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         Cuando hablamos del oro y la plata que las huestes se fueron repartiendo en las fundiciones de San Miguel de Tangarara, Coaque, Cajamarca, Jauja y Cuzco hay que pensar que no era metal precioso de minas, sino piezas de orfebrería incaica que acababan irremediablemente en el horno. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, de la que solo escapó una pequeñísima parte. Y todo para tratar de saciar la voracidad metalífera de los invasores.

        He transcrito y analizado todos los registros de las fundiciones realizadas en el Perú y, pese al fraude, salen a relucir numerosas piezas que debieron tener un enorme valor artístico. En los listados de piezas fundidas en la villa de San Miguel de Tangarara, entre el 19 y el 5 de agosto de 1532, se citan gargantillas, collares, anillos una corona y varios tejuelos, todos ellos de oro. En las funciones de Cajamarca, Jauja y Cuzco se fundieron decenas de esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, vajillas y hasta camisetas confeccionadas con hilo de oro. Llaman la atención dos piezas en particular fundidas en Cuzco: una, un hombre de oro que entró a fundir García de Salcedo. Y otra, una fuente de oro esmaltado, que el gobernador había salvado de la fundición de Cajamarca, convirtiéndola en lingotes en la de Cuzco. Y todo ello sin contar la plumería fina y las piezas textiles y cerámicas que fueron directamente desdeñados por los europeos.

        El 9 de enero de 1534, el gobernador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando a España para llevar el quinto al emperador y de paso obtener mercedes. Pues bien, junto al quinto fundido en lingotes, valorado en ¡107.735 pesos de oro y 12.000 o marcos de plata!, traía varias piezas sin fundir para disfrute de los cortesanos: algunas vasijas, ollas y atambores así como varios ídolos macizos de oro y de plata. Desgraciadamente, todo eso también debió acabar hecho lingotes para pagar los ejércitos europeos.

El 23 de julio de 1538, Hernando de las Casas, vecino de Sevilla, volvía a entregar al Emperador en Valladolid un rico presente enviado por Francisco Pizarro. El listado es tan curioso y llamativo que me permito reproducirlo íntegro:

 

Cuadro I

Tesoro inca entregado en

Valladolid al emperador en 1538

 

Nº de piezas

Metal

Objeto

3

Oro

Carneros grandes

10

Oro

Mujeres

1

Oro

Inca orejón con su corona del mismo metal

892

Oro

Barras de ocho quilates, marcadas con la marca real y contramarcadas con una C y una estrella y todas con cabo y cola

215

Oro

Barras de diez quilates marcadas todas ellas de la dicha marca y de otra, las dos de ellas sin cabo

8

Plata

Mujeres de plata grandes

4

Plata

Mujeres de plata pequeñas

3

Plata

Carneros grandes

1

Plata

Cordero (sic)

 

        Una auténtica fortuna, de un valor incalculable y por el que en la actualidad cualquier museo del mundo suspiraría.

        Por si fuera poco, cuando varias décadas después los hispanos tomaron Vilcabamba, el último reducto de los incas, las pocas piezas que estos habían podido salvar corrieron la misma suerte. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo aurífero del sol, fueron llevados a Cuzco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Los Incas y su cultura material eran por aquel entonces historia.

 

 

FUENTE

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro. Traición, ambición y drama en los orígenes del Perú. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2014 (en prensa).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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