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La escala de valores vigente en el Antiguo Régimen no coincidía exactamente con la que tenemos en nuestros días. Por ejemplo, el homicidio o el asesinato no era lo peor que una persona podía cometer. En cambio, había tres transgresiones que nunca se consintieron ni, por supuesto, se perdonaron: una, el cuestionamiento del dogma cristiano, así como la blasfemia. Dos, la traición, que en América hizo rodar cabezas como las de Gonzalo Pizarro, Gómez de Tapia, Vasco Núñez de Balboa o el loco Lope de Aguirre que desafió al mismísimo Felipe II. Y tres, la cobardía que, tanto en España como en otros países de Europa, se condenaba sin eximentes ni dilaciones innecesarias con la pena capital.

           Como es bien sabido, los altos mandos navales eran cuidadosamente seleccionados por la Corona. La mayor parte de ellos eran como mínimo miembros de la baja nobleza. Así, por ejemplo, en unas instrucciones referidas a la Armada Real de Galeras se pedía que las altas jerarquías fuesen de alto linaje y a ser posible pertenecientes a alguna Orden militar. No pocos generales de armadas exhibieron con orgullo sus hábitos de las órdenes militares a las que pertenecían. Así, mientras Pedro Menéndez de Avilés era Comendador de Santa Cruz de la Zarza, Cristóbal de Eraso, Diego Flores Valdés y Pedro de Valdés eran caballeros de Santiago. Tampoco faltaron caballeros de la Orden de Calatrava como Alonso de los Ríos.

           Esta escrupulosa selección de hidalgos y caballeros se hacía bajo un pensamiento muy propio del Antiguo Régimen. A los nobles se les presuponía un sentido del honor y de la honra muy superior al del estamento plebeyo. Se deducía de ello que la persona de alcurnia tenía mucho más que perder que el simple pechero, nada más y nada menos que un bien tan preciado como su honra y la de su familia. Por ello se le presuponía siempre más inclinado a morir defendiendo su honor que a huir. De hecho, según Veitia Linaje, era frecuente que los generales de la armada realizaran, en un solemne acto público, un pleito de homenaje en el que juraban que perderían sus vidas antes que rendir los navíos que Su Majestad les encomendaba.

           A lo largo de la Edad Moderna se perdieron cientos de navíos, e incluso, algunas flotas completas. Y ello en naufragios, en enfrentamientos con los corsarios, por negligencias o por pura y simple cobardía. Pues, bien, tan sólo las pérdidas ocurridas por cobardía se castigaron con la pena capital, pues, como ya hemos afirmado, este tipo de actos se consideraban especialmente punibles. Y es que, como argumentó Gerónimo de Avellaneda en 1630 era costumbre entre los hombres de armas españoles sacrificar sus vidas antes que su honor.

           Probablemente el caso más dramático y más conocido de toda la Edad Moderna española es el del general de la flota de Nueva España Juan de Benavides Bazán. Éste era hijo ilegítimo de Manuel de Benavides, marqués de Jabalquinto, y había nacido en Úbeda el 21 de febrero de 1572. Siguiendo la tradición de su familia desarrolló su vocación marinera, alcanzando el rango de almirante en 1615 y cinco años después el de general de la Flota de Nueva España. Realizó numerosas travesías en dicha flota trayendo a la península los caudales de Indias.

            Su desgracia se produjo un 8 de septiembre de 1628, cuando perdió la flota que comandaba, con la plata del rey, en la bahía de Matanzas (Cuba). La escuadra enemiga, capitaneada por el corsario holandés Piet Heyn, disponía de treinta veleros, mientras que Benavides solo podía defender su flota con cuatro galeones, incluyendo la capitana, donde él mismo viajaba. Urgentemente decidió refugiarse en la bahía de Matanzas, y desembarcar en tierra los caudales. Pero las cosas no salieron según lo esperado y no tuvieron tiempo de sacar los tesoros, entre otras cosas porque la tripulación apenas divisó tierra salió corriendo para salvar su propia vida. Heyn se hizo con los barcos y con el dinero. Ocho de los buques hispanos cargaron el botín hundiendo en la misma bahía el resto de los veleros.

           Es seguro que si se hubiese enfrentado a ellos, hubiese perdido igualmente la batalla y los caudales de Indias. Pero Juan de Benavides incumplió su promesa de dar su vida en defensa de su honor, de la Corona, del imperio Habsburgo y de Dios. A un marino como él se le exigía que hubiese muerto defendiendo su flota y no lo hizo. Incurrió en la mayor deshonra que un marino de su época podía cometer, perder su flota sin disparar ni un solo tiro. Para colmo era la primera vez que España perdía una flota íntegramente. Desde ese justo instante su suerte estaba echada. Ni su pertenencia a la Orden de Santiago, ni tan siquiera el hecho de ser descendiente directo de uno de los mayores marinos de toda la historia de España, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, le salvó de su trágico final. Como no podía ser de otra forma, Felipe IV al enterarse de la noticia tronó iracundo, no tanto por la ingente cantidad de dinero perdido como por la deshonra con la que se había producido.

           A mediados de 1629 desembarcó en Sanlúcar y el rey lo envió directamente a la “fortaleza” de Carmona, otorgando la guarda mayor de Benavides y de su almirante Juan de Leoz, al corregidor de Carmona, el doctor Mata Linares. El lugar exacto de reclusión de los presos ha creado algunas dudas. Varias reales cédulas coinciden en decir que fue enviado a la “fortaleza de Carmona”, bajo la custodia del corregidor (AGI, Indiferente 536, L. 1, fols. 67r-68r). Evidentemente, la palabra “fortaleza” nos hace pensar en alguno de los dos alcázares. Sin embargo, que estuviese bajo la custodia del corregidor nos induce a pensar que quizás estuviese en la cárcel pública de la localidad, ubicada en la plaza de San Salvador, hoy Plaza de San Fernando. Y ello, porque la jurisdicción de los alcázares de Carmona la detentaba desde 1558 los Enríquez de Ribera, como alcaides perpetuos de Carmona, o en su defecto, el teniente de alcaide, Diego de la Isla de Ruiseco. En mi opinión, lo más probable es que su reclusión se llevase a cabo en la cárcel pública y no en los alcázares, y ello por varios motivos: primero, porque para aquellas fechas ambos alcázares estaban en mal estado y casi abandonados. Segundo, porque no contaban con la infraestructura adecuada para funcionar como presidio (enfermería, celdas, capilla, etc.). Tercero, porque no se podía encerrar a una persona en el alcázar sin contar con el alcaide mayor perpetuo, máxime detentándola la poderosa familia de los Enríquez de Ribera. Y cuarto porque en Carmona existía una cárcel pública preparada para ese fin y no tenía sentido su reclusión en el alcázar.

           Otra cuestión diferente es: ¿por qué fue enviado a la cárcel de Carmona y no a la de Sevilla? De momento no tenemos respuesta para ello, lo más probable es que la cárcel de la capital estuviese saturada y la de Carmona gozase de más espacio. De hecho, el padre Pedro de León, en 1616, dijo que en la cárcel de Sevilla había más de un millar de reclusos, entre ellos muchos de altos linajes y otros de lo más ruin.

           Pese a las súplicas de algunos familiares, entre ellas su hermana María de Benavides, dama de honor de la reina, el 18 de mayo de 1634 fue llevado a la plaza de San Francisco de Sevilla y ejecutado. Cuentan las crónicas que se pasó esos años como un anacoreta leyendo libros religiosos y físicamente desmejorado, con las barbas por la cintura. Había asumido su culpa y supo morir con resignación y con valentía. Poco antes de morir, pronunció sus últimas palabras:

 

Que se cumpla la voluntad de Dios y lo mandado por Su Majestad, pues así lo ordenaban; castigo pequeño a sus grandes culpas.

 

           Juan de Benavides, no fue un cobarde; ningún cobarde se embarcaba en un galeón para cruzar una y otra vez el océano en una aventura más que incierta. Tuvo el desastre de encontrarse con una armada enemiga muy superior y tomó la decisión equivocada. Debió morir defendiendo su escuadra y no lo hizo. Pero él ya pagó muy cara aquella fatal decisión y asumió su responsabilidad con resignación firmeza y valentía.

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “El suplicio de don Juan de Benavides. Un episodio de la historia sevillana”, en Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen. Sevilla, Biblioteca de Temas Sevillanos, 1983

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval, 1972.

 

LEÓN, Pedro de: “Descripción de la cárcel de Sevilla”, 1616, en WWW.personal.us.es>alporu>carcel_real_sevilla

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

PÉREZ MALLAÍNA BUENO, Pablo Emilio: El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII. Sevilla, Universidad, 1997.

 

MORENO FRAGINALS, Manuel: España-Cuba, Cuba-España. Historia común. Madrid, 2006.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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