20150910170307-trebuchet-1-.jpg

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco, también conocido como catapulta.

En la toma de Tenochtitlán, la capital mexica, situada en medio de 2.000 km2 de lagos, los hispanos debieron usar toda su pericia, bloqueándola por tierra y por agua, con doce bergantines. Pero cualquier idea que facilitase el asalto era bien recibida. Unos carpinteros le propusieron a Hernán Cortés la construcción de un trabuco o catapulta y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Un estudio reciente sobre el artilugio que permitió construir una maqueta del mismo, llevó a sus autores a la conclusión de que erraron en “la alineación del perno de lanzamiento”.

Lo cierto es que, según William Prescott, el enorme peñasco voló en vertical con tan mala fortuna que cayó encima del artilugio y casi mata a los que estaban a su alrededor. La experiencia les llevó a desistir y a retirar finalmente la máquina. El propio Hernán Cortés, reconoció que disimularon el ridículo cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, “movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar”. Y todo en medio de las carcajadas de los sorprendidos náhuatl que defendían la ciudad.

Bien es cierto, que fue una de las últimas veces que disfrutaron, pues como dice el refrán quien ríe el último ríe mejor. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir que Goliat se terminó comiendo a David y la ciudad fue finalmente rendida, un 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito. La toma de Tenochtitlán había concluido. Con ella caía finalmente el quinto sol mexica, y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría.

Dicho sea de paso que el enfrentamiento fue totalmente desigual como lo evidencian las bajas. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de ¡100.000! mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados. Cuenta la tradición que el agua del lago Texcoco quedó totalmente teñida de grana, con restos de cuerpos mutilados en sus orillas.

Una anécdota en medio del drama vivido en aquel verano de 1521, pues el asedio de Tenochtitlán fue uno de los más dramáticos y luctuosos de la Historia, comparable solo con los no menos famosos de Sagunto, Cartago, Numancia o Berlín.

 

PARA SABER MÁS

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010.


RUIZ MORENO, Manuel Jesús y REBOLLO GARCÍA, Fernando: “El trabuco de Cortés”, Actas de los XXXVI Coloquios Históricos de Extremadura, T. II. Trujillo, 2008.


THOMAS, Hugh: “La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios”. Barcelona, Planeta, 2000.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.