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Los españoles no sólo buscaban oro, fortuna y libertad, algunos soñaron con encontrar viejos mitos, desde elixires mágicos que los curasen de las enfermedades o que incluso les proporcionasen la inmortalidad. Sin ir más lejos, Juan Ponce de León buscó con ahínco la fuente de la eterna juventud en tierras de Norteamérica. Cada vez que veía un lago, laguna, regato o charco se sumergía alucinado, esperando ver su piel más tersa.

Efectivamente, una de las cosas que más llamaron la atención de los primeros pobladores fue la existencia de múltiples plantas, desconocidas hasta entonces. No tardaron en comercializar algunas de ellas, unas con un fin ornamental y, las más, con un objetivo medicinal. En algunos casos, se atribuyeron propiedades curativas a determinadas plantas –como el tabaco- que después se verificaron inciertas. Otras drogas, como el bálsamo o la cañafístula, sí que poseían un fundamento curativo real.

Probablemente el elixir que más ampliamente se comercializó en la primera mitad del siglo XVI fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boní, planta que abundaba en la isla, especialmente en la región de Higüey. Sus propiedades curativas fueron exaltadas como si de un elixir mágico se tratara, pues, no sólo cicatrizaba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc. Incluso, usado con reiteración, refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres.

Antonio de Villasante o de Villasanta, a mediados de los años veinte, pidió al Emperador la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón. En 1526 la Corona fijó los derechos de explotación por Villasante: obtendría la décima parte de lo que se sacara siempre que dicha renta no excediese de 200.000 maravedís. Sin embargo, debió parecerle muy poco al asentista por lo que obtuvo una ampliación del privilegio en 1528, aumentando su participación al tercio, y la renta hasta un máximo de 8.000 ducados anuales, unos tres millones de maravedís.

La infraestructura creada por Villasante estaba muy clara: él lo fabricaba en Santo Domingo, consignándolo a dos mercaderes genoveses residentes en Sevilla. Estos se encargaban no sólo de la distribución sino también del marketing. Para ello, realizaban tres acciones: primero, envasaban el producto en vasijas de distintos tamaños, dependiendo de la cantidad solicitada. Segundo, preparaban un impreso a modo de prospecto, que fue redactado por el doctor Morales, médico avecindado en Sevilla, en el que se explicaban tanto sus cualidades como la forma de uso. Y tercero, establecían obligaciones con cirujanos y mercaderes para que lo distribuyesen por los hospitales de Castilla. De hecho, los dos genoveses se concertaron con el maestre Juan de Peralta, cirujano, para que fuese por Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir el bálsamo.

En 1530, se aplicó experimentalmente en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe. Igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados al parecer exitosos, según se desprende de las felicitaciones que Carlos V les remitió. El éxito fue tal que el 4 de abril de 1531 se expidió una nueva Real Cédula para que se enviase una muestra del licor a la propia corte.

En cuanto a cifras concretas sabemos que hasta 1532 Antonio de Villasante consignó al puerto de Sevilla a nombre de los genoveses Benito de Basinana y Franco Leardo 29,5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad.

El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que poseía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún momento de la década de los treinta, pues, en estos años perdemos totalmente su rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona, tras su muerte, eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio.

Desde ese momento, la cañafístula sería la planta medicinal más ampliamente comercializada. Se trata de un árbol originario de Asia, que luego se extendió hasta Egipto desde donde a su vez se trasplantó a Europa. Podía llegar a alcanzar hasta los diez metros de altura y daba un fruto de pulpa negruzca y dulce. Fue introducida en los primeros años del siglo XVI, aclimatándose de tal manera que pronto se hizo muy abundante en las Antillas y en Centroamérica. Al parecer se utilizaba desde la antigüedad como purgante y laxante, manteniéndose su uso en la Edad Media y en la Moderna.

        En La Española comenzó su explotación comercial en la segunda década del siglo XVI. En 1517 los Jerónimos enviaron una caja de cañafístula al cardenal Cisneros, probablemente para que analizara su utilidad y las posibilidades de explotarla comercialmente. Inmediatamente después, en torno a 1518 o a 1519, cuando la economía de oro estaba prácticamente arruinada y los vecinos buscaban alternativas económicas, pusieron en la cañafístula toda su esperanza sembrando grandes extensiones de arboledas especialmente en la zona de La Vega. Efectivamente, el bachiller Álvaro de Castro, deán de la catedral de Concepción de la Vega, poseía una heredad de 10.000 pies de cañafístula en la que había invertido mucho capital. Sin embargo, estas primeras perspectivas se frustraron por dos razones: primero, por una plaga de hormigas que destruyó una buena parte de estos sembrados. Y segundo, porque el mal estado de la red viaria de la isla, hacía dificultoso su transporte hasta los puertos donde se debía reembarcar con destino al mercado peninsular.

Pese a todo, su explotación continuó pues, dado que todavía no existía una competencia seria de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Centroamérica, el género seguía alcanzando un buen precio de venta en Sevilla. De hecho, entre 1522 y 1523 el quintal se cotizó a 50 ducados por lo que mercaderes, como Pedro de Cifuentes, consiguieron obtener unos beneficios de nada menos que 800 ducados. Poco después era Diego Méndez, alguacil mayor de la isla, el que remitió a Sevilla cierta cantidad de pulpa que, finalmente, por diversos motivos, le fue confiscada.

Sin embargo, la situación tardó poco en cambiar debido a dos problemas: uno, a las crecientes dificultades para encontrar barcos donde fletar la mercancía. Y otro, porque como cada cual enviaba lo que quería y lo vendía como podía había una guerra de precios que terminó perjudicando a los productores. Para colmo, la cañafístula dominicana comenzó a coger fama de ser de mala calidad lo que disminuía aún más su cotización. En 1528 informó la audiencia que seguían analizando con los oficiales reales, con los regidores y con los principales productores, una posible solución para así no dejarla perder como ya se comenzaba a hacer.

El resultado de esas negociaciones y deliberaciones fue el gran pacto suscrito ante escribano público el 7 de mayo de 1529, por el que se estableció su monopolio, lo cual en teoría debía beneficiar a todos los productores. El acuerdo estaba encabezado por el mismísimo presidente de la audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, los oidores, los oficiales reales y los regidores del cabildo que, con acuerdo de los principales hacendados, formalizaron una escritura por la que se estableció el estanco de la exportación. Básicamente se establecía que todo el comercio se canalizaría a través de Juan de la Serna, mercader burgalés residente en Santo Domingo, quien a su vez lo enviaría consignado a Sevilla a nombre de Melchor Carrión. Estos factores cobrarían el 6% de los beneficios de su venta. Existía la posibilidad de enviar la producción de la mitad norte de la isla desde Puerto Plata, Puerto Real y La Yaguana, siempre y cuando desde allí se remitiese un detallado registro a Juan de la Serna y se consignase, por supuesto, a Melchor de Carrión. La cañafístula se enviaría en pipas de 2,5 quintales o en vasijas que debían entregar los productores y envasar el factor de Santo Domingo, vendiéndose toda ella al precio de 6.000 maravedís el quintal. Se preveía también que se incorporasen al monopolio los productores de San Juan, Cuba y Jamaica, quienes deberían remitir el producto desde sus respectivas islas al citado mercader afincado en Sevilla. Los beneficios, descontado el porcentaje de los dos mercaderes, se invertiría en productos europeos de los que tanta necesidad había en las Antillas, es decir: vinos, harinas, aceite, jabón y productos textiles. Ahora bien, aquel productor que reclamase el dinero de la venta de su cañafístula lo podía solicitar a Melchor Carrión, como de hecho ocurrió en varias ocasiones. El acuerdo se pregonó por Francisco de Roa tanto en la iglesia mayor, el domingo nueve de mayo de 1529, como en la plaza mayor, trece días después.

A finales de ese año de 1529 ya estaba funcionando el monopolio, pues, Francisco de Jerez, mercader sevillano, esperaba recibir veinte quintales de cañafístola que vendrían consignadas desde Santo Domingo a nombre de Melchor de Carrión. El hecho de formalizarse un traslado de la escritura en Sevilla el 4 de abril de 1531 nos está indicando su uso por parte del interesado. El 10 de diciembre de 1532 se compelió a un tal Juan Sánchez de las Perlas a que pagase a Melchor de Carrión el valor de 80 quintales del producto que le había vendido. Nuevamente, en 1533, encontramos al citado Carrión vendiendo el producto en Sevilla y manteniendo algunos pleitos por la cobranza de distintos quintales vendidos. Sin embargo, todo parece indicar que el monopolio no funcionó correctamente por lo que apenas tuvo repercusiones económicas de significación. Álvaro Caballero, contador de La Española, atribuyó este fracaso a tres causas: primero, a la pronta marcha de su patrocinador el licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado presidente de la audiencia de Nueva España el 11 de abril de 1530. Segundo, al hecho de que algunos no respetaron el monopolio y comercializaron por cuenta propia su producción. Y tercero, al bajo precio en que se fijó su venta, exactamente 16 ducados el quintal cuando, según Álvaro Caballero, cuando se traía de Alejandría se vendía a 35 o 40 ducados el quintal. Pero había dos causas más que no citó el contador: una, los altos fletes que se pagaban por su embarque, según denunció en 1545 el cabildo de Santo Domingo. Y otra, la fuerte oposición mostrada por los mercaderes sevillanos que veían con malos ojos un monopolio que sólo beneficiaba a los productores dominicanos, en detrimento de sus intereses. Lo cierto es que, antes de la formalización de la compañía, el bajo precio tenía arruinado el negocio y, tras el breve paréntesis monopolístico, en el que las cosas no fueron mucho mejor, volvió a hundirse su comercio, por los altos fletes y por los bajos precios a los que se cotizaba el quintal, ¡a un ridículo peso de oro! Y es que, en torno a 1540, su precio de venta era una décima parte de la cotización que alcanzó dos décadas antes.

Por todo ello, en 1541, Álvaro Caballero, contador de la isla, solicitó la renovación de la antigua compañía por seis años, pues si no se remedia en breve tiempo no habrá arboleda alguna de la dicha cañafístula. No obstante, no parece que dicha petición tuviese efecto porque, en adelante, la venta de la cañafístula se practicó libremente por productores y comerciantes. De hecho, en 1542, se estableció una compañía por la cual Francisco Beltrán enviaría el citado fruto al mercader Juan Rodríguez para que lo vendiese en la ciudad del Guadalquivir.

Hacia 1561 se produjo un nuevo intento de las autoridades locales de renovar el monopolio. Todo el producto de la isla y el de Jamaica, Puerto Rico y Cuba se debía mandar a Santo Domingo desde donde se remitiría a un factor en Sevilla. No obstante, desconocemos totalmente el alcance y los resultados de este nuevo estanco.

Entre 1568 y 1596 se registraron en Sevilla 3.865 quintales de cañafístula, un 39,24% procedente de La Española. El monto global de las exportaciones fue relativamente modesto. Suponiendo que se hubiesen vendido a 6.000 maravedís el quintal, precio en el que se mantuvo durante buena parte del siglo XVI, produjeron unos beneficios brutos de unos 62.000 ducados, de los que unos 24.000 pertenecían a productores dominicanos. Descontados los gastos de su elaboración, fletes, comercialización e impuestos, tendríamos unos beneficios anuales para la isla de menos de 500 ducados anuales. A juzgar por estos datos parece claro que la cañafístula pudo suponer un complemento económico para la precaria economía de la isla pero desde luego su rentabilidad fue muy inferior a otros productos como el azúcar o el cuero. No obstante, más allá de su rentabilidad económica, esta planta medicinal junto a otras que también se comercializaron, dieron una merecida fama a la isla de ser un auténtico vergel botánico.

En cuanto al jengibre, era una planta de origen oriental que se introdujo en la isla en el segundo cuarto del siglo XVI, pues ya en una carta del cabildo de Santo Domingo, fechada en 1533 se hablaba de este cultivo. Se le atribuían cualidades para aliviar los dolores de estómago además de utilizarse como especia en la cocina. En 1538, se firmó un asiento con Juan de Oribe para cultivar en exclusiva en La Española, y otras islas y Tierra Firme, jengibre, pimienta, malagueta, clavo, canela, nuez moscada y otras especias. A cambio, de tributar la mitad de los beneficios, el Emperador se comprometía a no permitir la entrada de especias desde fuera del Imperio. Desconocemos, si este asiento llegó a tener consecuencias prácticas. Probablemente el silencio de la documentación posterior nos esté indicando un fracaso prematuro. Lo cierto es que su explotación no adquirió un carácter intensivo hasta los años setenta. Ya en 1572 la audiencia informó que, pese a que era un cultivo muy apto para aquellos territorios, los vecinos no se empleaban en ello porque la competencia del género procedente de otros reinos había provocado que no tuviese salida. Las circunstancias debieron mejorar cuando, pocos años después, algunos vecinos de la isla, como los hermanos Rodrigo y Hernando Peláez, naturales ambos de Martos (Jaén) y Juan Sánchez Bueno, se dedicaron de lleno a dicho cultivo. En octubre de 1578 el guardián del convento de San Francisco recibió una caja con azúcar y jengibre dominicano que pesó 22 arrobas y cinco libras y que trajo a Sevilla un navío de que fue maestre Antonio Beloso. Había algunas compañías dedicadas a su exportación; así por ejemplo, Diego de Monroy, clérigo, natural de Zafra y residente por esos años en Santo Domingo, se dedicaba al envío de jengibre consignado al doctor Simón de Tovar, residente en Sevilla. En la última década del siglo también funcionaba una compañía entre Jerónimo Pedrálvarez, vecino de Santo Domingo y Pedro Díaz de Abreu, mercader residente en Sevilla. El primero mandaba jengibre y dinero en efectivo al segundo y éste enviaba pipas y botijas de vino.

Una buena parte del jengibre que llegó a Sevilla entre 1576 y 1597 procedía de La Española, mientras que el resto era de Puerto Rico y de Cuba. Concretamente, del jengibre que conocemos su origen, el 79,26% era dominicano, por lo que aplicando ese porcentaje a la suma total obtenemos que en el último cuarto del siglo XVI llegaron procedentes de la isla más de 28.364 quintales, a una media de 1.350 quintales anuales. Una cantidad nada despreciable, teniendo en cuenta que en 1584 se pagaba la libra de jengibre entre 48 y 52 maravedís. Y es que esta especia representó en los años 80 más del 40 % del valor de todas las exportaciones registradas en Sevilla, solo por detrás de los cueros vacunos. Los propios cultivadores dominicanos tasaron en 1580 el valor anual de la cosecha de jengibre en torno a los 200.000 ducados. Sin embargo, pese a su explotación masiva, a corto y medio plazo padeció los mismos problemas que el resto de las producciones agropecuarias de la isla, a saber:

Primero, los fletes, pues la cargazón no sólo era cara sino que había un desfase entre la fecha de la recolección y la del envío. Al parecer, los barcos debían estar en La Habana cargados a lo largo del mes de abril o a principios de mayo. Sin embargo, dado que la cosecha no quedaba preparada hasta finales de mayo debían embarcar en abril la producción del año anterior, ya deteriorada por el transcurso de los meses.

Y segundo, el precio de venta del género experimentó un progresivo descenso, básicamente por el aumento de la oferta. Así, en 1587 y 1588 se estimaba que se pagaba a un precio tres veces inferior al que alcanzó a comienzos de esa década. Por estos dos motivos su cultivo redujo ostensiblemente el margen de beneficio de los productores dominicanos. En reiteradas ocasiones, el cabildo de Santo Domingo pidió que, dado que fue en esta isla donde se sembró por primera vez, se prohibiese su cultivo en cualquier otro territorio. El celo monopolístico de los productores de Santo Domingo, les llevó incluso a prohibir su cultivo en el obispado de Concepción de la Vega, lo que provocó, con razón, protestas de los vegueros. Lo cierto, es que la Corona no aceptó semejante monopolio que a fin de cuentas sólo beneficiaba a los productores dominicanos. Todos estos problemas hicieron que el cultivo terminara a medio plazo colapsado. Todavía en el censo de 1606 se contabilizaron nada menos que 85 propietarios de estancias de jengibre en Santo Domingo, sin embargo, tres décadas después había dejado de ser uno de los artículos de la exportación dominicana.

Mucha menos importancia tuvo el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que entonces se valoraba más por sus supuestos beneficios para la salud. Al parecer, los indios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis, mientras que su resina se utilizaba como sudorífico. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente las virtudes del Guayacán para remediar la sífilis que por aquel entonces azotaba Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades.

La explotación continuó en los años sucesivos, pues, entre 1561 y 1596 se remitieron otros 13.092 quintales de los que el 87% procedía de La Española y Cuba. Incluso, algún cargamento se reexportó fuera de España. Así, el 22 de junio9 de 1581, Nicolás Lambertengo y Rigardo Siardo, mercaderes lombardos, remitieron para su venta en Venecia 102 quintales de palo de guayacán así como tres cajas de cortezas del mismo árbol, con un peso de 42 arrobas, por un valor de 164.197 maravedís. Sin embargo, esta exportación fue excepcional, y a juzgar por las cifras globales, no parece que el guayacán jugara un papel significativo dentro de la economía de la isla.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La medicina indígena en las Antillas y su comercialización (1492-1550)”, Asclepio, Historia de la medicina y de la ciencia (CSIC). Madrid, 1997, pp. 185-198.

 

----- “Otros sectores productivos y económicos”, en Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, 2013, pp. 425-471

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