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Ante la imposibilidad de enfrentarse de manera directa al poderío naval español, franceses, holandeses e ingleses en el Atlántico, berberiscos y turcos en el Mediterráneo optaron por hacerlo a través del corsarismo. Como escribió Fernand Braudel, el corsarismo fue a lo largo de la historia la forma que tuvieron los pueblos más pobres de participar en el comercio de las naciones más ricas. Es por ello por lo que, después del Descubrimiento de América, los países que quedaron al margen del reparto colonial se lanzaron al pillaje en las rutas indianas. Si bien existió el corsarismo en el medievo fue en la Edad Moderna cuando se convirtió en una verdadera plaga. Ni que decir tiene que la mayor parte de los ataques navales sufridos por los puertos y por las flotas españolas no fueron llevados a cabo por escuadras nacionales sino por corsarios.

        Pero se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto, estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucrarse eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de las autoridades españolas. Y otras, si las posibilidades de éxito eran grandes, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias. Los hermanos Barbarroja, Hawkins, Dragut, Francis Drake y otros muchos afamados corsarios igual comerciaban pacíficamente que se convertían en crueles bandidos o que encabezaban el mando de sus respectivas armadas nacionales.

Ante la nula presencia española en el Mar Caribe, a mediados del siglo XVI, los corsarios se hicieron con su control. Y utilizaron su dominio tanto para atacar a los buques de la Carrera de las Indias como para comerciar ilegalmente con las principales islas, contando con la connivencia de la élite política y económica. El cuartel general lo ubicaron en la pequeña isla de la Tortuga, donde establecieron una colonia permanente. De esta forma, un buen número de ellos pasaron a convertirse en bucaneros, algo así como un corsario en tierra. La citada isla pasó a ser un importante núcleo comercial, un área libre de impuestos; lo que en terminología actual llamaríamos un paraíso fiscal.

         Pues, bien, en el caso de La Española, se produjo un intenso comercio ilegal en la banda norte y oeste de la isla del que se beneficiaron la mayoría de los vecinos de la isla. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial sevillano. Afirman Stanley y Bárbara Stein que el contrabando fue un producto intrínseco del propio sistema monopolístico sevillano. Éste se basaba en proporcionar lo mínimo al precio más alto. Además, la escasa arribada de barcos impedía la exportación de los géneros de la tierra y lo poco que se vendía lo hacían a precios ruinosos. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema.

         Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Los colonos a su vez, estaban hartos de esperar infructuosamente la llegada de las flotas que además traían poco género y a precios desorbitados. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal.

         Los orígenes del contrabando en La Española se remontan a los primeros años del siglo XVI. No obstante se acentuaron a partir de los años veinte, cuando los buques procedentes de España preferían comerciar con la próspera Nueva España que con las ya deprimidas islas antillanas. En 1540 llegó a oídos del Emperador que barcos canarios y portugueses comerciaban libremente con los isleños sin declarar cosa alguna. En 1556 la Corona volvió a prohibir tajantemente el contrabando lo que nos indica que esta actividad debía ser ya un importante negocio clandestino. Sin embargo, pese a la prohibición, el fraude no sólo se mantuvo sino que fue aumentando progresivamente al menos hasta bien entrado el siglo XVII. La isla de Santo Domingo, el 16 de febrero de 1563 remitió un memorial al Rey solicitando la liberalización del comercio de cueros. Al parecer, la prohibición de que se sacasen de los reinos de España provocaba que se pagase a 10 u 11 reales la unidad, e incluso a menos. Ello, a su juicio iba a provocar la ruina de la isla y su despoblamiento. Probablemente, la petición respondía a unos hechos consumados; pero la Corona insistió en la prohibición, indicando a la audiencia de Santo Domingo que evitase el contrabando de muchos navíos portugueses que arribaban a la isla. Esta negativa, lejos de frenar el contrabando provocó su incremento en los años y en las décadas sucesivas.

         Cinco años después fue la propia audiencia de Santo Domingo la que solicitó autorización para nombrar un alcalde mayor en la zona que entendiera en el tema del contrabando. Al parecer, cuando la audiencia tenía noticias de algún delito relacionado con el comercio ilegal comisionaba a una persona pero, cuando llegaba, habían pasado varios meses y era imposible averiguar nada. Este comercio ilícito no sólo perjudicaba las rentas reales sino que también sentaba un mal precedente ya que dichas prácticas podían extenderse a otras áreas del imperio. Además, como decía la Corona, suponía dar aire a los enemigos de la fe con que tengan más aparejo para infestar a los cristianos.

         Lo cierto es que el contrabando continuó aumentando. Los corsarios llevaban productos europeos pero también esclavos que, dado que no pagaban impuestos, vendían a unos precios bastante más asequibles que los introducidos legalmente. Los vecinos no solían pagar con dinero sino en especie, fundamentalmente con cueros vacunos, pero también con otros productos de la tierra. El intercambio fue creciendo paulatinamente, incorporándose al contrabando corsarios holandeses, ingleses y portugueses.

         Los colonos se vieron abocados al contrabando, por varios motivos: primero, por la ralentización de la llegada de género procedente de la Península, por lo que el comercio ilegal resolvía un problema de carencia de productos europeos. Las flotas cada vez buscaban mejores mercados en Nueva España y el Perú, evitando lugares deprimidos económicamente como La Española de la segunda mitad del quinientos. Por tanto, no todos los productos llegaban y los que lo hacían, se presentaban a precios desorbitados. Entre 1540 y 1580 los precios de los productos básicos –incluido el pan y el vino- se multiplicaron por tres y, en algunos casos, hasta por cuatro. Y segundo, porque los corsarios pagaban mucho mejor el género de la tierra, fundamentalmente los cueros vacunos, pero también el azúcar, las salazones de carne, las maderas y la cañafístula. Y ello, porque en Europa, especialmente en Holanda, se estaba desarrollando la industria del curtido y se necesitaba la materia prima. A cambio, vendían en la isla productos textiles, herramientas, armas, harina, vino y esclavos, artículos que, como ya hemos dicho, por la vía legal llegaban escasamente y a altos precios.

         Como ya hemos dicho, está claro que esta intensa actividad ilegal era posible sólo con la complicidad de la mayor parte de la población y también de las autoridades isleñas. Al parecer, los vecinos recibían con júbilo la llegada de buques corsarios, igual que las autoridades tanto civiles como eclesiásticas.

 

PARA SABER MÁS

 

LUCENA SALMORAL, Manuel (1994): Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, Mapfre, 1994.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Corsarios al acecho del Imperio” La Aventura de la Historia Nº 88. Madrid, 2006, pp. 64-69.

 

------ La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

STEIN, Stanley J. y Barbara H. STEIN: Plata, comercio y guerra. España y América en la formación de la Europa Moderna. Barcelona, Crítica, 2002.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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