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Los españoles abominaban el canibalismo ritual, una costumbre muy extendida entre muy diversos pueblos del continente americano, desde los mexicas, a los guaraníes, pasando por los mayas, los tarascos o los turinampas del Brasil. Los mexicas, por ejemplo, sacrificaban anualmente a varios miles de personas, pero siempre eran cautivos. De hecho, en el cerco de Tenochtitlán prefirieron morir de hambre antes que merendarse a los compañeros caídos. También es cierto que se trataba de una práctica frecuente en el pasado del hombre y que no era ajena a la misma historia de Europa: desde el Homo Antecesor, que vivió en este continente hacía unos 500.000 años y que practicaba el canibalismo ritual, a los antiguos galos, los lusitanos, los tracios, los sirios, los rodios, los cretenses, los lacedemonios, etcétera. Como ha escrito García Añoveros, tenemos testimonios más que suficientes para afirmar que muchísimos pueblos han practicado, en un momento u otro de su historia, algún tipo de sacrificios humanos y de canibalismo ritual. Todos ellos, al igual que los mexicas o los incas, pensaban que la ira de los dioses sólo se podía aplacar sacrificándoles vidas humanas. Como ya hemos dicho, el conquistador se escandalizaba de esas prácticas y sentía repulsión, incluso, en situaciones de hambrunas extremas. No obstante, no faltan casos dramáticos en los que el hambre les obligó a practicar, con desagrado, la antropofagia. La expedición que llevó Diego de Nicuesa a Veragua, hacia 1508, sufrió tanta carestía que unos se comieron a sus perros y a los sapos que encontraron mientras que, otros, se habituaron a comer carne de indios caídos. Pero, como la situación no mejoró, llegaron a asesinar a un español enfermo, llamado Hernán Darias, natural de Sevilla, y a Alonso González, oriundo de Ronda. Visto lo ocurrido, Diego de Ocampo, al sentirse enfermo, para evitar ser víctima de la voracidad de sus compañeros, se enterró vivo él mismo en el hoyo que vio para otro español muerto. Al final, uno de los antropófagos delató a sus compañeros a cambio de su propio perdón. Como resultado de las pesquisas dos de ellos fueron condenados a muerte, concretamente Juan de Ampudia y Diego Gómez, mientras que los otros siete participantes en el banquete antropófago fueron herrados como esclavos. Otra expedición a la misma zona, dirigida en esta ocasión por Felipe Gutiérrez, no tuvo mejor suerte y pasaron tanta carestía que empezaron devorando a los perros y a los caballos que llevaban. Pero, como no fue suficiente para saciar su avidez, no tardaron en almorzarse a cuantos amerindios encontraron y, cuando no los hubo, mataron a un cristiano enfermo y se lo comieron. Asimismo, en 1528, el alemán Ambrosio de Alfinger tomó posesión de Venezuela en nombre de los Belzares pero, poco después, fue asesinado por los indios y sus hombres pasaron tanta necesidad que tuvieron que comerse a sus propios perros y a tres indios que consiguieron apresar. Asimismo, en la campaña de Diego de Almagro a Chile, entre 1535 y 1536, cuando faltó el alimento en medio de los gélidos Andes chilenos, se comieron a sus congéneres difuntos mientras que otros prefirieron morir de hambre, asqueados por el triste espectáculo. Por aquellas mimas fechas, Hernando Pizarro envió a la región de Chuquito una expedición comandada por Pedro Anzures y sufrieron tanta apetencia que después de comerse a todos los caballos, comenzaron a devorar a los muertos. Queda claro, pues, que se trataron solo de hechos puntuales, de casos que Marvin Harris ha denominado antropofagia de emergencia y que ha estado presente a lo largo de la Historia cada vez que se presentaban situaciones extremas. Desde los numantinos en el siglo II a. C. que, según Apiano, se vieron obligados a comerse primero las pieles y luego la carne cocida de los muertos, a los supervivientes del accidente aéreo de los Andes en pleno siglo XX. En esas circunstancias extremas, los humanos suelen olvidarse de sus prejuicios morales antes que morir de pura y llana inanición. Y la mayor parte de los teólogos y filósofos, desde San Agustín al padre Las Casas, lo justificaron siempre y cuando se tratase de situaciones absolutamente extremas. Pero, en general, queda claro que los españoles detestaban profundamente el canibalismo.

 

PARA SABER MÁS

 

-HARRIS, Marvin: Caníbales y reyes. Madrid, Alianza Editorial, 1988.

 

---------- Bueno para comer. Madrid, Alianza Editorial, 1999.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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