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        En los años veinte del siglo XVI, cuando algunos taínos, supervivientes de la hecatombe del choque de civilizaciones, tomaron consciencia de la situación de esclavitud en la que se encontraban se alzaron contra el poder imperial. Pese a sus reducidas fuerzas mantuvieron, en La Española y en Cuba, la rebelión durante varios lustros, ante la impotencia de los hispanos.

La primera referencia que tenemos de Hernandillo El Tuerto aparece en el repartimiento de Alburquerque de 1514. En dicho documento se le cita con el nombre de Hernandico El Tuerto, y es un cacique adscrito a la villa de La Concepción de la Vega, con 16 indios a su cargo. Fue repartido a un modesto sastre, llamado Miguel de Salamanca, que había llegado a la isla en 1512. Su nombre indígena es desconocido para nosotros. Fue frecuente que los indios de paz o guatiaos tomasen los nombres de su amo o señor español. En caso de ser así, debió ser el nombre de pila de algún otro encomendero anterior al que sirvió. El apelativo de El Tuerto parece razonable pensar que hiciera referencia a un rasgo físico.

En la década de los veinte varios líderes indígenas de la Española se alzaron. Durante más de una década controlaron las zonas más inaccesibles de la isla. El líder más conocido fue el célebre Enriquillo, pero también había otros, como Hernandillo El Tuerto o el Ciguayo.

Hernandillo, encabezó un reducidísimo grupo de apenas medio centenar de indios, realizando ataques esporádicos en un triángulo comprendido entre el Cotuy, la Buenaventura y la Vega. Utilizó, pues unas tácticas guerrilleras, atacando por sorpresa en condiciones ventajosas. Un método de hacer la guerra que los indios rebeldes aprendieron de los propios españoles.Según fray Cipriano de Utrera, murió en un enfrentamiento con una cuadrilla hispano-indígena a finales de la tercera década del siglo XVI.

         Paralelamente en la vecina isla de Cuba, en torno a 1522, desafió el poder español el indio Guama. La insurrección se inició en el cacicazgo de Baracoa, gracias a la despoblación que había experimentado dicha provincia en la década de los veinte. Toda la isla sufrió la pérdida de población por el foco de atracción que supuso la Nueva España, pero muy especialmente esta provincia de la que se decía, en 1530, que no quedaban más que cuatro o cinco vecinos españoles.

Guama nunca llegó a tener ni el poder ni el carisma de Enriquillo, el cacique alzado en la vecina isla Española. Tan sólo consiguió reunir bajo su mando a 60 guerreros gracias a su fusión con el cacique Juan Pérez que perdió su función de líder para convertirse en su lugarteniente. Pero, sí hay que reconocerle el mérito de ser el primer cacique nativo de Cuba que comprendió a la perfección el sistema de hostigamiento constante contra los invasores. También, tuvo perfecta conciencia de que su única posibilidad se basaba en el elemento sorpresa, el cual utilizó durante años con no poco éxito.

En su momento más álgido, llegó a controlar las zonas más montañosas de casi todo el este cubano, es decir, de la provincia de Baracoa, Maisi, Çagua, Baraxagua y el Bayamo. Mantuvo en jaque a los españoles hasta 1532, es decir, más de diez años. Sin embargo, esta larga duración se debió más que al ingenio estratégico de Guama, al desinterés de los españoles por acabar con un alzamiento de indios que apenas si causaba daños. En este sentido, cuando el teniente de gobernador Gonzalo de Guzmán fue acusado de no perseguir a los naturales alzados respondió que no lo hizo porque el dicho indio no hizo daño alguno "antes era público que se estaba en su tierra, y, decía que no quería hacer mal a nadie, ni lo hacía”.

Fracasados todos los intentos de buscar una salida pacífica al conflicto se decidió finalmente acabar con la resistencia indígena por la fuerza de las armas. La victoria no fue fácil, pues fueron necesarios varios años para acabar con Guama y los suyos, muy a pesar de que los españoles se vieron muy favorecidos por la epidemia de viruela que se desató en 1530 y que diezmó a los indios del caudillo alzado.

Las primeras operaciones militares se iniciaron a mediados de 1530 y consistieron en la formación de dos cuadrillas compuestas por veinte indios y seis españoles cada una. Una saldría de Asunción y se abastecería de indios de paz de las provincias de Maisi y Baytiqueri, mientras que la otra, partiría de Guantanabo y se constituiría con indios de las provincias del Bayamo y Arabacuco. A pesar de la aparente buena organización, no sabemos los resultados de esta campaña, pues la documentación silencia cualquier referencia a la misma.

        En 1531, se formó otra cuadrilla, capitaneada por Diego Barba, y, compuesta por nueve o diez españoles, varios negros y treinta indios "escogidos para la guerra". En esta ocasión, la cuadrilla si atacó el rancho donde se refugiaba Guama, destrozándolo todo y tomando preso a la mayoría de los indios, si bien, el astuto caudillo indígena consiguió huir con unos diez hombres, cuatro mujeres y cuatro muchachos.

        En 1532, el capitán Gonzalo de Obregón se encargó de seguir y dar alcance a los aborígenes escapados con una cuadrilla formada por seis españoles, dos negros y doce indios, capturando a siete indios que estaban con el cacique indígena. En cambio, Guama, nuevamente, escapó de los españoles, pero como ya dijimos antes, no pudo controlar a los suyos, encontrando la muerte a manos de alguno de sus propios correligionarios. Finalmente, se organizaron tres cuadrillas, capitaneadas respectivamente por Gaspar Caro, Cristóbal de Lezcano y Bernabé de Valdivieso, siendo los indios definitivamente prendidos. Los cabecillas fueron ajusticiados, y el resto de los indios encomendados por naborías. Desde entonces se decía que la isla estaba tan pacífica que “un español sin temor puede andar por ella… ”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ARRANZ MÁRQUEZ, Luis: Don Diego Colón, I, Madrid, C.S.I.C., 1982

 

------- Repartimientos y encomiendas en la Isla Española (El repartimiento de Alburquerque de 1514), Madrid, Fundación García Arévalo, 1991.

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UTRERA, fray Cipriano de: Historia Militar de Santo Domingo (documentos y noticias), Ciudad Trujillo, autoedición, 1950.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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