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La travesía atlántica era verdaderamente peligrosa; de hecho se estima que solo en los siglos XVI y XVII naufragaron en torno a setecientos navíos, pereciendo en la mayor parte de los casos toda o parte de la tripulación y el pasaje.

Pero incluso en caso de sobrevivir, la vida en el mar era extremadamente dura, tanto en la guerra como en la paz, y así aparece bien reflejado en las Partidas de Alfonso X El Sabio. El pasaje sobrellevaba como podía las incomodidades extremas del viaje así como el miedo a lo desconocido. Debían sentirse como pequeñas hormigas al lado de elefantes, pero, si todo iba según lo previsto, era un sufrimiento soportable.

En cambio, el miedo, el pavor y la desesperación se desatacaban cuando oteaban en el horizonte velas enemigas o cuando los primeros truenos evidenciaban la llegada de una gran tempestad. En esos momentos, la actividad frenética de los mandos preparando el navío para esa situación de emergencia, exacerbaba el nerviosismo y el miedo de los sufridos pasajeros. También sabían que llegado el momento, ya fuesen soldados, marineros o pasajeros, debían entrar en acción para intentar mantener a flote el navío. Cuando el mar enfurecía no respetaba rangos, sexo, ni edad.

Esta omnipresencia del peligro, la alargada sombra de la muerte que todos presentían, así como la inmensidad del océano, con sus soledades, provocaba innumerables manifestaciones religiosas, públicas y privadas. Efectivamente, la vida en el mar era precarísima, cruda y extremadamente peligrosa. Una tormenta, un ataque corsario, un accidente o una simple avería podía costarle la vida a todo el pasaje en cuestión de minutos. Como escribió Antonio de Guevara, en el siglo XVI no hay navegación tan segura en la cual entre la muerte y la vida haya más de una tabla. De ello eran todos conscientes lo que provocaba estas manifestaciones públicas de fe.

        Prácticamente en todos los buques viajaba un capellán, encargado de velar por el consuelo espiritual de todas las personas que iban a bordo. Todos los días se rezaban unas oraciones al amanecer, y una salve o letanías al atardecer, improvisando los días de fiesta un pequeño altar en el que se decía misa. Si se presentaba una situación de extremo peligro se multiplicaban los gritos pidiendo la intercesión de la Virgen o de San Telmo. Así, según un testimonio de la época, en el viaje que capitaneó Ruy López de Villalobos al Maluco, entre 1542 y 1547 padecieron tanta hambre y sed que, temiendo la muerte, todos confesaron y rezaron que nunca vi gente tan devota y menospreciadora del mundo.

Y por supuesto, si se preveía la entrada en combate, especialmente si era un buque preparado para la guerra, siempre se sacaba tiempo para realizar una emotiva ceremonia religiosa. Así, por ejemplo, poco antes de la batalla de Lepanto, en 1571, la armada capitaneada por don Juan de Austria atracó en la Fosa de San Juan, celebrando una misa muy emotiva y especial, como describió el cronista Gonzalo de Illescas:

 

        "Al alzar la hostia y cáliz, fue tal la vocería de los soldados llamando en su ayuda a Dios sacramentado, y a su Madre Santísima; el ruido de la artillería, de las cajas de guerra, trompetas, clarines y chirimías; el horror del fuego y humo, del temblor de la tierra y estremecimiento de las aguas, que pareció bajaba a juzgar el mundo Su Majestad Divina con la resurrección de la carne, premio debido a la naturaleza del hombre".

 

         Ante la cercana sombra de la muerte que todos los tripulantes eran capaces de presentir, hasta el más escéptico se volvía un ferviente cristiano. Por ello, nos explicamos perfectamente que circularan viejos refranes como éste: "quien no sabe rezar métase en el mar". En ese mismo sentido Gonzalo Fernández de Oviedo escribió:

 

        "Si queréis saber orar aprender a navegar, porque, sin duda, es grande la atención que los cristianos tienen en semejantes calamidades y naufragios para se encomendar a Dios y a su gloriosa madre…"

 

        Estaba claro que, ante el peligro inminente de muerte, todos echaban manos de lo único que les quedaba para consolarse, sus creencias.

        Ahora bien, si existía la posibilidad de que algunos se salvaran la preferencia era muy distinta a la actual. En la Edad Contemporánea lo normal es que se intentasen salvar primero a las mujeres y a los niños, como ocurrió con el hundimiento del Titanic en 1912. Sin embargo, antes la preferencia era bien distinta, se trataba de salvar siempre a los elementos más útiles, es decir, a los varones mayores de edad, preferentemente de origen nobiliario. Incluso, los esclavos se salvaban antes que los pajes o las féminas simplemente por no perder una inversión tan valiosa. Pablo Emilio Pérez-Mallaína ha documentado varios casos de hundimientos en los que la mayor parte de los ahogados fueron de sexo femenino. Y menos consideración había hacia los ancianos y los niños, los primeros por considerarse una carga social y los segundos por ser fácilmente sustituibles. Suena duro, pero así era la sociedad de la época.

        Pero sí la posibilidad de salvarse era inútil, las actitudes de nobles y plebeyos eran diferentes. Mientras estos mostraban entre voces y chillidos su estremecimiento por su inminente muerte, los nobles se retiraban a su cámara para tratar de morir con honor. Una idea largamente repetida en la literatura del Siglo de Oro es la capacidad del noble para morir con dignidad y sin aparentar miedo, pues esta actitud se relacionaba con una baja cuna. Actitudes del pasado que contrastan con la mentalidad de hoy.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del Imperio español. Armadas, flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 

PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo E.: “El hombre frente al mar: Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

TEMPÈRE, Delphine: “Vida y muerte en alta mar. Pajes, grumetes y marineros en la navegación española del siglo XVII”, Iberoamericana Nº 5. Berlín, 2002, pp. 103-120.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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