EL ENIGMA DE LOS HUESOS DE CRISTÓBAL COLÓN

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    En pleno siglo XXI se ha reabierto el viejo debate sobre el lugar donde reposan sus restos mortales del I Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. En estos momentos un equipo de investigadores, dirigidos por el doctor José Antonio Lorente Acosta, director del laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, pretende resolver el enigma aplicando las técnicas del A.D.N.
    Y la cuestión puede parecer trivial pero no lo es tanto porque hay grandes intereses económicos y políticos tanto en España como en la República Dominicana, una nación, esta última, que lleva muy a gala, por un lado, haber sido el epicentro desde el que se descubrió y colonizó América, y por el otro, ser merecidamente el lugar donde reposan los despojos mortales del descubridor.
    Centrándonos en la controversia del lugar donde descansan sus restos debemos decir que ha habido una disputa histórica entre la tesis dominicana, que afirma que están en Santo Domingo, y la española que asegura, por contra, que reposan en Sevilla. Y en este sentido existen decenas -quizás cientos- de obras defendiendo una u otra tesis. Las más recientes, la de Anunciada Colón y Guadalupe Chocano, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1992, que defiende la tesis españolista y la de Carlos Esteban Deive, editada por la Fundación García Arévalo, en 1993, que apoya rotundamente la tesis dominicana.
    El problema radica en el hecho de que Colón fue inhumado y exhumado en seis ocasiones diferentes. Su primera sepultura estuvo provisionalmente en la propia Valladolid, donde falleció, lugar desde el que se trasladó poco después al monasterio de las Cuevas de Sevilla. Su cuerpo debió permanecer allí hasta 1543 o 1544 en que se llevó, junto al de su hijo Diego, siguiendo los deseos de doña María de Toledo, nuera del descubridor, a la Catedral de Santo Domingo.
    Más de dos siglos después, y concretamente en 1795, después de la firma de la Paz de Basilea por la que se entregó a Francia la parte oriental de la Española, las autoridades decidieron trasladar sus restos a La Habana. Nuevamente, en 1898, tras perderse la guerra y ante el inminente abandono de Cuba, se decidió trasladar a la Catedral de Sevilla, donde se enterró en la cripta de los Arzobispos. Finalmente, en 1902, se inhumó definitivamente en el monumento funerario que para tal efecto labró el escultor Arturo Melida.
    El debate se inició a partir de 1877, cuando en unas obras de remodelación del presbiterio de la Catedral de Santo Domingo se localizó una urna con una serie de inscripciones, entre ellas las inciales "C.C.A.", que obviamente se quiso desglosar como "Cristóbal Colón, Almirante". Inmediatamente después, Monseñor Rocco Cocchia, publicó una enfervorizada pastoral comunicando el hallazgo al mundo. Desde ese momento, los historiadores dominicanos se centraron en destacar el error cometido por los españoles cuando precipitadamente, en 1795, se llevaron por equivocación los restos del II Almirante Diego Colón, en vez de los de su padre, don Cristóbal Colón. Y desde entonces, se han vertido ríos de tinta, unos diciendo que la equivocación se produjo en 1795, al tomar los restos del hijo por los del padre, y otros, afirmando que el error se cometió en 1877 al creer que habían encontrado los restos del Descubridor de las Indias cuando en realidad eran los de un nieto del mismo nombre.
     Mucho nos tememos que, pese a las técnicas de A.D.N. que se van a aplicar a los restos óseos y a lo que han dicho los promotores del proyecto, ni éste ni otros enigmas sobre la vida y la obra de Colón van a ser resueltos definitivamente. Para empezar no es todavía seguro que el gobierno dominicano vaya a autorizar la exhumación de los restos, conservados en el mausoleo del Faro al Descubridor. Y el asunto tiene su lógica interna, pues, si resulta que esos huesos son los suyos, no se hará más que confirmar lo que ya le otorga hoy en día la mayor parte de la comunidad científica internacional. En cambio, si se concluye que los restos del Almirante son los sevillanos las consecuencias serían grandes y muy negativas.
      Así, pues, los trabajos se van a centrar en los restos de la Catedral de Sevilla que se cotejarán con los de un hermano del Almirante -custodiados en la Cartuja- y con los del hijo menor del descubridor, Hernando Colón. Pero no olvidemos que los restos de la Catedral de Sevilla fueron exhumados hace un siglo y, según un acta notarial, solo había un "fragmento de hueso largo y canillas". En el caso de que se conserve lo suficientemente bien como para hacer satisfactoriamente la prueba de A.D.N. solo se podría demostrar, en el mejor de los casos, que ese pequeño fragmento óseo perteneció al Descubridor de América.
    Y por ello, pase lo que pase, los dominicanos seguirán reivindicando su vieja tesis. Y en previsión de ello, ya algunos conocidos historiadores están afirmando categóricamente que la mitad de los restos se quedaron en Santo Domingo, y la otra mitad, están en Sevilla. Obviamente, esta posibilidad nos parece carente de fundamento porque, o hubo equivocación en 1795 y se quedaron en Santo Domingo, o acertaron en dicha exhumación y están en Sevilla. Las órdenes sobre el traslado eran en este sentido bien claras.
    Y es que realmente da lo mismo porque estamos seguros que la ciencia no podrá con la literatura ni con los misterios de Colón. Su figura es hoy en día una mezcla entre realidad y ficción, donde anualmente la industria del libro saca a la luz decenas de nuevos trabajos, defendiendo las más insospechadas, y no pocas veces disparatadas, hipótesis. Y es que el Almirante hace tiempo que dejó de ser historia para convertirse en leyenda y, como apunta sabiamente un dicho popular, "las leyendas nunca mueren".

ESTEBAN MIRA CABALLOS

20/01/2010 10:26 Esteban Mira Caballos #. sin tema

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