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        A grandes rasgos hemos de hablar de eficiencia, eficacia, racionalidad y rentabilidad de las flotas de Indias que permitieron a España mantener lo esencial del monopolio comercial. Nadie duda que el sistema de flotas funcionó a la perfección de tal suerte que sólo tres convoyes, de los varios centenares que cruzaron el Atlántico, fueron tomados parcial o totalmente por los corsarios.

         Ahora bien, ¿qué pasó con la defensa de las costas americanas? Esa era otra cuestión. Garantizar su protección era absolutamente imposible porque no se podían mantener armadas y guarniciones militares en todos los enclaves indianos. ¿La Corona se tomó en serio la amenaza corsaria? Obviamente sí, y siempre ordenó a sus más altas autoridades que supervisasen las defensas de los territorios para poner el remedio oportuno. Si no se hizo todo lo deseable no fue por despreocupación o negligencia sino por falta de recursos. El problema fue doble, a saber: primero, financiero porque no había plata suficiente en el mundo para dotar de una defensa eficaz a todas las costas del Imperio. Siempre hubo más proyectos que materializaciones pero ello no se debió tanto a la falta de voluntad como a la escasez de rentas para llevarlas a cabo. Sólo la inversión en la fortificación de Cartagena de Indias en el siglo XVI, superó los 56 millones de pesos. Obviamente, la inversión en infraestructuras defensivas fue muy cuantiosa, sólo asumible en aquellos momentos por un imperio como el de los Habsburgo. Y segundo, humano pues España, con menos de diez millones de habitantes en el siglo XVI, no poseía el potencial demográfico suficiente para poblar todo un continente. Urgía seleccionar, y se eligió bien, concretamente las áreas nucleares donde se ubicaban las sociedades más desarrolladas.

         La adecuada selección de recursos para la defensa costera minimizó los riesgos de una manera económicamente sostenible. Se hizo lo que se pudo, entre las armadas que funcionaban de manera disuasoria, las fortalezas, las labores de vigilancia y espionaje y, llegado el caso, las despoblaciones. Un ingenioso y versátil sistema defensivo de bajo coste que le permitió mantener el monopolio comercial hasta bien entrado el siglo XVII. Lo que sorprende es que un imperio tan vasto como el de los Habsburgo fuese capaz de resistir las embestidas simultáneas de franceses, ingleses y holandeses durante tanto tiempo, sobre todo desde principios del siglo XVII, cuando algunos corsarios estuvieron al frente de auténticas armadas nacionales. En el siglo XVI los logros se limitaron a algunos sonados asaltos sin consecuencias territoriales, mientras que en la siguiente centuria comenzaron a restar territorios al Imperio, como Canadá (1603), Virginia (1607), Belice (1630), la parte occidental de La Española, las Guayanas así como las islas de Barbados (1624-1625), Curazao (1634), Tobago (1634), Guadalupe (1635), Martinica (1635) y Jamaica (1655) entre otros. Bien es cierto que España había descartado el poblamiento de casi todos ellos, al considerarlos zonas marginales, carentes de metales preciosos y de escasa productividad. Pese a estas mermas territoriales, el imperio mantuvo lo esencial hasta principios del siglo XIX. Y ello por una mejora en la eficacia defensiva desde la segunda mitad del siglo XVII que se fundamentó en lo siguiente: en una mayor inversión en fortificaciones, en el aumento de las guarniciones militares, en el crecimiento vegetativo de la población de las colonias y, finalmente, en la adopción del corso por parte de los españoles, en un intento de pagar con la misma moneda a sus enemigos. Esta combinación de factores fue lo que permitió la supervivencia del Imperio en unos momentos de gran debilidad que contrastaba con el creciente poderío inglés y holandés.

         Asimismo, es importante desmitificar al corsario. Nunca se consideró fácil derrotar a una armada española, siempre ordenada y disciplinada, precisamente algo de lo que carecían los buques enemigos. A ello habría que añadir tres matices más: en primer lugar, que la mayor parte de estos bandidos –piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros- murieron de manera violenta, en combate, ahogados, ajusticiados o, lo que es peor, a manos de sus propios correligionarios. Por ejemplo, Jean David Nau, conocido como El Olonés, perdió la vida a manos de los indios, cuando intentaba alcanzar el lago Nicaragua. Otros murieron en enfrentamientos con sus propios compatriotas, como Nicolás Van Horn, quien perdió la vida a manos del afamado pirata Laurent de Graff, Lorencillo, tras el asalto de Veracruz. Muy pocos, murieron plácidamente en su lecho y menos aún ricos. En segundo lugar, que estos no formaban ninguna legendaria nación corsaria sino que entre ellos había frecuentes conflictos y traiciones. No solo entre franceses, ingleses y holandeses, sino entre estos y piratas y bucaneros sin patria, e incluso entre compatriotas que no solían tener escrúpulos en asesinar a un correligionario si ello les permitía una mayor cuota de poder. Obviamente nunca fueron precisamente un modelo a imitar sino que fueron por lo general personas de la peor calaña, sin principios ni valores, dispuestos a conseguir sus objetivos a cualquier precio. El propio Alexander Oliver Exquemelin, el llamado médico de los piratas, que vivió entre ellos, se encargó de narrar con detalle sus crueldades y brutalidades. Y en tercer lugar, que se conocen bien los asaltos corsarios a ciudades y villas portuarias de la América Hispana pero no los fracasos pese a que fueron más numerosos y algunos de ellos no menos sonados. Son de sobra conocidos los asaltos de Francis Drake a Santo Domingo o a Cartagena de Indias pero apenas se habla de las derrotas que este mismo corsario y John Hawkins, sufrieron frente a las defensas hispanas. Por ejemplo, en 1568 desembarcaron en San Juan de Ulúa pero, al poco tiempo, se presentó la flota española que fondeó atónita junto a la armada corsaria. Pese a disponer la flota de un solo galeón de guerra, la capitana, se las arreglaron junto a las escasas tropas de tierra para atacar a los ingleses, hundiendo y tomando varios de sus buques, mientras que sólo dos de ellos, el Minion y el Judith consiguieron huir, abandonando buena parte del botín robado hasta ese momento. Dicen que desde entonces se escuchó decir a Francis Drake en más de una ocasión: España me debe mucho dinero…. En 1575 el corsario inglés Oxenham estuvo hostigando la costa pacífica centroamericana, pero fue capturado por el capitán Pedro de Ortega, recuperado todo el botín robado y ejecutado. El 24 de enero de 1600, el corsario inglés Christopher Newport se presentó en el puerto de Santiago de la Vega de Jamaica, con nada menos que 16 buques. Mientras las campanas de las iglesias alertaban a los vecinos, el gobernador Melgarejo de Córdoba organizó la defensa. Pese a disponer de ¡una sola pieza de artillería! Se le ocurrió la idea de soltar en el momento oportuno una manada de toros bravos, al tiempo que disparaba la lombarda, desconcertando de tal manera a los corsarios que, espantados, decidieron reembarcarse. En 1623 una armada corsaria liderada por los holandeses L´Hermite y Pieter Schouten fracasó sucesivamente en sus intentos de tomar El Callao, Guayaquil, Pisco y Acapulco. Otra escuadra, comandada por Balduino Enrico, atacó San Juan de Puerto Rico, encontrándose con la valerosa resistencia del gobernador Juan de Haro, que se negó a capitular pese a que fue compelido por carta en dos ocasiones. El corsario incendió la ciudad, pero se vio obligado a reembarcarse sin haber conseguido su objetivo de rendir la fortaleza. Pero al holandés le esperaba un revés aún peor, pues desde allí se dirigió a La Habana, ciudad que no pudo tomar ante la titánica resistencia de los defensores de la plaza.

         Entre 1630 y 1654 fuerzas españolas derrotaron y expulsaron en cuatro ocasiones a los corsarios y bucaneros de la isla de la Tortuga, su verdadero santuario en el Caribe, algo así como el Portobelo corsario. Un año antes, una escuadra a las órdenes de Federico de Toledo ocupó e incendió la colonia franco- inglesa de Saint Kitts, en Guayana. Es decir, que España no sólo se defendía de las acometidas corsarias sino que también, cuando le parecía oportuno, asolaba los territorios de las potencias enemigas que no estaban ni muchísimo menos mejor defendidos que los puertos hispanoamericanos. Bien es cierto que los extranjeros no tardaban en regresar porque los hispanos no tenían potencial para ocuparlos permanentemente. Pero quede claro que si ingleses, franceses y holandeses mantuvieron sus santuarios fue por la imposibilidad de los hispanos de poblar territorios teóricamente poco productivos.

         En 1655, como es bien sabido, los ingleses obtuvieron uno de los mayores éxitos de su historia al tomar la isla de Jamaica. Pero hay un detalle que se suele obviar y que, a mi juicio, es muy significativo: el objetivo inicial era Santo Domingo, donde en inferioridad de condiciones, Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, presentó una resistencia titánica y consiguió rechazarlos, aprovechándose de ciertas diferencias entre los asaltantes. La decisión de los ingleses de quedarse con Jamaica, cuyo acierto siempre se alabó, se tomó circunstancialmente tras desistir del asalto a la capital Primada. Asimismo, en julio de 1661 varios navíos franceses atacaron el puerto de Campeche, mientras los vecinos huían al monte. Pero al día siguiente, observando que las fuerzas enemigas no eran tan numerosas decidieron acometerlos, matando a 15 de ellos y apresando a cinco, mientras el resto debía huir precipitadamente. Finalmente, debemos añadir otras dos cuestiones: una, que los corsarios pudieron asaltar algunos puertos españoles y tomar algunas islas y territorios despoblados, pero jamás consiguieron arrebatar aquellos territorios donde los hispanos estaban bien arraigados. Y otra, que además de las derrotas corsarias y de los asaltos fallidos que suele omitir la historiografía, lo que jamás podremos cuantificar es el grado de disuasión que las defensas hispanas generaron entre sus adversarios.

         Sin embargo, a mi juicio, la España Imperial cometió dos gravísimos errores que pagó caros, a saber: primero, permitir el asentamiento permanente de enemigos en muy diversos territorios ribereños del mar Caribe. Bien es cierto que se trataba de áreas marginales y poco productivas, algunas de ellas calificadas por los propios hispanos de inútiles. Sin embargo, hubo un error de apreciación pues, al margen de su racionalidad económica, poseían un excepcional valor estratégico que la España Imperial no alcanzó a ver. La ocupación de estas pequeñas islas y de la no tan pequeña Jamaica permitió a los corsarios hostigar durante casi dos siglos a los convoyes de la carrera de Indias, convirtiendo la puerta de las Indias en un lugar tan indefenso como peligroso. La resistencia en el interior de Jamaica duró más de un lustro, en el que insistentemente pidieron ayuda externa para expulsar a los ingleses. Ésta nunca llegó, y las últimas canoas con los pocos supervivientes llegaron a Cuba en 1660. Una decisión nefasta de la que ya se lamentó el virrey Conde de Lemos en 1666 y en el siglo XVIII otros miembros del Consejo de Estado cuando ya era demasiado tarde. El Caribe debió haber sido un Mare Clausum por su importancia estratégica, al ser una ruta de tránsito obligado por todas las armadas, flotas y navíos de la Carrera de Indias. La ubicación permanente de colonias inglesas, francesas y holandesas en el Caribe se terminó convirtiendo en una auténtica pesadilla para el Imperio.

         Y segundo, claudicar ante el contrabando que fue donde realmente la España Imperial perdió la partida. A finales del siglo XVII cinco sextas partes de las manufacturas consumidas en España eran extranjeras mientras que en las colonias Hispanoamericanas la proporción se ampliaba a nueve décimas partes. Los contrabandistas eran no sólo ingleses, franceses y holandeses sino también canarios y portugueses. Estos últimos se aprovecharon de su incorporación a España para consolidar unas rutas de redistribución de manufacturas europeas desde Brasil hasta todos los confines de Sudamérica. Así mientras algunas potencias europeas se enriquecían directa o indirectamente a través del comercio indiano, sentando las bases de su ulterior desarrollo, España se desangraba, pagando ejércitos inútiles y comprando con metales preciosos esas manufacturas que nunca tuvo la voluntad ni la capacidad de producir. Estos fueron los dos imperdonables errores que a la postre darían al traste con la hegemonía Ibérica en el mundo.

PARA SABER MÁS

 

Mira Caballos, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Vol. III, T. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp. 143-194.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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