20150422193537-plano-antiguo-la-habana.jpg

Fue frecuente el recurso de no poblar y no fortificar determinados territorios, o en casos extremos, incluso de despoblarlos como medida defensica. Se era consciente de lo peligroso que podía resultar fortificar territorios que corrían riesgo de caer en manos enemigas porque después sería muy costosa su recuperación. El robo de artillería fue una práctica frecuente cada vez que uno de los bandos tomaba un puerto o un barco del contrario. Es más, dado lo costoso de la artillería, el buen precio que adquiría en el mercado y la facilidad para venderla, era lo primero que se tomaba al contrario. Lo mismo que los corsarios robaron muchas piezas de artillería en aquellos puertos que asaltaron, los españoles incautaron las piezas lo mismo en la isla de la Tortuga, invadida varias veces, como en la toma de decenas de barcos corsarios. También era frecuente, cuando se encontraban en el territorio fortalezas de consideración, ocuparlas cambiñandoles previamente el nombre. Eso mismo hizo Pedro Menéndez de Avilés cuando en 1565 expulsó a los hugonotes de La Florida, ocupando su fuerte y cambiándole el nombre de Caroline por el de San Mateo.

Probablemente esta idea de evitar que fortificaciones hispanas cayesen en manos enemigas, fue la que inspiró la decisión de 1575 de no fortificar Arica, o la orden de no poblar en los puertos más que en aquellos lugares absolutamente imprescindibles para el comercio. En las Ordenanzas de nuevas poblaciones, dadas en el Bosque de Segovia el 13 de julio de 1573, en su artículo 41 dispuso que "no se poblasen en lugares marítimos por el peligro que hay de corsarios…"

Los puertos eran muy vulnerables y lugares muy codiciados por los corsarios por ello la decisión era poblar solamente los imprescindibles e invertir en su defensa. Las demás villas y ciudades debían fundarse tierra adentro a donde los corsarios difícilmente llegaban porque casi nunca se arriesgaban a entrar en el interior de un territorio que desconocían. Y las pocas veces que lo hicieron siempre acabaron muy mal parados.

Una práctica frecuente en aquellas localidades que no disponían de infraestructuras defensivas suficientes era el de optar por la huida cada vez que se oteaban navíos corsarios en el horizonte. En algunas localidades la gente estaba continuamente apercibida para huir con lo puesto al monte. En la temprana fecha de 1538 el concejo de San Juan de Puerto Rico pidió artillería para defender la villa de San Germán que había sido atacada reiteradamente por los corsarios. Al parecer, los vecinos andaban de continuo en los montes con sus mujeres e hijos “por temor a los corsarios, por la poca defensa que hay”.

Como decimos, en los puertos pequeños estaban acostumbrados a evacuar periódicamente, pero tampoco fue infrecuente en algunas ciudades neurálgicas como Santo Domingo o Cartagena. La huida siempre fue una eficacísima medida defensiva, pues los corsarios no se atrevían a adentrarse en un territorio que desconocían, por lo que preferían siempre mandar un emisario para un dinero a cambio de abandonar la localidad en cuestión.

Pero se fue mucho más allá, pues en algunas se planteo el despoblamiento total y permanente del territorio como única forma de frenar las acometidas enemigas. El sistema ya se utilizó en las Antillas Mayores en los años 20 y 30 del siglo XVI ante los alzamientos indígenas. En particular en Cuba entre 1526 y 1534 hubo diversos alzamientos, como el de Guama, que provocó que muchos hacendados hispanos que vivían dispersos por el territorio, se asentaran en núcleos poblacionales más seguros del centro y del este de la isla. Con posterioridad, cuando el corsarismo arreció se plantearon y, en ocasiones, se llevaron a cabo despoblaciones de territorios, e incluso destrucciones de fortificaciones, con un doble objetivo: uno, dado que los corsarios lo que buscaban era lucrarse con el contrabando, acabar con la actividad corsaria simplemente porque no había nadie ni con quien comerciar ni a los que robar. Y otro, evitar que determinadas fortalezas cayesen en manos enemigas. Si había riesgo de que eso ocurriese lo mejor que podía pasar era no construirla o si lo estaba destruirla. Por sorprende que parezca en más de una ocasión se pensó que la fortificación de esos territorios tan escasamente poblados podía ser contraproducente y había una solución eficaz y muy barata: despoblar aquellos territorios que no se pudiesen defender. Con muy poco coste económico se acabaría de raíz con el contrabando en esa zona y probablemente con el corsarismo. Así se planteo en 1586 cuando tras atacar los ingleses la fortaleza y el pueblo de San Agustín de la Florida se propuso desmantelar los dos fuertes de esa plaza, abandonarla y construir otro en el sitio de Cabeza de los Mártires.

         El caso más sorprendente de despoblaciones lo constituye, sin duda, las famosas devastaciones de Osorio de la banda norte de la isla Española. El contrabando era positivo para La Española, pues, por un lado, era el medio de vida de un buen número de vecinos, y por el otro, permitía al resto obtener productos europeos a un precio razonable. Tras el efímero período de la economía del oro, la industria azucarera había entrado también en una dinámica negativa. Los comerciantes sevillanos preferían entablar relaciones con Nueva España o el Perú dejando de lado las islas antillanas. La única solución que encontraron los colonos para no acabar en la ruina fue mantener este comercio ilícito. Pero, no siempre lo bueno para la colonia lo era también para la metrópolis. Más bien al contrario, la Corona lo consideró absolutamente intolerable por varios motivos: primero, porque no podía consentir que estos comerciaran con naciones, como los ingleses, los franceses o los holandeses, que estaban en guerra con la monarquía hispánica. Y segundo, porque, aunque el comercio con La Española era insignificante, constituía una afrenta para el monopolio comercial sevillano. Como ya hemos afirmado, el gran temor de los comerciantes y de los cargadores sevillanos era que estas prácticas ilegales se extendieran a otras áreas del imperio.

         Por ello, ya desde principios de los años setenta rondaba por la cabeza de los legisladores la idea de trasladar tierra adentro a los pobladores de la costa norte y oeste. Así consta por una Real Cédula dirigida a los oidores de Santo Domingo el 19 de enero de 1573. Una idea que fue repetida tres años después por el fiscal de la audiencia, el doctor Diego de Villanueva Zapata. Poco o nada se hizo, y si algunos vecinos de Montecristi o La Yaguana fueron desplazados, pasado un breve período de tiempo, regresaron, a sus lugares de origen. La Corona ordenó, el 27 de mayo de 1582 el sacrificio de ganado vacuno, sin licencia de la audiencia, con la idea de controlar la venta de cueros vacunos, producto básico del comercio ilegal. Todo fue en vano.

         Sin embargo, la decisión de extirpar el contrabando a cualquier precio fue absolutamente radical y dramática. Tanto que condicionó durante siglos la historia posterior de la isla. La franja norte se despoblaría. Hubo intentos iniciales en el último cuarto del siglo XVI, trasladándose la población de Montecristi a La Yaguana. Hubo resistencia, especialmente en la Yaguana donde, pese a su sometimiento, continuaron rebeldes alzados durante varios lustros. Sería finalmente Antonio de Osorio, por fallecimiento de su hermano Diego de Osorio, quien se encargaría de despoblar y devastar la franja norte. Y la fatal decisión no sólo fue negativa para los colonos sino también para el Imperio. La que más perdió fue precisamente la Corona que no sólo no acabó con el problema del contrabando en la isla sino que dejó vía libre a los corsarios para establecerse en una extensa franja occidental de la isla, sentándose las bases de la futura secesión territorial.

Pues, bien, hubo un grave error de apreciación: el Caribe, por sus características, es decir, por la existencia de decenas de islas despobladas y de pequeño tamaño se convirtieron ya desde el último tercio del siglo XVI en un nido de corsarios, donde estos crearon bases estables en las que aprovisionar sus armadas. España decidió no poblar las Antillas Menores y las Bahamas porque se consideraron islas inútiles, donde no había riquezas que explotar y, por tanto, su poblamiento era tan innecesario como inútil. Una decisión que sólo se puede entender en el marco de la época, cuando el potencial demográfico de España era muy limitado y existían grandes áreas neurálgicas donde desarrollar una floreciente economía minera y agropecuaria. Sin embargo, quizás se debió pensar más en las graves consecuencias que esta decisión traería para el control de los mares y para mantener el monopolio comercial.

Quizás, aunque fuese costoso, se debió haber fomentado el establecimiento de pequeños asentamientos en esos territorios o, en caso de no resultar viables, el establecimiento de pequeñas guarniciones militares. Es más, se optó en muchos casos por frenar el contrabando despoblando zonas costeras donde los colonos comerciaban con los corsarios. Así lo hizo el presidente de la audiencia de Santo Domingo, gobernador y capitán general Antonio de Osorio, quien entre 1605 y 1606 arrasó y despobló la banda norte de la isla para atajar el contrabando. Una política absolutamente errada que puso en bandeja a los franceses la ocupación de la parte oeste de la isla, que a la larga formaría el estado de Haití. En el peor de los casos todo se hubiera solucionado de manera más o menos satisfactoria con la presencia en la zona de una poderosa armada Real que protegiese a las flotas a su paso por aquellas aguas y que mantuviese a los corsarios y al contrabando a raya. Pero nada de esto se hico pese a las reiteradas peticiones de los vecinos de las Antillas Mayores y de las costas de Tierra Firme. Jamás se creó una escuadra caribeña estable que intimidase mínimamente a los corsarios y cuando se hizo, con la creación de la Armada de Barlovento, el Mar Caribe estaba ya definitivamente controlado por los corsarios, causando insospechadas consecuencias para el poderío imperial. Los corsarios camparon a sus anchas por todo el mar Caribe, atacando puertos de manera impune, o estableciendo un próspero contrabando que terminó resintiendo los cimientos del pacto colonial.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, Historia Militar de España, T. III. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp. 143-193.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.