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Hace unos meses una brillante estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, Marina Romero, me hacía la pregunto que uno siempre espera de sus alumnos y que nunca te hacen: ¿Cree usted que hubiese sido posible otro modo de conquista y colonización sin emplear la barbarie? Mi respuesta fue contundente: sí. Y ello a pesar de que tanto su profesor como otros muchos grandes historiadores fueron igual de contundentes pero en sentido opuesto. De hecho, hace pocos años el hispanista inglés Hugh Thomas afirmó que los españoles no podían haberse comportado de otra forma.

En principio, podríamos pensar que la destrucción del mundo indígena americano, como la del mundo ibérico por los romanos, fue inevitable. Que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Hay toda una corriente de pensamiento que arranca al menos de la Antigüedad clásica, que plantea la guerra entre los pueblos como algo ineludible. Así lo sostenía el historiador ateniense Tucídides en el siglo V a. C. Pero esto no tiene por qué ser necesariamente así. En este sentido, ha escrito Josep Fontana que una vez que los hechos se han consumado se muestran como inevitables, esfumándose cualquier alternativa. Sin embargo, ya un viejo proverbio chino rezaba que el supremo arte de la guerra era vencer al enemigo sin violencia. Pero es más, en la misma época de la Conquista hubo un nutrido grupo de personas que creyeron en esa vía alternativa, es decir, en la evangelización pacífica. La primera de ellas fue Isabel la Católica quien, en una de las cláusulas de su testamento, dijo que los indios sólo se resistían a los predicadores cuando previamente eran atacados y robados. Por ello, recomendaba que no se utilizara la espada sino la paz y el amor. Siendo así, continuaba la Soberana, los nativos responderán de la misma forma. Queda claro, que la posibilidad de la evangelización pacífica no la formularon por primera vez los dominicos sino la mismísima reina Isabel. Más tarde, algunos miembros de la corriente crítica, como fray Pedro de Córdoba, fray Bartolomé de Las Casas o Vasco de Quiroga, lo reiteraron de nuevo con la misma claridad.

En 1549 un grupo de dominicos, liderados por fray Lues de Cárcal, trataron de atraer pacíficamente a los nativos de la Florida, pero fueron todos ellos asesinados. Ello se debió precisamente a los estragos que habían causado previamente grupos expedicionarios como los de Hernando de Soto, desde 1539 y que no se caracterizaron precisamente por la bondad con los naturales. Pero no fueron los únicos que defendieron esta vía alternativa. También el franciscano Gerónimo de Mendieta, al igual que el obispo de Honduras Cristóbal de Pedraza, estaban convencidos de la bondad innata del amerindio y siempre defendieron la posibilidad de una penetración pacífica, en la que fuese posible la fundación de una nueva cristiandad, libre de las herejías y de los excesos del viejo continente. Asimismo, algunos cronistas laicos estuvieron en esta misma línea, como Girolamo Benzoni que escribió con una claridad meridiana lo siguiente:

Si los españoles cuando empezaron a entrar en esos territorios se hubiesen presentado con benignidad, y con benignidad y mansedumbre hubieran continuado, es de suponer que aquellas gentes incultas y bárbaras hubieran aprendido a vivir racionalmente, hubieran cultivado alguna virtud en honor y utilidad del nombre de Cristo, y no se hubiera producido la muerte de tantos españoles ni la aniquilación de tal multitud de indios.

Garcilaso de la Vega se sumó igualmente a esta propuesta, argumentando que estaba muy difundida en el Incario la idea de la llegada por el este de nuevos dioses que cambiarían el mundo y acabarían con la tiranía de Atahualpa. Por ello, estaba convencido de que, si los españoles los hubiesen tratado con amor y buenas palabras, hubiesen aceptado su conversión rápidamente. Por su parte, Antonio de Herrera, quizás con la ventaja de la perspectiva de los años, no es menos claro en ese sentido al decir:

Adonde los naturales dan lugar al ejercicio de las armas espirituales, manifiesto es el fruto que ellos hacen en breve tiempo, mediante la gracia de nuestro Señor.

Yo estoy convencido que sí fue viable o posible otra forma de ocupación, aunque la decisión fuera tan arriesgada y difícil que ni siquiera Isabel la Católica se atrevió a ponerla en práctica. Pero, no podemos negar que se dieron algunas circunstancias que pudieron favorecer esa evangelización pacífica: la abrumadora superioridad técnica e intelectual de los europeos, la constante de que el indio creyese que eran dioses pacificadores y la existencia, casi desde el inicio de la colonización, de una importante corriente crítica defensora de estos postulados. Prueba de que fue factible es que, allí donde hubo una entrada pacífica, sin injerencias externas, los indios aceptaron de buen grado a los nuevos colonizadores. De hecho, en 1547 el obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, siguiendo los pasos de su antecesor el padre Las Casas, y con autorización del virrey, envió una expedición de dominicos a Goazacoalco, región situada entre Tabasco y Chiapas, con el objetivo de pacificar a sus habitantes. Les ofrecieron el privilegio de quedar al margen de las encomiendas y una exención tributaria de seis años. El resultado fue su rápida pacificación y su pronta conversión. Por otro lado, si algunos experimentos de evangelización pacífica fracasaron fue porque se produjeron expediciones incontroladas de saqueo que provocaron su rebelión. Ahora, bien, ¿Cómo hubiera sido todo si se hubiera impuesto la conquista evangelizadora? Es difícil hacer historia contrafactual, pero probablemente el proceso hubiese sido mucho menos traumático, al menos para los pobres amerindios.

Una cosa más: ¿hubiese sido posible que alguno de los grandes estados, como el mexica o el inca, hubiese subsistido y coexistido con el dominio español? Sinceramente, creo que sí. Si Moctezuma hubiese reaccionado desde el primer momento y hubiese frenado a sus oponentes, como proponía Cuitlahuac, probablemente hubiese ganado el tiempo suficiente para reorganizar su ejército. Y, a partir de ahí, quién sabe lo que hubieran podido aguantar. De haberlo logrado se hubiesen convertido en un estado muy atrasado, pero que quizás por los influjos externos hubiese evolucionado más rápidamente. Aunque no sean exactamente comparables, también el zarismo o la China clásica fueron imperios bastante primitivos, al menos políticamente, y subsistieron hasta la Edad Contemporánea.

Las Casas, finalmente, desmoralizado por el irreparable daño cometido, planteó como única solución a los ojos de Dios dejar a todos los indios en libertad, visitados sólo de vez en cuando por religiosos para encauzar su conversión. Así preveía que, en algunas décadas, como conejos tornasen a multiplicarse. Su propuesta era inviable, imposible de asumir para el Imperio Habsburgo pero también para los propios indios, cuyo mundo había quedado ya profundamente impactado para siempre.

Por desgracia, los hechos sucedieron como sucedieron; ojalá tuviésemos una máquina del tiempo para volver atrás, hacer las cosas de otra forma y poder escribir una historia distinta.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

CLAVERO, Bartolomé: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid, Marcial Pons, 2002.

 

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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