradicionalismo es una doctrina política o, mejor aún, una posición cultural caracterizada por "la fidelidad a la tradición cultural y política de España". Los requetés carlistas y los falangistas fueron las principales fuerzas que se sumaron a la Guerra Civil heroicamente.

           El alzamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas invasoras de Napoleón, se considera el siguiente hito en la historia de España. Combatieron en Madrid y en el parque de Monteleón, dirigidos por Daoíz y Velarde. La gloriosa batalla de Bailén (1808), ganada por las tropas del general Castaño, fue la primera derrota en campo de batalla del ejército francés. Una resistencia heroica que finalizó con la expulsión de los franceses tras las contiendas de Vitoria y San Marcial, logradas los años de 1812 y 1813. Todo ello es adobado por palabras grandilocuentes sobre el valor y el casticismo hispano, pues, como escribió Mendoza Guinea, "el pueblo español había sabido sufrir, luchar y vencer" (1957: V, 19).

           De la Guerra de la Independencia se salta directamente, a la última gran hazaña del pueblo español, es decir, al golpe militar de 1936. Nada de lo sucedido entre 1814 y 1935 tiene interés para el ideario falangista, porque España estuvo contaminada por el "perjudicial y depravador liberalismo".

Uno de los temas que con más reincidencia se tratan en los manuales de la F.E.N. es el del Alzamiento de 1936 y la subsiguiente Guerra Civil. Al nuevo régimen le pareció imprescindible explicar a las nuevas generaciones lo que a todas luces parecía inexplicable. Por ello, convirtieron un burdo golpe de Estado en un Glorioso Alzamiento popular y la sangrienta y fratricida Guerra Civil en una sagrada cruzada en la que se devolvieron a la Iglesia sus legítimos derechos, siguiendo el deseo –decían- de la inmensa mayoría de los ciudadanos. El golpe de Estado del general Franco se alaba como una de las grandes hazañas de la Historia de España. Gabino Márquez señaló concretamente seis hitos, a saber: la defensa de Covadonga en los orígenes de la Reconquista, la reconquista de Granada, el descubrimiento de América, la conquista de los imperios azteca e inca, la Guerra de la Independencia y, cómo no, "la guerra de independencia contra los rojos" (1940: 27). De esos seis hitos, obviamente, el último se destacaba por los escritores de la F.E.N., como el más decisivo, heroico y glorioso. Una ruptura con el mal, protagonizada por el ejército, la falange, la Comunión Tradicionalista y el pueblo, bajo el mando del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. La citada cruzada comenzó el 18 de julio de 1936 y se prolongó hasta el 1 de abril de 1939. Lo que no dicen es que tanto la derecha republicana como los falangistas y algunos monárquicos habían incitado al alzamiento al menos desde 1934. El propio José Antonio, consiguió enviar desde la Cárcel Modelo una carta clandestina, fechada el 4 de mayo de 1936 en la que incitaba a sus compañeros de partido y al ejército a levantarse contra el orden establecido:


"Si permanecéis pasivos puede ser que cuando os deis cuenta España haya desaparecido" (II, 989).

 

Sea como fuere, lo cierto es que los escritores de la F.E.N. se esforzaron en presentar el Alzamiento como un acontecimiento gozoso, clave para la recuperación de España para su destino universal. Mendoza Guinea escribió en este sentido que desde el "glorioso Alzamiento, la Historia de España vuelve a transcurrir por cauces que nos han de llevar hacia el cumplimiento del destino histórico nacional" (1957: I, 20). Todos los libros de la F.E.N. insisten una y otra vez que el Alzamiento "fue necesario para salvar a España de la destrucción a que la llevaba el gobierno del Frente Popular":


"Con su triunfo España consiguió la Unidad de sus tierras y sus hombres, al desaparecer los separatismos y la lucha de clases, y la Religión Católica amparada y protegida por el Estado; ha vuelto el Crucifijo a las Escuelas; se permite el culto externo, y es obligatoria la enseñanza religiosa en todos los centros docentes" (Ibídem: I, 110).

 

Ni que decir tiene que esa escalada revolucionaria que se le atribuye al Frente Popular no fue más que otra leyenda creada a posteriori por el régimen de Franco. En realidad, lo que hubo fue un intentó del nuevo gobierno de coalición de izquierda proseguir con la reforma agraria, trayendo la esperanza a decenas de miles de braceros desheredados. Unas esperanzas que el golpe militar y la subsiguiente represión se encargaron de apagar. Las depuraciones de republicanos, izquierdistas y campesinos tuvieron un carácter masivo.

Pero Mendoza Guinea, en el manual de 5º de Bachillerato volvía al tema del Alzamiento. Curiosamente, sostenía que no fue un golpe de Estado, ni un pronunciamiento militar sino "una sublevación del pueblo en armas contra un gobierno que traicionaba el ser de España y hacía imposible la convivencia entre los españoles…" (V, 20). En esta misma línea, Antonio Castro Villacañas afirmaba que el golpe de estado del 36 no lo protagonizó el ejército sino que fue "la reacción del pueblo español en un esfuerzo sobrehumano por acabar con una República que lejos de solucionar los problemas los creaba" (1955: 102). Más sorprendente es que otros prestigiosos historiadores, como Antonio Rumeu de Armas, presentasen también el Alzamiento como fruto de un clamor popular "para atajar el deslizamiento de la nación hacia el comunismo" (1969: II, 221).

Por tanto, la versión de los historiadores franquistas era que el Alzamiento no fue otra cosa que un glorioso movimiento de liberación llevado a cabo por la población civil para salvarnos del comunismo y del separatismo. Algunos autores de la F.E.N., como Castro Villacañas, sospechando que su argumentación del levantamiento popular podía no ser demasiado convincente, le pareció oportuno reforzar su argumento con una serie de horrores de lo que él denominaba la "República roja":

 

-Las Checas mataron sólo en Madrid a más de 250.000 personas

-Entregaron el oro del Banco de España a Rusia.

-Y permitieron la fragmentación de España.

 

Manuel Fraga Iribarne, en los años 60, elogiaba la figura del general Franco, quien había dado una estabilidad a España, "cuyos precedentes sólo se encuentran en la Historia Moderna" (1969: 52). Según este político gallego, con Franco y su "Glorioso Alzamiento" confluyó el ideario tradicionalista, tan arraigado en España, con el programa falangista que impulsaba la ansiada justicia social. En este mismo sentido, Marino Díaz Guerra, colaborador del Frente de Juventudes, escribió ¡en 1971! que el Alzamiento supuso el fin de un largo período de inestabilidad en la Historia de España, iniciado en las Cortes de Cádiz. Por ello, desde el triunfo de lo que él llama "Revolución" se inició "la etapa más seria de su historia contemporánea para resolver el llamado problema de España" (Díaz Guerra, 1971: 28-29).

Queda claro que durante varias décadas, uno de los grandes objetivos de la F.E.N. fue reinterpretar el golpe de Estado de 1936. Lo intentó presentar como un fenómeno inevitable que no partió de una cúpula militar golpista sino de una revolución popular. De esta forma, intencionadamente establecían grandes paralelismos entre la insurrección de mayo de 1808 y la protagonizada con Franco en 1936. ¡Increíble!, ¿ha habido en la Historia algún alzamiento militar protagonizado por el pueblo? Obviamente no. Pero, ¿alguien se creería esa patraña del alzamiento popular?, Por sorprendente que parezca, creo que sí; 36 años machacando lo mismo a los niños desde su más corta infancia pueden hacer creíble lo más increíble. Y es que como dijo aquel, una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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