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Como es bien sabido el 16 de noviembre de 1532 los españoles consiguieron apresar al Inca Atahualpa en la plaza de la ciudad de Cajamarca. Los hispanos a su entrada en la ciudad no encontraron un trofeo de consideración, pero sí en el campamento de las afueras. Justo al día siguiente, por la mañana, salió Hernando de Soto con treinta jinetes para verificar si había ejércitos enemigos en el entorno. Se dirigió al reducto de Pultumarca y pudo comprobar que todos los jefes habían huido, dejando atrás lo siguiente: ochenta mil pesos de oro, siete mil marcos de plata, perlas, esmeraldas, piezas textiles y varios miles de posibles esclavos y esclavas. Pero lo mejor estaba por llegar, cuando el cautivo ofreció el fabuloso rescate. Prometió una sala de 6,12 metros de largo por 4,72 de ancho -28,88 m2- hasta una altura de 2,35 metros llena de oro y el doble de esa cantidad en plata, aunque eso sí, sin quebrar, concediéndole el beneficio del hueco. Y todo en un plazo máximo de cuarenta días. Francisco Pizarro se mostró encantado y sorprendido por la propuesta que, por supuesto, aceptó. Y lo hizo de manera formal, llamando a un escribano para que escriturara el compromiso en los términos exactos. La liberación solo se produciría cuando hubiese cumplido su promesa aurífera. Evidentemente, ambas partes sabían que la liberación nunca llegaría. Sin embargo, teatralizaron el acuerdo del que los dos obtenían algunas ventajas temporales: el Inca conseguía tiempo, lo cual era vital para poder organizar una eventual ofensiva que lo liberase, mientras que al trujillano le venía bien un armisticio temporal, a la espera de la llegada de los refuerzos de Diego de Almagro. Además, de paso, parecía una buena idea que las propias víctimas se encargasen de transportar y de hacer llegar su patrimonio a manos de los perpetradores. Un negocio redondo para unos y lastimoso para otros. Lo cierto es que ambos jugaron sus cartas, a sabiendas de que sólo uno se saldría con la suya.

Este pacto posibilitó que una parte del metal precioso del incario comenzase a fluir hacia Cajamarca. Pero como no entraba con toda la rapidez que los captores querían, enviaron dos expediciones: una, formada por algunos voluntarios, entre los que se encontraban Pedro Martín de Moguer, Juan de Zárate y Pedro Martín Bueno, para que fueran a Cusco a agilizar el envío. Y la otra, encabezada por Hernando Pizarro con el mismo cometido, pero que aprovechó la ocasión para saquear el templo sagrado de Pachacamac, a principios de abril de 1533. Este santuario yunga, cercano a la costa, era el templo más devoto que poseían los naturales, por ello no extraña que algún cronista dijera que era para ellos como la Meca entre los moros. El 14 de abril de ese año regresó a Cajamarca, trayendo en sus alforjas veintisiete cargas de oro y dos mil marcos de plata.

La fundición del metal en barras quilatadas de oro y plata comenzó el 13 de mayo de 1533, pues el día antes fue pregonada la apertura de la fundición por voz del pregonero Juan García. El fundidor sería Pedro Díaz de Rojas, un experto que Diego de Almagro había enviado personalmente desde San Miguel. También colaboraron artesanos indígenas. El 17 de junio de 1533, más de un mes antes de la condena a muerte del Inca, se procedió al reparto oficial del botín, levantando acta detallada el escribano calagurritano Pedro Sancho de la Hoz. Tras fundirlo en barras, sacado el quinto, el oro repartido entre los presentes ascendió a 1.326.539 pesos de oro y la plata a 51.610 marcos. Esa es la cifra que consta en el registro oficial, redactado por Sancho de la Hoz, y que ratifican otros historiadores posteriores. Sin embargo, esa cantidad fue solo una parte de lo fundido. El propio Fray Antonio de la Calancha escribió que lo que se ocultó fue veinte veces más de lo que se señaló en el registro oficial. Y aunque es posible que la afirmación del agustino sea exagerada no lo es menos que se excluyeron diversas partidas, a saber: para empezar, no se reflejaron un buen número de piezas meritorias que se sacaron de la fundición, como el trono inca de oro macizo, evaluado en 25.000 pesos de oro que se quedó para sí el gobernador. Tampoco se contabilizaron los 15.000 pesos de oro que el gobernador mandó sacar para los treinta enfermos que quedaron en San Miguel o los 8.000 que se apartaron para entregárselos a Hernando Pizarro que fue a explorar las cosas de la tierra. Asimismo, quedaron sin registrar los 100.000 ducados que se reservaron para Diego de Almagro y a sus hombres. Y finalmente hay que añadir que en general, según Pedro Cieza, todo el oro se quilató a la baja de manera fraudulenta, para eludir el fisco. Realmente, el fraude y la ocultación de capitales fue algo habitual en toda la conquista, y la del Perú no fue una excepción. Y en este sentido, las palabras de Diego de Almagro el Mozo, pese a su parcialidad, son elocuentes:

 

Por su propia autoridad, muchas y diversas veces hizo fundición y fundiciones, sin manifestar lo que era de rescates y enterramientos ni lo que pertenecía a su Majestad, teniendo muchos fraudes para lo encubrir de los oficiales de su Majestad, lo cual fue público y notorio en la ciudad del Cusco, Jauja, Cajamarca y esta ciudad y otras partes y no solamente él y sus criados y por su mandado lo hacían, antes consintió a otros muchos sus amigos y parciales porque encubriesen lo suyo”.

 

 

Y más adelante, el mismo vuelve a insistir en los fraudes que cometió en esas tres ciudades, por los pesos falsos que tuvo y porque consintió que hiciesen fundiciones en casas particulares. Por tanto, quede claro que las cifras ofrecidas son las declaradas oficialmente, pero es seguro que la cuantía real debió ser muy superior.

Una vez sacados los derechos del fundidor –el 1 por ciento- y el quinto real se procedió a su reparto, adoptándose el siguiente criterio: los de a caballo cobrarían 8.880 pesos de oro y 362 marcos de plata, y los de a pie a groso modo la mitad. Los principales beneficiarios fueron el gobernador y Diego de Almagro, pues entre los dos fundieron el 59,67 por ciento de todo el oro que se registró.

Pero al margen del rescate, se fundieron más de 16.380 pesos de oro que los miembros de la hueste habían obtenido desde la última fundición en San Miguel de Tangarara. Asimismo, se registraron esmeraldas y perlas, cuya tasación y venta superó el millón de maravedís. No era gran cosa pero, junto al algodón y a los esclavos completaban la suculenta presa que obtuvieron de Atahualpa. A corto plazo hubo un buen número de personas que se hicieron inmensamente ricas; aproximadamente los de a caballo se hicieron con ¡40 kilos de oro y el doble de plata! y los de a pie, más o menos, la mitad. Sin embargo, el gobernador se arrojó la potestad de dar más o menos a cada uno en función a su participación en el combate y a la calidad de las personas, lo que provocó cierto descontento entre los menos afortunados. La parte más grande del pastel se la llevó Francisco Pizarro, con cerca de 300 kilos de oro y casi el doble de plata, sus hermanos y Hernando de Soto que se embolsó el metal precioso equivalente a dos caballeros. Los hermanos Pizarro sumaron entre los cuatro más de la décima parte de todo el botín.

Pero a la mayoría la estrella les duró poco. Muchos de los que se quedaron lo perdieron todo en poco tiempo, debido fundamentalmente a una auténtica revolución de los precios que terminó devaluando sus fortunas. El propio sistema pre-capitalista lo generó, al haber una gran cantidad de oro –apenas circulaba vellón- y una gran escasez de mercancías europeas de todo tipo, desde herramientas, a caballos, pasando por productos alimenticios o textiles, los precios se dispararon. Según Francisco de Jerez en aquel tiempo se vendían caballos por más de tres mil pesos de oro y una pequeña botija de vino de tres azumbres hasta por sesenta pesos. En pocos años el metal precioso pasó de las manos de estos intrépidos y sacrificados guerreros, que tanta sangre habían hecho correr para conseguirlo, a los negociantes, comerciantes y mercaderes. El gobernador dio autorización a aquellos que estaban enfermos, envejecidos o con alguna lesión que les impedía proseguir la expansión. Unos sesenta, es decir, la tercera parte de los participantes en la celada de Cajamarca, decidieron embarcarse para España, a disfrutar de su dinero. A la mayoría de los retornados les fue bastante mejor que a los que decidieron permanecer en Perú. Y ello porque en Nueva Castilla la abundancia de oro y plata devaluó su valor, a diferencia de lo que ocurrió en España que la depreciación de la moneda fue más paulatina. Por ello, un simple soldado como Juan Ruiz, pudo vivir en su Alburquerque natal, rodeado de toda una corte de escuderos, criados, pajes, lacayos, esclavos y paniaguados. Menos suerte tuvo el segureño Diego Mexía, que trajo una buena fortuna, llegó a Sevilla a primeros de 1534 y aunque era muy joven apenas pudo disfrutar unos años de la misma, pues falleció sin descendencia a primeros de abril de 1540. Peor le fue a Juan García de Santa Olalla, pues la nao San Médel en la que regresaba a España en 1536 fue asaltada y robada por los corsarios. Dada la situación de indigencia en la que quedó decidió regresar al Perú, aunque la suerte no le volvió a sonreír.

El oro de la infamia pasó del tirano quiteño a las manos manchadas de sangre de los conquistadores y de ahí a los comerciantes y mercaderes que no tardaron en inundar los mercados europeos con todo este metal precioso, engordando y espoleando al capitalismo. Ocurrió lo de siempre, es decir, que las huestes eran sólo los peones del sistema; ellos se jugaban la vida, sufriendo para colmo el juicio de la historia, mientras que oportunistas, burócratas y financieros se quedaban la fortuna y además con la conciencia tranquila. Una constante en la historia que sigue ocurriendo en pleno siglo XXI.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

LOCKHART, James: Los de Cajamarca. Un estudio social y biográfico de los primeros conquistadores del Perú. Lima, Editorial Milla Batres, 1986.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro: El ocaso del incario y el nacimiento del Perú. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

SANCHO DE LA HOZ, Pedro: “Relación de la Conquista del Perú”, publicada en Cronistas de Indias Riojanos. Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2011.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

gravatar.comAutor: Anónimo

Que bueno conocer de la historia de la mano de conocedores como ud.
gracias.

Fecha: 14/06/2015 18:57.


gravatar.comAutor: Joan Pardo

Me gusta la Historia como fue, no me cuenten cuentos de hazañas y heroicidades de conquistadores. ¡Enhorabuena por el artículo!

Fecha: 15/06/2015 13:39.


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