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Los cambios de año, siglo y, sobre todo, milenio han tenido históricamente connotaciones casi mágicas. Para miles de personas desventuradas, estos tránsitos temporales constituían la última esperanza de un futuro mejor. El milenarismo tiene varias acepciones: una de ellas, procede de una descontextualización de un pasaje del Apocalipsis de San Juan que narraba la derrota de Satanás y el reinado de Cristo por mil años, antes del fin del mundo. Otra acepción parte de la idea de renovación que traerá consigo el cambio de milenio. El mesianismo en cambio basaba su esperanza en el retorno de un mesías que los liberase de la opresión. Ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia el surgimiento de fenómenos mesiánicos en todos los pueblos oprimidos o vencidos que soñaban con la esperanza de que un enviado divino los salvase del caos en el que se veían sumidos. Tanto los islámicos, como los judíos y los cristianos han mantenido viva la esperanza de la venida de un Mesías o de un profeta.

        Como americanista especializado en el siglo XVI, comentaré algunos casos ocurridos en Hispanoamérica en aquel tiempo. A mediados del siglo XVI se dieron algunos casos llamativos de milenarismo y de mesianismo religioso, nacidos con la utópica idea de cambiar el mundo. Los propios amerindios, después de la conquista, se sumaron a estas creencias mesiánicas. Ello mereció el retorno del mismísimo hijo de Dios, esta vez encarnado en un aborigen. En esta ocasión, Jesús no nació en el seno de una humilde familia judía, sino en otra familia, igual de humilde, pero india. También él pretendía redimir a sus congéneres del yugo en el que se veían inmersos. Ahora bien, un hecho llamativo es que este nuevo Jesucristo y sus seguidores no practicaban el culto cristiano sino sus viejos bailes y cánticos –llamados en arawaco areitos-. Al parecer, sus seguidores se contaron por cientos -todos ellos indios-. Muchos abandonaron sus cultivos y sus encomiendas para seguirle. Los paralelismos con Jesús nos resultan muy llamativos porque también él pronunciaba la conocida frase de Jesús: déjalo todo y sígueme. El 6 de julio de 1556 el clérigo Martín González escribió desde Asunción al Consejo de Indias dando buena cuenta de este levantamiento:

"Después de haber escrito dos cartas que a Su Majestad y Vuestra Alteza escribo de mis cosas de esta provincia, tiene más nueva que entre los indios se ha levantado uno con un niño que dice ser Dios o hijo de Dios y que tornan con esta invención a sus cantares pasados a que son inclinados de su naturaleza por los cuales cantares tenemos noticia que en tiempos pasados muchas veces se perdieron porque entre tanto que dura, ni siembran ni paran en sus casas sino como lo oí de noche y de día en otra cosa no entienden sino en cantar y bailar hasta que mueren de hambre y cansancio sin que quede hombre, ni mujer, niño ni viejo y así pierden los tristes la vida y el ánima"

 

Desgraciadamente desconocemos el alcance de este movimiento, encarnado en la figura de un joven nativo que se presentaba ni más ni menos que como el nuevo mesías. Llama la atención el sincretismo indígena, capaz de integrar ideas cristianas –como la secular idea judaica de la venida de un mesías- con sus ancestrales creencias, pues, persistían en la adoración de sus antiguos dioses. Lo cierto es que, durante unos años un grupo de nativos soñó con un proceso de revitalización, donde el fin de una Era daría inicio a otra, en la que primaría la justicia y donde, como dijo el propio Jesús, los últimos pasarían a ser los primeros. Los indios encontrarían la tierra de promisión. Pero, con sólo ideas, sin armas y sin ningún tipo de organización, ni era posible encontrar el paraíso, ni tan siquiera luchar por su propia supervivencia. Fue un movimiento minoritario y efímero que jamás llegó a representar una amenaza seria para las estructuras de poder. No sabemos cómo acabó todo, pero suponemos que los cabecillas, en especial el líder indio, terminarían como lo hicieron otros Mesías a lo largo de la Historia, es decir, asesinado o ejecutado.

        No fue el único caso de mesianismo, pues sobre esas mismas fechas el indio guaraní Oberáa proclamó a los cuatro vientos que era el hermano menor de Jesucristo. El asunto cobró un cariz peligroso porque consiguió aglutinar a un buen contingente de indios descontentos. La herejía era un hecho, pero además había un grave riesgo de rebelión armada por lo que el movimiento fue aplastado. No obstante, Oberáa escapó a la matanza y huyó al monte. Nunca más se supo de él.

        Nuevamente entre 1565 y 1571 encontramos un caso de movimiento milenarista en el Perú, denominado el Taki Onqoy. Éste pretendía cambiar el mundo, restaurando las estructuras sociales, políticas y religiosos del Tahuantinsuyu. Sus seguidores preconizaban que sus viejos dioses andinos estaban a punto de retornar para vengar los agravios cometidos por los extranjeros. Para anticipar el retorno se dedicaban a reconstruir sus viejos templos y huacas. El movimiento parece que partió de Vilcabamba pero no tardó en extenderse por gran parte de los Andes Centrales, en los actuales departamentos de Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Al parecer en torno al Taki Onqoy llegaron a aglutinarse más de 10.000 personas. Obviamente, fracasó en su descabellado objetivo, y el movimiento fue aplastado en una de las primeras campañas de extirpación de idolatrías que se dieron en el Perú.

        Bueno, como puede observarse todos estos movimientos soñaban con un mundo mejor. Quizás haría falta en España algún movimiento milenarista formado por millones de parados y desahuciados. Desgraciadamente, somos muchos, tantos como para cambiar el mundo si estamos unidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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