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Uno de los primeros motines ocurridos en el norte novohispano fue el del Mixtón, entre 1541 y 1542. En el norte del virreinato se rebelaron las tribus caxcanes que extendieron el conflicto hasta Guadalajara. Una rebelión que, como tantas otras, tuvo un fuerte componente religioso y milenarista. El virrey Antonio de Mendoza envió numerosos capitanes que fueron fracasando uno tras otro. Pedro de Alvarado, por ejemplo, resultó herido de muerte al ser derrotado en las montañas del Mixtón. Como de costumbre, el virrey no podía consentir semejante agravio por lo que reunió fuerzas suficientes hispano-mexicas para acabar definitivamente con los focos de resistencia, ubicados en las montañas. A mediados de 1542 se daba por sofocada la rebelión. Terminaba así lo que algunos han llamado la segunda conquista de México.

Sin embargo, no acabaron los altercados protagonizados por determinados grupos chichimecas, hasta el punto que el virrey Luis de Velasco se vio obligado a enviar un sin fin de expediciones de castigo, entre 1550 y 1564. Su sometimiento tardó décadas porque utilizaban, como en las Antillas Mayores, la técnica guerrillera. Atacaban objetivos muy concretos y rápidamente se replegaban. Ya en 1551 Hernán Pérez de Bocanegra y el capitán Gonzalo Hernández de Rojas encabezaron una expedición, compuesta de una treintena de españoles y un millar de auxiliares que causaron grandes estragos entre los rebeldes. Dos centenares de ellos fueron herrados y vendidos en México. Pero, la situación no se terminó de solucionar porque no obedecían a un jefe común, es decir, se trataba de pequeñas cuadrillas independientes. En los años siguientes continuaron enviándose expediciones de castigo, que prácticamente se limitaban a capturar indios para venderlos en los distintos mercados de esclavos de Nueva España.

Mientras el líder Caxcán Francisco Tenamaztle decidió abandonar la lucha armada e ir a reivindicar sus derechos a España, Maxorro, el más importante caudillo chichimeca decidió continuar la lucha armada, aglutinando en torno suyo a un buen número de caciques en el norte de México. Éste, a partir de 1554 realizó varias incursiones en la zona de Zacatecas, causando un buen número de bajas entre los hispanos. Entre sus objetivos prioritarios estuvo siempre la captura de mujeres indígenas, probablemente con el objetivo de aumentar su capacidad reproductora. Los ataques continuaron en los años sucesivos y hasta tal punto se sintieron impotentes las autoridades españolas que decidieron cambiar de estrategia. Pensaron en llevar a cabo una evangelización pacífica, con religiosos franciscanos. Esta idea se puso en práctica con resultados muy positivos que de vez en cuando se veían ensombrecidos por alguna incursión incontrolada de alguna cuadrilla de españoles en busca de esclavos. El problema en el norte de México se enquistó y perduró a lo largo de varias décadas.

         Efectivamente, en mayo de 1554 se presentó en la corte de Valladolid don Francisco Tenamaztle, cacique de los pueblos de Nochistlan y Sucxipila, en Nueva Galicia, acompañado por un intérprete indio. Al parecer, vino a la Península preso, procedente de la región de Jalisco de donde era señor y solicitando la reparación de los agravios cometidos contra su pueblo. El trato dispensado por la Corona fue muy cordial y generoso, acorde con su rango caciquil y en consonancia con la política que desarrollaba la Corona desde los primeros tiempos de la colonización. De hecho, el Emperador dejó dispuesto por una Real Cédula, dada en Valladolid, el diez de mayo de 1554 y refrendada del secretario Samano, que se abonasen al dicho indio cuatro reales diarios para su mantenimiento durante todo el tiempo que estuviese en esta corte, a contar desde el cuatro de mayo del citado año. Conoció personalmente a fray Bartolomé de Las Casas quien presumiblemente lo ayudó a clarificar sus ideas y en la redacción del memorial. A primeros de julio de 1555 presentó ante el Consejo de Indias su memorial de agravios, en el que pedía la liberación de su pueblo de la servidumbre impuesta, la restitución de su señorío y la supresión de la encomienda que, a su juicio era una forma encubierta de cruel esclavitud.

         En vista del trato recibido y de la pensión diaria a costa de las arcas reales, el ilustre indio decidió quedarse una larga temporada en la Península, para conocer bien los reinos de España. No sabemos mucho más sobre su estancia en tierras españolas, sus actividades, los lugares visitados, etcétera porque la documentación es parca al respecto. Sin embargo, sí sabemos que permaneció en tierras castellanas hasta finales de octubre de 1556, después de haber estado postrado en una cama desde septiembre de ese mismo año. De hecho, el 31 de octubre de 1556 se ordenó el pagó al doctor Peñaranda, médico, por los cuidados del señor de Nochtitlán, que era ya difunto (AGI, I.G. 425, L. 23, fol. 253v.). No sabemos quién era este doctor Peñaranda, pues su nombre no aparece entre los que ejercieron en Valladolid. No parece que se trate del famoso Francisco Peñaranda, el médico que por aquel entonces estaba en Barcarrota y que emparedó la famosa biblioteca judeoconversa. Y digo que no parece que sea él, porque aquel era doctor y éste solo bachiller. Los costes de su estancia en la Península ascendieron a 125.974 maravedís, de los que 119.974 correspondieron a su ya mencionado salario diario y los restantes 6.000 a los gastos que ocasionaron su enfermedad.  

         Don Francisco Tenamaztle no pudo retornar con los suyos como hubiese deseado. Pero su resistencia a las injusticias cometidas por los hispanos y su decidida defensa de los derechos de su pueblo lo han convertido en un referente para la América indígena. Según el historiador mexicano Miguel León-Portilla estamos ante uno de los precursores de los derechos humanos, algo así como un padre Las Casas laico e indígena.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

CARRILLO CÁZARES, Alberto: El debate sobre la guerra chichimeca. México, El Colegio de Michoacán, 2000.

 

CLAVERO, Bartolomé: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid, Marcial Pons, 2002.

 

LEÓN-PORTILLA, Miguel: La flecha en el blanco. Francisco Tenamaztle y Bartolomé de las Casas en lucha por los derechos de los indígenas, 1541-1556. México, Editorial Diana, 1995.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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La mayor parte de los conquistadores tuvieron un destino trágico, acorde con la situación límite en la que quisieron vivir. Algunos de ellos obtuvieron dinero suficiente para disfrutar de una vida holgada, sin embargo decidieron vivir en el filo de la navaja. Muy pocos fueron los que murieron en su cama, ricos y rodeados por el cariño de los suyos. La codicia los enfrentó y fue frecuente que unos adelantados o capitanes generales realizasen incursiones en otras gobernaciones limítrofes para entender el secreto de ellas. Eso dio lugar a un sin fin de desafíos.

En general, Fernández de Oviedo se refirió a la mala fortuna de la mayoría de los emigrantes, pues, según él, de un centenar no sobrevivía una veintena, y de estos apenas tres ricos. Pero en particular se refirió al mal fario de los Adelantados de forma que ningún hombre en sus cabales procuraría tal título. Efectivamente, muchos adelantados y conquistadores tuvieron una muerte prematura y violenta, otros acabaron totalmente arruinados tras invertir en expediciones que terminaron en el más absoluto de los fracasos. Sin ir más lejos, Pedro de Valdivia perdió su vida a manos de los araucanos. Tras ser prendido por Caupolicán, suplicó por su vida pero, tras un largo suplicio, le propinaron un golpe en la cabeza con una maza que lo mató en el acto. A continuación, en un festín ritual se lo comieron. Trágico, sin duda, pero no olvidemos que él antes había cometido todo tipo de barbaridades, cortando las narices y las manos a centenares de prisioneros. No mejor suerte corrió García de Paredes que sucumbió a manos de los caribes, o Juan de la Cosa que perdió la vida traspasado por decenas de flechas.

Casos de conquistadores y adelantados que muriesen plácidamente en su cama son muy contados. El cronista Alonso de Góngora destacó la venturosa buena muerte que tuvo el gobernador del reino de Chile Francisco de Villagrá, pese a que lo hizo a los 56 años después de padecer durante meses fuertes dolores provocados por la sífilis. Probablemente lo decía comparándolo con otros casos de muertes mucho más violentas que él mismo pudo conocer de primera mano, como la sufrida por Pedro de Valdivia que fue capturado, torturado, mutilado y asesinado por Lautaro. En cualquier caso, es obvio que morir en la cama con tiempo para disponer testamento y preparar espiritualmente el alma eran suficientes elementos para hablar de buena muerte, al menos entre los conquistadores. Diego Velázquez, murió también en su lecho en Cuba y no precisamente pobre. Sin embargo, los que estuvieron cerca de él en sus últimos años cuentan que nunca superó el amargor que le produjo la traición de Hernán Cortés. Este último falleció en Castilleja de la Cuesta en 1547 y, aunque siempre tuvo cierta desazón por no haber sido reconocidos suficientemente sus derechos, lo cierto es que dentro del conjunto de los conquistadores fue muy afortunado. También Hernando Pizarro, aunque confinado durante largo tiempo en el castillo de la Mota, murió longevo, perdonado y rico. Seguramente era el más avispado de los Pizarro, pues, pese a sus tropelías, fue el único de los hermanos que consiguió sobrevivir y consolidar el nuevo statu de la familia. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, después de una vida absolutamente azarosa, fue enviado preso a España. Una vez en la Península, el Consejo de Indias lo condenó al destierro en Orán, donde pasó nada menos que ocho años. Al final de su vida, con más pena que gloria, fue indultado, otorgándole un cargo judicial en Sevilla, donde falleció hacia 1560. Gonzalo Jiménez de Quesada, supo dejar las armas y reconvertirse en encomendero y empresario, muriendo serenamente en su lecho en 1579 a los 70 años de edad. Y aunque lo hizo consumido por la lepra, y fuertemente endeudado, tuvo tiempo de disfrutar de un cierto statu social y del reconocimiento de sus méritos de guerra. Su cuerpo fue sepultado en la catedral de Santa Fe de Bogotá.

Los que más suerte tuvieron, acabaron sus días amargados por interminables pleitos, confinamientos, ingratitudes y, en algunos casos remordimientos de conciencia, como Cristóbal Colón o Alonso de Ojeda. Este último, después de estar media vida aterrorizando indios, ingresó en un convento, atormentado por sus culpas. Por su parte, Pedro de Alvarado, estando moribundo en Nueva Galicia, sintió grandes remordimientos de conciencia, confesando entre sollozos, arrepintiéndose y suplicando el perdón divino. Peor aún lo tuvo el adelantado Francisco Pizarro quien, el 24 de junio de 1541, tras ser herido de muerte, pintó una cruz, pidiendo una confesión que no tuvo tiempo de recibir. Era el peor castigo que un cristiano de entonces podía sufrir, perder su cuerpo sin tiempo suficiente para preparar su alma. El destino deparó al trujillano una muerte no menos trágica que la que él dio a Atahualpa, ejecutado injustamente pese a entregar su rescate. Algunos, viendo cerca la muerte, intentaron restituir lo mucho que habían robado, en un desesperado intento, como aparece en el testamento del encomendero Hernán Rodríguez, de evitar que su alma penase toda la eternidad. En 1560, Diego de Agüero cuantificó ante notario lo robado por él y su padre, conquistador y primer poblador del área andina, cifrando su propio delito en 4.000 pesos de oro. La cantidad la puso a censo, rentando 425 pesos anuales que dispuso se abonaran a varios hospicios de indios: 200 al de Santa Ana y 75 respectivamente a los de Cuzco, Lima y Trujillo. Fue relativamente frecuente que encomenderos arrepentidos en el último suspiro de sus vidas, dejasen en sus testamentos algunas limosnas a favor de los indios o de los hospitales que los atendían. Todo ello, temiendo el juicio divino.

La justicia real acabó ejecutando a más de uno, entre ellos a los extremeños Vasco Núñez de Balboa y Gonzalo Pizarro o al guipuzcoano Lope de Aguirre, apodado El Loco. Cuando el delito no era matar simples indios sino cuestionar la autoridad regia, la situación era muy diferente y los castigos solían ser ejemplares, incluida la pena capital. Vasco Núñez, como buen conquistador, pagó con su vida las codicias propias y las ajenas. En sus ambiciones expansionistas se cruzó pronto otro noble castellano, el segoviano Pedrarias Dávila, nombrado nuevo gobernador de Tierra Firme, llamada ahora Castilla de Oro. Balboa quedaría en una incómoda segunda posición, supeditado al segoviano. El enfrentamiento entre los dos caudillos estaba servido. Solo uno de los dos podría sobrevivir, siempre bajo la mirada atenta de Francisco Pizarro que de momento, permanecía en la sombra a la espera de su oportunidad. La tensión entre ambos contendientes no cesó de aumentar, pese al compromiso de boda del jerezano con María de Peñalosa, una hija del gobernador. Este futuro enlace fue auspiciado por fray Juan de Quevedo, obispo de Tierra Firme, con el objetivo de limar diferencias entre uno y otro. Era un viejo recurso, usado tradicionalmente por la propia monarquía para mantener la paz con los estados de su entorno. En teoría ganaban los dos, Balboa conseguía el apoyo del gobernador en sus planes expansivos y Pedrarias la lealtad de su futuro yerno. El prelado siempre pensó que las capitulaciones matrimoniales serían suficientes para evitar el enfrentamiento entre los dos titanes. Pero se equivocó.

En 1516 Pedrarias Dávila le autorizó por dos años a proseguir sus descubrimientos en el Mar del Sur. El adelantado se demoró porque debió transportar desde Acla las maderas y la jarcia para construir varios bergantines. De forma absurda, Pedrarias Dávila, a través de Gaspar de Espinosa, le acuso de traición por no haber regresado al punto de partida tras vencerle la licencia. Al parecer, Andrés Garabito, estaba enamorado de Anayansi, una joven india hija del cacique Careta que éste entregó al jerezano y con la que éste mantuvo una relación. Incluso, en una ocasión, aprovechando la ausencia de Balboa, intentó sin éxito forzarla. Cuando lo supo el jerezano le recriminó duramente su actitud. Éste, que aparentemente mostró su arrepentimiento se sintió despechado por lo que escribió a Pedrarias que el adelantado se había alzado en la zona del rio de la Balsa, contra su autoridad y la de su Majestad. Pedrarias, que en el fondo siempre receló del jerezano, creyó o fingió creer el testimonio de Garabito y ordenó su apresamiento. Así, estando de regreso en la ciudad de Santa María de la Antigua fue apresado, bajo la acusación de tramar una rebelión. Entre los que participaron personalmente en el arresto estaba su antiguo amigo y colaborador Francisco Pizarro. Fue trasladado a Acla y, en enero de 1519, tras un juicio sumarísimo, fue condenado a morir decapitado junto a otros cuatro españoles, a saber: Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernán Muñoz y Andrés de Valderrábanos. Los cargos, los mismos de siempre: la muerte de Balboa, la expulsión del bachiller Enciso, el fracaso en el Dabaibe y el haber sobrepasado en nueve o diez meses el plazo que tenía de exploración en el mar del Sur. Sin embargo, de los dos primeros casos ya había sido absuelto en un juicio de residencia, y los otros dos motivos no eran suficiente ni tan siquiera para encausarlo.

El jerezano protestó y alegó con fundamento que jamás pensó en la rebelión contra la corona de Castilla, pues de haber sido así jamás se hubiese dejado apresar. Y no le faltaba razón, en el momento de su arresto disponía de 300 hombres bien armados y adiestrados y cuatro navíos, suficientes para resistir a cualquier hueste que se hubiese enfrentado a ellos. Incluso, el propio Espinosa cedió, pues aunque mantuvo su acusación de traición, añadió que por sus muchos méritos merecía evitar la pena capital. Pero, Pedrarias Dávila, haciendo gala a su apelativo de furor domini, insistió: Pues si pecó, muera por ello. Efectivamente, Espinosa cumplió la orden, no sir viendo de nada su defensa, pues, como dijo Girolamo Benzoni, donde reina la fuerza de nada vale defenderse con la razón. No menos claro lo dijo Fernández Oviedo para quien nadie creía en la culpa del jerezano por traición pero la ejecución la permitió Dios como pago por la muerte de Diego de Nicuesa. En enero de 1519, fue conducido al cadalso mientras un pregonero voceaba: ésta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor y don Pedrarias Dávila, su lugarteniente, por traidor y usurpador de las tierras sujetas a su real corona. El jerezano murió jurando que todo era mentira y que ni siquiera pensó en la posibilidad de una rebelión. Pero, daba igual, el viejo Pedrarias Dávila se quitaba un viejo enemigo de encima al igual que Francisco Pizarro, que tenía ya despejado su ruta hacia el Tahuantinsuyu.

Su ejecución en Acla, cuando debía tener unos 44 años de edad, fue absolutamente injusta porque no hubo rebelión contra la autoridad vigente ni hizo nada diferente de lo que hacían habitualmente el resto de sus compatriotas. El autor moral, Pedrarias Dávila, no era menos codicioso ni tenía menos muertes a sus espaldas, mientras que el licenciado Espinosa, el ejecutor material, causó tantos estragos en tierras del cacique Quema, que según Las Casas dejó 40.000 ánimas en los infiernos plantadas.

Ahora bien, quien a hierro mata a hierro muere, y eso exactamente fue lo que le ocurrió al guerrero extremeño. De hecho, Balboa condenó a una muerte segura a Diego de Nicuesa, cuando le obligó a zarpar rumbo a la Española en un bergantín en mal estado, el 1 de marzo de 1511. Y ello a pesar de que incluso suplicó que le dejasen quedar como un soldado más. Lo cierto es que nunca más se supo de él ni de los hombres que le acompañaban, por lo que supusieron, escribió Anglería, que se fueron todos a pique con el mismo barco. Todos los cronistas justificaban por norma las ejecuciones como un castigo divino por los pecados cometidos en vida. El padre Las Casas que denunció los robos y atropellos de Balboa y sus hombres, como los de otros conquistadores, se consolaba diciendo que la mayoría de ellos no pudo disfrutar del botín porque la mayoría tuvo un mal final, muriendo en breve plazo. En cambio, Fernández de Oviedo también creía en la inocencia del jerezano, pero su ejecución la permitió Dios como castigo por la muerte de Nicuesa.

Otros murieron siguiendo a sus líderes a un viaje a ninguna parte. La exploración errante del sur de los Estados Unidos por Hernando de Soto, entre 1539 y 1542, fue una empresa tan arriesgada como suicida. Tal como se planteó, estuvo condenada desde un primer momento al fracaso. La caminata nunca tuvo un rumbo fijo, y lo mismo se dirigía al norte que giraba al oeste o retornaba al sur, dependiendo de las informaciones que sobre el terreno iban obteniendo de los propios nativos. Y ello por el ansia voraz de metal áureo; siempre soñaron con que en algún paraje les saliera al encuentro un gran monarca, como Moctezuma o Atahualpa, con un importante tesoro estatal que saquear y así retornar ricos a su patria. Y es que la imaginación de estos conquistadores no tenía límites, desde la leyenda de Jauja al Dorado, pasando por las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o la fuente de la eterna juventud que con tanto empeño buscara precisamente Ponce de León. Y en la búsqueda suicida de esos mitos, empeñaron sus vidas y las de los pobres indios que tuvieron la desventura de toparse con ellos.

¿Hubo alguna posibilidad de éxito? si el objetivo hubiese sido poblar los fértiles campos de la Florida, aprovechando las mejores tierras para el cultivo y los pastos para el ganado, es posible que el resultado hubiese sido otro. Todos los cronistas coinciden en la riqueza agrícola de muchos de esos territorios, especialmente de zonas como la de Apalache, donde abundaban los cultivos de maíz, frijoles y calabazas. Poseía un clima templado que guardaba muchas similitudes con el Mediterráneo y allí hubiesen sido viables, en aquellos momentos, colonias de agricultores y ganaderos, como lo fueron un siglo después. Y de haberse realizado, probablemente la historia de aquellos territorios hubiese sido muy diferente. Pero, es obvio, que por la cabeza de esa primera generación de conquistadores rondaban otras ideas. Como hemos dicho reiteradamente, buscaban esencialmente oro, y los indios se los quitaban de encima siempre señalando más al norte o más al oeste. Y ellos, siempre crédulos, recorrieron varios miles de kilómetros buscando lo que sólo existía en su imaginación. Sobrevivieron 322 personas, más o menos la tercera parte de la expedición; los demás dejaron su vida en unas tierras en las que con tanto ahínco buscaron oro pero en las que sólo encontraron la muerte.

No menos trágica fue la expedición de Francisco de Orellana al Amazonas. Como es sabido, Gonzalo Pizarro, paisano de Orellana y hermano del conquistador del Perú, decidió organizar una expedición buscando el país de la Canela del que, al parecer, había escuchado hablar a los propios indios. En febrero de 1541 partió de la ciudad de Quito con poco más de dos centenares de españoles y 4.000 nativos auxiliares, incorporándose luego su paisano Francisco de Orellana con otro medio centenar de hombres. La travesía duró más de un año, hasta agosto de 1542, período en el que se completó por primera vez todo el curso del Amazonas, entonces llamado o conocido como río Marañón. Recorrieron más de 6.000 kilómetros, bajando por el río Napo –o río de la Canela- y por el Amazonas hasta llegar a la desembocadura. Por falta de alimentos, Gonzalo Pizarro acampó, enviando a Francisco de Orellana con dos navíos río abajo en busca de comida. Consiguió llegar al pueblo de Aparia donde el cacique se vio obligado a abastecerlo convenientemente. Sin embargo, aquél nunca regresó al encuentro con Gonzalo Pizarro por lo que éste decidió retroceder hasta Quito, acusando a su paisano de traición. Francisco de Orellana esgrimió en su defensa dos argumentos: uno, que recorrió más de doscientas leguas en busca de los ansiados víveres y que no fue posible regresar río arriba con los barcos cargados. Y dos, que en cualquier caso sus hombres se amotinaros para evitar dicho retorno. Fray Gaspar de Carvajal escribió una pequeña crónica del viaje con la intención de eximirlo de las acusaciones de traición, ratificando estas explicaciones.

Lo cierto es que, con traición o sin ella, fue Orellana el que realizó el primer recorrido completo por el río más caudaloso del mundo. Sufrieron infinidad de ataques, especialmente en el río Napo, pues los nativos les arrojaban flechas y palos afilados desde las orillas, diezmando a la tripulación. Tras siete meses de navegación, alcanzaron las aguas del Atlántico. Con posterioridad, una tormenta dispersó a los dos buques que, por separado, terminaron arribando casualmente al mismo puerto, el de Nueva Cádiz, en la pequeña isla perlífera de Cubagua, situada en la costa de la actual Venezuela.

Obviamente, el trujillano ni encontró el país de la Canela -solo algunos arbustos dispersos del preciado condimento-, ni el matriarcado de las Amazonas, ni el Dorado sino tan sólo pequeños grupos tribales seminómadas. Pese a todo, regresó a toda prisa a la Península para conseguir una capitulación. En Valladolid, el 13 de febrero de 1544, pactó con el príncipe Felipe –el futuro Felipe II- el poblamiento de una nueva gobernación que fue bautizada con el nombre de Nueva Andalucía. Allí pretendía llevar trescientos españoles para fundar dos villas con sendas fortalezas. A cambio le otorgó los títulos de adelantado y alguacil mayor así como la doceava parte de las rentas de su Majestad. De paso, aprovechó su estancia en Sevilla, desde marzo de 1544, para desposarse con la joven sevillana Ana de Ayala.

Esta segunda expedición partió de Sevilla en febrero de 1545, tras afrontar graves dificultades económicas que dificultaron el apresto de los cuatro navíos que debían componer la escuadra. De hecho, zarpó dejando numerosos acreedores y con los pertrechos más indispensables. Fue un viaje a ninguna parte porque, además de poblar en la selva, pretendía una quimera: remontar el río Amazonas. De hecho, meses antes había justificado el abandono a su suerte de su entonces jefe, Gonzalo Pizarro, en la imposibilidad de remontar río arriba con los navíos cargados. En noviembre de 1546 falleció víctima de una enfermedad, en medio de la selva ecuatorial, cuando sólo tenía 35 años. Aunque sus principales biógrafos afirman que se perdió toda la expedición, hubo algunos supervivientes, entre ellos su esposa, Ana de Ayala, que consiguió llegar, junto a un puñado de hombres, a la isla Margarita. Remontar el río Amazonas y fundar dos colonias permanentes en medio de la selva era una empresa no sólo inviable sino también suicida. No había oro, ni canela, ni más civilizaciones que pequeños pueblos seminómadas. Nada que en aquella época pudiese satisfacer la voracidad insaciable de riquezas de conquistadores, adelantados y hasta de colonos que habían abandonado sus humildes oficios en Castilla para reconvertirse en cazadores de fortuna.

Probablemente el adelantado de Nueva Andalucía, como otros adelantados y conquistadores, no fue más que otra víctima de la vorágine de la conquista que se llevó por delante no sólo a millones de indios, sino también a cientos de conquistadores, adelantados, descubridores, ambiciosos y visionarios. Toda una generación de guerreros, cegados por el ansia de honra y fortuna, que terminaron sus días de manera tan dramática como los amerindios a los que sometieron. Para colmo, como consecuencia de su descubrimiento se inició la depredación del hombre blanco sobre la mayor selva del planeta. Un proceso que hoy continúa a ritmo acelerado y que en breve plazo acabará con la destrucción de lo que todavía hoy se conoce como el pulmón del mundo. Mientras tanto, en esas mismas aguas que recorrió Orellana, se está desarrollando en estos momentos una silenciosa y limpia forma de exterminio. Cientos de nativos que viven en la ribera de la cuenca amazónica están pereciendo debido a la fuerte contaminación del río, provocada por los vertidos de mercurio de los buscadores de oro. Se trata de la última secuela de aquel descubrimiento de hace cinco siglos, que se cerrará probablemente en pocas décadas con la degradación total de uno de los espacios naturales más importantes del mundo.

La mayoría de ellos no sólo murieron trágicamente sino también arruinados o, al menos, fuertemente endeudados. Según los cronistas, los monarcas solían recompensarlos porque era costumbre de los príncipes justos no dejar los servicios sin premio. Pero esta frase no es del todo cierta. En realidad, fueron muy pocos los que recibieron prebendas y mercedes. La mayoría se quedó sin recompensa o ésta fue tan exigua que no les alcanzó ni tan siquiera para llevar una existencia digna. Así, tras la batalla de Añaquito, en las guerras civiles del Perú, se repartieron el botín áureo que encontraron en polvo. Pero fue tan poca cantidad que, según el cronista Pero López, lo echaron a volar al tiempo que decían ¿por qué nos han de dar tan poca cosa? Pero, es más, muchos de ellos quedaron lisiados en combate y todo lo más que se le ocurrió a la Corona fue concederles cincuenta pesos de oro de limosna al que más lisiado estuviere y desde abajo según la calidad de cada uno y la lesión que tuviere. Mucho esfuerzo, muchas penalidades, mucho riesgo y muchas manos manchadas de abundante sangre para tan poca recompensa.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ALBORNOZ, Miguel: Orellana, el caballero de las Amazonas. México, Editorial Herrero, 1965.

 

BENÍTEZ VINUESA, Leopoldo: Los descubridores del Amazonas. La expedición de Orellana. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1976.

 

BUSTO DUTHURBURU, José Antonio del: Francisco de Orellana. Lima, 1965.

 

CARVAJAL, fray Gaspar de: Descubrimiento del río de las Amazonas por el capitán Francisco de Orellana. Trujillo, Excmo. Ayuntamiento, 2011.

 

DUNCAN, David Ewing: Hernando de Soto. A savage quest in the Americas. Oklahoma, University Press, 1997.

 

LE GOFF, Jacques: Pensar la Historia. Modernidad, presente, progreso. Barcelona, Paidós, 1991.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

MUÑIZ, Mauro: Orellana, el tuerto del Amazonas. Madrid, Aldebarán, 1998.

 

SYNE, Ronald: De Soto, finder of the Mississippi. New York, Morrow, 1957.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Tomado de mi libro: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013).

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        En el Antiguo Régimen se enlazaron dos elementos que dieron al traste con el progreso de España: por un lado, los estatutos de limpieza de sangre, por el que quedaron excluidos de los cargos de la administración cualquier persona sospechosa de ser conversa. Y por el otro, la venta por dinero de todo lo que la Corona podía adjudicar, es decir, territorios de realengo, títulos de ciudad, Grandezas de España, marquesados y cualquier oficio, desde una simple regiduría a un corregimiento. Desde los clásicos trabajos de Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás de Valiente, sabíamos que hubo venalidad pero desconocíamos la magnitud. Aunque estemos hablando de una época en la que, al menos en teoría, la honra la daba la sangre, en la praxis con dinero se podía conseguir prácticamente todo, incluido el reconocimiento social. Si el aspirante tenía un origen manchado, no había demasiada dificultad en sobornar a funcionarios judiciales o religiosos para ingresar así en el estamento privilegiado. Todo ello permitió el monopolio del poder por todo tipo de mediocres, corruptos y personas sin escrúpulos. Unos que habían heredado la condición de noble y otros que la habían comprado con dinero. Bien es cierto que la venalidad no fue un fenómeno español sino europeo, presente en distinto grado en otros países como Francia, Flandes, Italia o Portugal.

 

LOS ESTATUTOS DE LIMPIEZA DE SANGRE

 

La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos investigadores que han ido aportando puntos de vista novedosos.

En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir, a los neófitos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.

Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI, estos estatutos habían tenido opositores tan conocidos como el arzobispo de Sevilla, fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Martín de Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos, alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. Parece claro que los estatutos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad.

No obstante, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: en primer lugar, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. En segundo lugar, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Y en tercer lugar que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

En general, las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

 

LA VENALIDAD PÚBLICA

Desde la baja Edad Media, se inauguró una política tendente a capitalizar las arcas reales mediante la enajenación de territorios de realengo o la venta de cargos públicos. Al final del Medievo se establecieron algunas cortapisas para evitar que el Rey pudiese transferir a su antojo tierras de realengo, con el consiguiente perjuicio para la población. Por regla general se estableció la negativa a vender nuevos territorios, salvo en casos de grande y urgente necesidad. Sin embargo, todos estos impedimentos fueron suprimidos al final del reinado del emperador Carlos V y, sobre todo, durante la época de Felipe II. Este último Monarca derogó todas las leyes que limitaban el poder del Rey para vender tierras de realengo, siendo en realidad un paso más en el proceso de absolutización del poder.

Por ello, la venta lo mismo de territorios como de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante a lo largo de la Edad Moderna, tanto en la propia Península como en las colonias americanas. Un fenómeno que se inició en la Baja Edad Media y que se acentuó en los siglos XVI y XVII, a medida que apremiaban las necesidades económicas de los Habsburgo. Y en el siglo XVIII, los Borbones siguieron aplicando esta política recaudatoria, pese a que sus costes fueron infinitamente mayores a los beneficios. De hecho, se estima que a principios del siglo XVIII la venta de cargos proporcionaba menos del 7 por ciento de los ingresos de la monarquía. Y aunque el 6 de marzo de 1701 se decretó la suspensión de la venta de cargos, tres años después, en 1704, se derogó esta última orden por las necesidades financieras de la Guerra de Sucesión

        Se vendía todo lo vendible, desde títulos de ciudad, a títulos nobiliarios, Grandezas de España, pasando por cargos en los Consejos, virreinatos, corregimientos, alcaldías mayores, regidurías, escribanías y cargos militares, desde el de capitán, hasta el de alcaide y alguacil mayor. Las Grandezas de España se cotizaban caras, mientras que un título nobiliario salía algo más económico. Y contribuyendo, no había demasiada dificultad en convertirse en una persona de alto linaje, aunque en realidad tuviese orígenes conversos.

Los cargos se obtenían tanto en beneficio como en venta. En ambos casos se producía un desembolso de dinero por el interesado, pero en el caso de beneficio el cargo adquirido no era en propiedad sino por un plazo de tiempo que oscilaba entre los tres y los ocho años. Pero el abuso llegó a tal magnitud que lo mismo se vendían cargos futuros, es decir, que entrarían en vigor cuando falleciese su poseedor, que el interesado adquiría dos cargos diferentes, pese a no poseer el don de la ubicuidad. Y una vez comprados se podían revender, ceder, arrendar o legar a sus descendientes a conveniencia del propietario y ello tanto en España como en las colonias americanas. Por poner un ejemplo concreto, en 1530, Rodrigo del Castillo, vecino de Sevilla y poseedor del cargo de tesorero y escribano mayor de rentas en la entonces provincia de Honduras, otorgó dos poderes, a saber: uno, para que su hermano Juan de Orihuela, vecino de Sevilla, en la collación de San Román, pudiese usar el oficio en su nombre, y otro, para que a su vez éste lo pudiese traspasar a otra persona. Igualmente, en 1534, el cortesano Lucas de Atienza apoderó a Gaspar de Torres para que cobrase 100 pesos de oro de unas escribanías de la villa de Salvaleón de Higüey en la Española, que había vendido a un tal Juan de Almonacid.

Como es lógico, la venalidad provocó en demasiadas ocasiones la relegación del mérito a un segundo plano, acentuando el problema de la inoperancia de la administración. Se formaron oligarquías locales en las que unas pocas familias controlaban los principales cargos de la administración local, anteponiendo casi siempre sus intereses al de la ciudad. Pues, bien, la situación era especialmente grave cuando se trataba de casos militares. Y digo que es peor porque un mal regidor podía administrar arbitrariamente un municipio pero unos cargos militares hereditarios y, por tanto inoperantes, podían provocar a la monarquía sangrantes derrotas y pérdidas de prestigio, de dinero y de vidas humanas.

        Este monopolio de los cargos militares y judiciales por las élites locales es una muestra de ese gran problema que supuso para España los estatutos de limpieza de Sangre. Bastaba con demostrar un origen cristiano viejo para poder ostentar los grandes cargos de la administración independientemente del talento. A través de estos estatutos de limpieza los cristianos viejos limitaron la capacidad de neófitos y desfavorecidos de acceder a las principales instituciones castellanas. Las consecuencias fueron nefastas para el país, por tres motivos: primero, porque implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Segundo, porque dividieron y enfrentaron a la sociedad. Y tercero, porque apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Estos cargos perpetuos terminaron convertidos en meras rentas vitalicias para los primogénitos de las principales familias locales, convirtiendo dichos cargos en meros adornos para el prestigio social de sus estirpes. Asimismo, las Grandezas de España se concedían a cambio de un fuerte desembolso de dinero, por lo que no tienen más mérito que ese, el de haber contribuido económicamente al sostenimiento de las arcas de la Corona.

Esta mezcla entre estatutos de limpieza y venalidad en la administración, permitió que accedieran a regir los destinos de España personas que no eran ni mucho menos las más preparadas. Cualquier cosa menos el mérito podía ser decisiva para conseguir un alto cargo en la administración, fundamentalmente una probanza de limpieza de sangre o simplemente numerario para comprarla. Una situación que lastró las posibilidades de España durante siglos y que nos relegó a un lugar de segundo orden en el mundo. Todavía en la Edad Contemporánea, sufrimos de forma subconsciente algunas de estas prácticas abusivas en la selección de personal en las altas instancias del Estado.

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS