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Los españoles, pese a su inferioridad numérica, tenían muchos más razones que sus oponentes para mantener la confianza y la esperanza. Es lo que Worsley ha denominado la fuerza de sus motivaciones. La motivación económica, no cabe duda, era capaz de movilizar a grandes contingentes en pos de una promesa de riqueza fácil. Recordemos la célebre fiebre del oro en California a fines del siglo XIX que atrajo a miles de colonos. Desde que Colón escribió a los reyes anunciándoles el descubrimiento del edén terrenal, circularon por Europa infinidad de textos, presentando dichos territorios como la nueva tierra de promisión. Mientras Américo Vespuccio escribió sobre las islas de los Gigantes, Colón lo hizo sobre las amazonas y las sirenas –aunque decía que no son tan bellas las que vi-, Féderman sobre los pigmeos, Ulrico Schmideld sobre la existencia de un fabuloso rey blanco, etcétera. Y es que en esta tierra todo parecía desmedido, pues, como afirmaba un cronista, conquistador que ha caminado diez leguas habla de ciento por hacer proeza, y él mismo termina por creérselo.

        Ahora bien, el avistamiento de gigantes fue una constante en todo el proceso conquistador. El primero en verlos fue Américo Vespuccio que en la isla de Curaçao, encontró a varios naturales de un tamaño desmesurado. Y dice “eran de estatura tan elevada que cada uno de ellos era de rodillas más alto que yo de pie”. El encuentro fue tan llamativo que el navegante florentino bautizó la isla como Isla de los Gigantes, aunque nadie más que él vio jamás personas de esta estatura en la isla.

        No fue el único que vio gigantes, pues Fernando de Magallanes en su pionero viaje alrededor del globo, describió gigantes en las costas del cono sur americano. Concretamente la tripulación avistó a un hombre de tamaño gigantesco que estaba desnudo y cantaba y bailaba sobre la arena. Tanto fue así que el cronista Antonio de Pigafetta, que viajaba en la expedición, bautizó la tierra con el nombre de Patagonia. Y ello en honor a Patagón, un gigante que era el protagonista del famoso libro de caballería, publicado en 1512, el Primaleón, obra de Francisco Vázquez. Otros visitantes posteriores, como Sarmiento de Gamboa o Bouganville, ya no les sorprendió la altura, sino el tamaño de las cabezas de algunos de los patagones. Habían dejado de ser gigantes para convertirse en cabezones.

¿Era cierta la existencia de estos gigantes o cabezudos? Obviamente no, pero los avistamientos son demasiados como para ser totalmente falsos. A mi juicio hay que tener en cuenta dos cuestiones: una, que los españoles de la época eran mucho más bajos que en la actualidad, por lo que no hacía falta que estos nativos fuesen muy altos para que les parecieran gigantes. Y otra, es posible que los naturales presentasen al más alto o a los más altos de su tribu como estrategia disuasoria. Pensémoslo; si las fuerzas entre los europeos y los amerindios hubiesen estado más igualadas, el avistamiento de estos gigantes hubiese podido ser decisivo para no desembarcar en esas costas. Es posible que la estrategia hubiese funcionado con otros visitantes anteriores. Pero por desgracia para los naturales, los europeos habían llegado para quedarse y ni gigantes, ni trajes mágicos, ni amazonas guerreras serían un impedimento.

 

PARA SABER MÁS:

 

DOMÍNGUEZ MOLINOS, Rafael: “Historias Extremas de América”. Barcelona, Plaza&Janés, 1986.

 

IZARD, Miquel: “Patagonia. Crónica de un viaje”. Madrid, Catarata, 2011.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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