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Cuando España era la metrópolis del mundo, en tiempos de Felipe II, se pasearon por España un sinnúmero de embajadores y viajeros de todos los confines del planeta. Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, también llegaron personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas, lo mismo procedentes del Lejano Oriente que del Magreb o del continente americano. Sultanes magrebíes como el Muley Xeque, hospedado en el alcázar de Carmona, o el embajador marroquí Sidi Ahmet-el-Gazel arribado a la ciudad del Guadalquivir en 1766.

Pues bien, hoy quería glosar otra de esas embajadas exóticas arribadas a Sevilla, concretamente la del japonés Rocuyemon Hasekura en 1614. Todo comenzó en 1613, después de que San Francisco Javier lanzara sus prédicas en el país del Sol Naciente. Las autoridades niponas decidieron que el samurái Hasekura encabezase un séquito para entrevistarse con el rey Felipe III y luego con el Papa en Roma. El objetivo era doble: uno, rendir pleitesía al soberano español y al jefe de la iglesia católica, y otro, afianzar las relaciones comerciantes. De hecho, en la carta que entregó a las autoridades españolas trataba de averiguar si existía la posibilidad de establecer una ruta directa entre Sevilla y Japón.

Lo cierto es que la embajada japonesa se encaminó en el Galeón de Manila hasta el puerto de Acapulco. Allí prosiguieron su ruta por tierra hasta llegar a Veracruz, donde se embarcaron en la Flota de Nueva España que llegó a Sevilla en octubre de 1614, justo un año después de la partida de la embajada desde el Lejano Oriente. Iban en compañía de fray Luis Sotelo, franciscano recoleto, natural de Sevilla, y junto al embajador figuraba un extenso séquito. Al parecer la citada flota desembarcó en el puerto de Coria del Río, donde una parte del séquito permaneció durante un tiempo. Se dice que el apellido Japón, usual en esta localidad sevillana, se debe a los descendientes que estos hombres procrearon con mujeres de la tierra. El embajador fue trasladado solemnemente a Sevilla, proporcionándole hospedaje en el alcázar. Luego pasaron a la Corte donde Felipe III los recibió con gratitud, mientras que en 1615 pudieron entrevistarse con el Pontífice Paulo V en la Ciudad Eterna.

Impresiona contemplar a todas estas embajadas, en un mundo ya globalizado, procedentes lo mismo de Armenia que de Persia, Marruecos o Egipto. Y llegaban al puerto de Sevilla, tratando de rendir pleitesía o de estrechar lazos comerciales con la metrópolis de la época. Servilismo de las élites dirigentes de aquellos países para tratar de obtener ventajas políticas o económicas. Algo no muy diferente a lo que ocurre en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS:

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen”. Sevilla, Biblioteca de Temas Sevillanos1983.

 

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla”. Madrid, Imprenta Real, 1796, T. IV, pp. 239-242

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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